El 28 de julio de 1960 comenzaba la «bendita locura» que protagonizaron Ángel Serrano, de 25 años, su hermano José Luis, de 18, y el … gasteiztarra José Luis Sáenz de Olazagoitia, de 19. Partieron desde el Santuario de Dorleta con la misión de solicitar al Papa Juan XXIII la autorización para proclamar a la Virgen gatzagarra patrona de los ciclistas. Recorrieron 1.846 kilómetros en nueve días, con varias etapas bien por encima de los 200 kilómetros y pedaleando sobre bicicletas que «en vacío pesaban más de 20 kilos». Ángel Serrano se reía al asegurar que, sumando las alforjas, «psicológicamente, tonelada y media».
Tras 65 años sin verse «por circunstancias de la vida», ayer volvían a fundirse en un emocionado abrazo los tres protagonistas de esta proeza inolvidable que llevó el nombre de Dorleta y de Leintz Gatzaga hasta Roma a golpe de pedal y fe.
El reencuentro, cómo no, tuvo lugar en el Santuario de Dorleta, punto de partida de aquella «milagrosa expedición», en palabras de Emilio Quiles, exdirector del equipo La Brasileña y cronista deportivo.
Los hermanos Serrano y el vitoriano Olazagoitia, acompañados por una treintena de familiares, recibieron el homenaje conjunto que se les adeudaba desde hace 65 años. El club gatzagarra Dorletako Ama Txirrindulari Elkartea y el Ayuntamiento de Leintz Gatzaga tributaron un emotivo reconocimiento a estos tres veteranos ciclistas.
«Es un momento muy emotivo», se sinceraba el alavés Olazagoitia, el único de los tres que «aún sigo viniendo en bici por aquí porque me pilla cerca, aunque ahora le he puesto ‘motor’; con 84 años no se puede pedir más».
Ángel Serrano, el mayor de los tres y mecánico oficial de aquella expedición, cumplía justamente ayer 91 años, y decía que «no imaginaba yo que a mis años iba a venir aquí con este recibimiento».
Emociones, recuerdos y anécdotas se atropellaban en la conversación de los protagonistas de la hazaña ciclista que arribaba a Roma un 5 de agosto de 1960. Tres días después recibidos en audiencia especial en la residencia papal veraniega de Castelgandolfo, y con la bendición del Papa Juan XXIII, aficionado confeso al ciclismo, 28 del mismo la Virgen de Dorleta era proclamada de patrona de los ciclistas.
Fue la culminación de un viaje inolvidable en el que «cada día fue una aventura». Era en pleno verano, «y toda la Costa Azul estaba abarrotada de turistas parisinos. Dormíamos donde podíamos, en albergues, posadas y donde encontrábamos sitio», contaba Ángel, cronista oficial autor del diario que narra aquel viaje. «Mientras estos cenaban, yo escribía el diario»
«Nos bañábamos en la playa para quitarnos el barro del camino» añadía Olazagoitia. Una noche, contaba Ángel, «tuvimos que dormir en el pórtico de una iglesia en lo alto del puerto italiano de Gaborrano. El sacerdote al que pedimos un sitio para dormir nos respondió ‘de mangare sí, de dormiré no’, y tuvimos que pernoctar en el pórtico hasta que a las 5 amaneció y salimos pitando».
Camisa y corbata
«Cuando llegamos a las puertas del palacio de Catelgandolfo y presentamos las credenciales, la Guardia Suiza nos dice: ‘ven ustedes al fondo de la plaza aquella tienda, pues vayan allí y cómprense 3 corbatas porque sin ellas no entran’». Olazagoitia recordó que las «camisas nos las dejaron las Siervas de Jesús, en cuyo convento nos alojamos, y que pertenecían a un médico que era amigo de las monjas. Obviamente, no llevábamos camisas en las alforjas».
Allí fueron recibidos en audiencia especial por Juan XXIII, algo muy poco común durante la estancia vacacional del Papa. La ‘clave’ para acceder hasta el pontífice la habían obtenido por intermediación de Monseñor Laboa. En la primera etapa de aquel viaje de Dorleta «fuimos a Loiola, donde fuimos recibidos por el obispo, y de ahí hasta Pasajes de San Juan, a casa de Monseñor Laboa, que había sido secretario del Papa Roncali cuando era Arzobispo Primado de Francia. Eran íntimos amigos. Nos recibió en la cama aquejado de gripe. Nos proporcionó los teléfonos y contactos claves».