La obsesión por llevar una vida sana puede convertirse, en algunos casos, en una amenaza para la propia salud. José Antonio Espada Belmonte (Badajoz, 1963) lo sabe bien. Durante años este vecino de Badajoz quedó atrapado en una espiral de restricciones alimentarias, ejercicio físico y creencias erróneas sobre la nutrición que terminaron llevándolo a una situación extrema. «Llegué a pesar 34 kilos», recuerda hoy. Lo cuenta con serenidad, pero sin restar gravedad a una experiencia que marcó buena parte de su juventud.
Todo comenzó cuando era adolescente: «Con 14 o 15 años ya hacía deporte. Corría, practicaba kárate y me preocupaba por cuidarme», explica. Un diagnóstico de escoliosis fue, según recuerda, uno de los factores que contribuyeron a moldear su forma de pensar. «Me dijeron que tenía que hacer una serie de ejercicios para evitar problemas en el futuro. Creo que ahí se me metió en la cabeza que tenía que hacer ejercicio para garantizarme una vida mejor».
«Todo era para un futuro mejor»
Aquella preocupación por la salud fue creciendo con los años. «Todo era para un futuro mejor. Tener una vida sana, evitar enfermedades, estar más fuerte», señala. Lo que comenzó como hábitos aparentemente saludables terminó convirtiéndose en una obsesión. Compartía con un amigo el deporte y lo practicaban a diario: «Nos levantábamos a las cinco de la mañana para salir a correr. Después íbamos al gimnasio y luego a clase. Yo estaba encantado porque pensaba que estaba haciendo lo correcto».
La situación dio un paso más cuando empezó a interesarse por distintas corrientes alimentarias. «Entró en mi vida el vegetarianismo. Empecé rechazando la carne porque pensaba que contenía sustancias perjudiciales para la salud. Luego eliminé el pescado por el mismo motivo». A partir de ahí, las restricciones fueron aumentando progresivamente.
«Acabé comiendo verduras sin tratamiento térmico»
«Mi dieta cada vez era más triste», resume. Primero dejó de consumir carne y pescado. Después eliminó los lácteos y los huevos. Más tarde llegó a convencerse de que cocinar los alimentos destruía nutrientes esenciales. «Acabé comiendo solamente verduras, hortalizas y fruta sin tratamiento térmico. Todo giraba alrededor de la idea de estar sano».
Con el paso del tiempo, aquella búsqueda de la alimentación perfecta se convirtió en una prisión mental. «Siempre he dicho que para mí fue como el Quijote con las novelas de caballería. Yo estaba absolutamente alterado en mi racionalidad respecto a la salud». Reconoce que se dejaba influir por publicaciones de revistas y libros y algunas teorías que reforzaban sus creencias. «Si en aquella época fue leyendo libros, imagínate ahora con las redes sociales».
Las consecuencias físicas no tardaron en aparecer. «Me fui consumiendo, consumiendo y consumiendo». Aunque su entorno observaba con preocupación el deterioro, él seguía convencido de que estaba haciendo lo correcto. «Mi padre me llevaba a médicos y especialistas. Todos decían que no compartían mi dieta, pero las analíticas salían bien. Yo salía de allí pensando que tenía razón».
«No tenía fuerza para nada»
Sin embargo, la realidad era otra. «No tenía fuerza para nada». Recuerda situaciones que hoy le parecen difíciles de creer. «Llegué a caerme en el campo por tropezar con una piedra y no poder levantarme. Tenía que arrastrarme hasta una pared o piedra grande para apoyarme y hacer palanca».
La enfermedad también golpeó a su familia. «Mi madre se levantaba a las tres de la madrugada para llevarme un vaso de leche. Hoy pienso en el sufrimiento que les causé y se me encoge el corazón», recuerda.
La recuperación no fue sencilla
Cuando intentó recuperar una alimentación normal descubrió que el problema era ya mucho más profundo. «Mi cuerpo rechazaba la comida. Me preparaban purés con hígado, huevo y verduras, pero los vomitaba porque mi organismo no era capaz de asimilarlos». La situación se volvió insostenible.
Finalmente ingresó en la Clínica Universidad de Navarra. Lo hizo en un estado crítico. «Entré pesando 34 kilos y midiendo 1,73 metros». Allí comenzó un proceso de recuperación física y psicológica que duró semanas. «Todo era mental. Yo estaba convencido de que aquello que hacía era bueno para mí. Recibí mucho tratamiento psicológico y una supervisión médica constante».
Las comidas se convirtieron en parte fundamental de la terapia. «Antes de comer me pesaban y después también. Tenía que ingerir todo lo que me ponían. Recuerdo pensar que era imposible comer aquellas cantidades, pero era necesario». Poco a poco fue recuperando peso, fuerza y estabilidad emocional.
«No caigáis en falsas promesas»
Décadas después, Espada Belmonte observa con preocupación algunas tendencias que proliferan en internet. «Me pone iracundo tanta falsedad y tanta información poco científica. Hay gente que vende soluciones milagrosas para adelgazar o ganar músculo y muchas personas las compran porque quieren sentirse mejor».
Su mensaje es especialmente claro para quienes atraviesan situaciones similares. «No caigáis en falsas promesas. Y si ya habéis caído, sabed que se sale. Yo me equivoqué, pero me recuperé». Cree que este tipo de trastorno está presente en las personas adultas porque muchos lo arrastran desde su adolescencia o juventud. Así, lanza una reflexión sobre la influencia de las redes sociales. «Muchas veces pensamos que sabemos más que nuestros padres porque tenemos más información, pero no siempre es así».
Psiquiatra: «El problema aparece cuando esta conducta afecta a la vida familiar, social o laboral»
La psiquiatra María Angustias García Herráiz, de la Unidad de Trastornos Alimentarios de Badajoz, explica que la vigorexia como se conoce con el exceso de la práctica deportiva «no existe como diagnóstico específico» dentro de las clasificaciones psiquiátricas actuales, aunque sí describe una realidad clínica cada vez más visible. «Son personas obsesionadas con el ejercicio físico. El problema aparece cuando esa conducta afecta a su vida familiar, social o laboral. No es simplemente hacer deporte, sino hacerlo de una forma tan obsesiva que condiciona toda la vida».
La especialista advierte que detrás de estas conductas existe un trastorno alimentario más complejo. «Debajo de muchos casos encontramos una preocupación extrema por el peso, las calorías o la imagen corporal». García Herráiz señala que «hay personas que sienten la necesidad de compensar cualquier ingesta con más ejercicio físico y ahí ya estamos hablando de una enfermedad».
Al mismo tiempo, también alerta sobre los riesgos asociados al consumo de determinados productos para ganar músculo o perder grasa. La psiquiatra considera que el fenómeno está creciendo impulsado por las redes sociales y determinadas corrientes estéticas: «Se está promoviendo la idea de que hay que tener un cuerpo cada vez más musculado», señala.
La historia de José Antonio Espada Belmonte es la prueba de que la frontera entre el cuidado personal y la obsesión puede ser mucho más fina de lo que parece. «Pensaba que estaba construyendo un futuro más sano», recuerda. La realidad fue muy distinta. Pero también lo fue el desenlace y su vida actual. Tras recuperarse estudió dos carreras y se doctoró. Hoy trabaja como arqueólogo en Patrimonio Cultural de la Junta de Extremadura. «Se sale. Cuesta, pero se sale», concluye.