Marcos Esteban Redondo, más conocido como Marco Negroni (Valladolid, 1972), creció en La Rondilla viendo el mundo desde el televisor de casa. Mientras otros niños … de su edad disfrutaban jugando al fútbol, él se quedaba hipnotizado frente a los documentales de naturaleza de La 2. De esta manera aprendió sobre animales, selvas, tribus remotas y paisajes imposibles. Así nació una enorme inquietud por conocer nuevos destinos y comprender otras culturas. Él es hostelero de profesión, con dos locales de moda, el Salón La Tigre y bar La Passión Café. También es fotógrafo autodidacta y mochilero desde más de cuarenta años. No viaja para coleccionar sellos en su pasaporte, ni para perseguir la fotografía perfecta, aunque muchas veces la consiga. Él viaja para entender cómo vive la gente en los márgenes del mundo.
Sus imágenes, tomadas en algunos de los lugares más remotos del planeta, pueden verse disfrutarse en estos días de manera simultánea en Valladolid, Madrid y Nueva York. Tres ciudades muy distintas unidas por el objetivo de este vallisoletano de La Rondilla, que viaja siempre con una mochila al hombro, un presupuesto mínimo y un buen seguro médico. «No hago viajes convencionales», señala. «Nunca he sido el tipo de turista que entra en una agencia y compra un paquete organizado. Lo mío siempre ha sido dormir donde se pudiera, moverme por libre, improvisar rutas y adentrarme en territorios donde casi nadie quiere ir porque son incómodos, peligrosos y difíciles de entender desde una lógica occidental», cuenta.

Marco Negroni, junto algunas de las fotografías expuestas.
(R. U.)
Así, los vallisoletanos pueden disfrutar hasta el próximo 22 de julio, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid una serie dedicada a las culturas melanesias de las Highlands de Papúa Nueva Guinea. En Madrid participa en una muestra colectiva en la galería PhotoTravel sobre la diversidad étnica del Valle del Omo, en Etiopía. Y en Nueva York ha sido seleccionado para formar parte de ‘Celebrating Cultural Diversity’, una exposición internacional organizada por Atlas of Humanity en el One Art Space de Tribeca, en Manhattan, que se podrá visitar del 26 al 28 de junio. Esta muestra, que está avalada por la UNESCO, está considerada como el registro fotográfico más grande a nivel mundial de la riqueza y diversidad étnica y que por segunda vez ha elegido imágenes del fotógrafo vallisoletano para mostrárselas a sus visitantes. «Es como un sueño hecho realidad», reconoce. «Llevo haciendo fotos desde los 17 años. Vas acumulando imágenes, experiencias, contactos… y un día te das cuenta de que tienes exposiciones al mismo tiempo en Valladolid, Madrid y Nueva York. No me cabe la emoción en el cuerpo», continúa.
Su historia de mochilero comenzó cuando tenía 17 años y cobró su primer sueldo como repartidor de pizzas. Se lo gastó en un billete de avión con destino a la antigua Checoslovaquia. Poco después abrió su primer bar, La Milonga, y encontró la fórmula perfecta: trabajar para viajar. Desde entonces ha recorrido más de un centenar de países, muchos de ellos, casi inexplorados. Sus retratos transmiten cercanía, dignidad y respeto por las diferentes culturas. Son imágenes hechas desde dentro, después de convivir con comunidades indígenas durante días o semanas. «A mí la experiencia humana me reconforta muchísimo», afirma.
Uno de sus destinos favoritos es Papúa Nueva Guinea. Allí ha viajado varias veces y no le importaría seguir repitiendo. «Es uno de los lugares más impactantes que he visto jamás», asegura. «Es uno de los territorios con mayor diversidad lingüística del planeta. En muchas zonas apenas existen carreteras y numerosas tribus han vivido históricamente aisladas entre montañas y selvas. Una vez al año, cientos de comunidades se reúnen en festivales donde celebran danzas, rituales y encuentros sociales que sirven también para resolver conflictos y evitar la endogamia entre clanes», cuenta. De allí son las fotografías que tiene expuestas en la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid. En ellas aparecen los famosos ‘hombres de barro’ de la tribu Los Asaro, formada por guerreros cubiertos de arcilla con enormes máscaras ceremoniales; también los Huli Wigmen, conocidos por sus espectaculares pelucas elaboradas con cabello humano. «En esta tribu aíslan a los jóvenes durante meses y les alimentan con una dieta especial, todo para luego confeccionar con su pelo los tocados sagrados de la tribu», dice fascinado. «Esas culturas no son un decorado turístico. Son sociedades complejas que aún conservan formas de vida ancestrales», apunta.
En Nueva York expondrá tres fotografías. Una de una niña de Camboya, otra unos indígenas de las islas Mentawai, de Indonesia y otra imagen africana tomada en Chad. Compartirá espacio con algunos de los fotógrafos documentales más reconocidos del mundo. «Me siendo muy afortunado. Son fotógrafos muy importantes y yo sólo soy un hostelero», dice con modestia, aunque sabe que, en el fondo, detrás de cada una de sus instantáneas, hay miles de kilómetros, de peligros y de noches sin electricidad. Ha expuesto también en el Museo de Arte Africano de Valladolid, donde su colección sobre mujeres del mundo causó un gran interés. «La gente se quedaba observando y preguntaban mucho. Intentaban entender quiénes eran esas personas y cómo vivían», recuerda.
La exposición de Madrid, inaugurada el pasado 8 de mayo en la galería de PhotoTravel, reúne el trabajo de 40 fotógrafos que comparten las historias, encuentros y escenas captadas durante los viajes fotográficos organizados la agencia a Etiopía. «Se trata de una mirada coral al valle del Omo y a las comunidades que habitan uno de los territorios más aislados y culturalmente singulares del continente africano», invita Negroni.