Por su parte, las señoras, siguió Cecil, “con sus vestidos funerales, debían parecer extraños cuervos gigantescos o morbosas aves del paraíso pavoneándose en alguna lúgubre fiesta medieval”. El Daily Mirror resumió la luctuosa escena evidenciando que solo algunas damas se atrevieron a decorar sus sombreros con flores inmaculadas y a lucir collares de perlas a tono. La moda femenina había dado la espalda a los grandes avances tecnológicos. Durante la primera década del siglo XX, sintetiza Daniel Milford-Cottam en Edwardian Fashion (2014), «la silueta cambió drásticamente. Cuando Eduardo VII ascendió al trono, la mujer elegante lucía una silueta piramidal, con el bajo de la falda extravagantemente amplio que se elevaba hasta la cúspide de un peinado alto, acompañado de un sombrero relativamente pequeño. En el momento de su muerte en mayo de 1910, casi una década después, la pirámide se había invertido, con sombreros de ala exageradamente ancha que se estrechaban hacia abajo hasta convertirse en dobladillos angostos, y un pie pulcramente calzado que formaba la punta de la nueva silueta en forma de corazón”. Al final de la era eduardiana o Belle Époque –dominada por la silueta S moldeada con corsés y enaguas– comenzó a emerger la forma tubular, más natural, característica de la siguiente década. El encaje –sustituido por las clases populares por ganchillo irlandés– y otros adornos se hicieron imprescindibles. Milford-Cottam explica también que “La vestimenta adecuada para cada evento cobró cada vez más importancia, y las personas elegantes se esmeraban en vestirse apropiadamente para la ocasión. Las mujeres más adineradas tenían varios atuendos, desde vestidos de teatro y de noche hasta vestidos de mañana y tarde, y ropa práctica para la caza, la navegación y otras actividades al aire libre”. Las telas más apreciadas eran el satén de seda, el damasco y la gasa, generalmente en colores claros y suaves.

En Ascot, el evento social más importante de la temporada primaveral británica, la tradición y la tendencia invitaban a las ladies a vestir tailleurs de muselina blanca o colores pastel combinados con sombreros esponjados con rosas y lazos. Las únicas señoras que se envolvían en colores oscuros eran las miembros de The Souls, un novedoso círculo de aristócratas y políticos bohemios inclinados hacia lo intelectual que se denominaban a sí mismos Los espíritus. Pero en 1910, en el hipódromo de Ascot, prosiguió Cecil Beaton, “Hasta donde la vida podía extenderse había vestidos negros adornados con largas franjas negras, sombrillas de finas sedas negras y enormes sombreros del propio color, más anchos aún de lo acostumbrado. La moda tiende a exagerarse antes de desaparecer y los extremados cubrecabezas habían llegado a ser como la suprema expresión de una rueda de fuegos artificiales”. El gran tamaño de los tocados obligó a las señoras a peinarse de manera específica para poder sostenerlos. “Aquel vasto despliegue de sombreros, inclinados sobre un lado y realzados con plumas negras de avestruz mezcladas con las de águila y aves del paraíso de la propia tonalidad y combinadas con tules fúnebres, no sólo se estaban usando como luto de un rey, sino de toda una gloria que se había ido para siempre. Claro que esa gloria, si hay que ser exactos, no había desaparecido por completo. Ciertas personalidades de la buena sociedad, de las tablas o de la ópera estuvieron como pez en el agua durante aquellos años de transición que mediaron entre los cigarros King Edward’s y los cigarrillos”.

El Ascot de luto, canto del cisne de la etapa eduardiana, sirvió de inspiración a Beaton en 1963 para diseñar el vestuario de la escena de My Fair Lady en la que Eliza Doolittle (Audrey Hepburn) se comporta como una dama hasta que pierde la compostura mientras anima a un caballo durante las carreras de Ascot. La película, adaptación cinematográfica del musical homónimo basado en la obra de teatro Pigmalión, está ambientada en 1910-1912. La idea no era nueva, Cecil había aprovechado en 1956 sus recuerdos del Black Ascot para dibujar los atuendos de los personajes que confluyen en escena en el mismo acto ecuestre del musical. En su diario escribió: «Cuando le dije a Moss [el director del musical, Moss Hart] que tenía la intención de retratar la parte de Ascot en blanco y negro –una idea surgida de aquel famoso ‘Ascot negro’ tras la muerte del rey Eduardo VII– se preocupó: ¿Estás seguro de que no va a parecer una tira cómica?. Tuve la suerte de que me ocultó otros miedos que tenía, así que pude proceder con libertad absoluta”.