David Hockney era como un Benjamin Button del arte. Como el personaje de Scott Fitzgerald, a medida que envejecía su pintura se hacía más joven, … poderosa y luminosa. Lo demostró regresando a sus orígenes en sus últimas grandes muestras —dos de ellas en el Guggenheim de Bilbao— en las que octogenario y genial artista mantuvo la frescura innovadora de su multifacético, alegre y colorido arte.
Hockney, uno de los creadores más importantes, influyentes del último siglo, el pintor vivo más cotizado de su tiempo, falleció este viernes «en paz en su casa» a los 88 años, según ha confirmado su representante sin precisar las causas de su muerte.
Atisbando el futuro y explorando el presente, Hockney nunca dejó de mirarse en los clásicos. Estrella y pilar fundamental del ‘Pop Art’ durante los años sesenta, mago del color, se mantuvo activo hasta sus últimos días. Camaleón del arte, cultivó un sinfín de disciplinas, además de la pintura, que alternó con la fotografía, el diseño gráfico y la escenografía.
«Uno no se jubila en el arte», declaró a la BBC el siempre divertido e irónico artista cuando le preguntaron por su inagotable energía. «Simplemente, lo haces hasta que te desplomas», dijo un infatigable creador al que, como a Picasso la inspiración «que no alcanza a los perezosos» le pillaba trabajado.
Hockney era la imagen viva del pop, con sus coloridas gafas redondas de pasta, su pelo rubio y sus ropas estridentes. Sordo como Goya, empedernido fumador de tabaco y marihuana, usaba audífonos de colores vivos. Un pequeño signo de rebelión del irreverente artista, homosexual sin tapujos, que combatió siempre las convenciones. Tituló algunas de sus pinturas abstractas con nombres como «Seré reina y muñequito por una noche» (‘Going to be a Queen for Tonight y Doll Boy’) en una época en que la homosexualidad se castigaba con prisión.
Éxito temprano
Hijo de un contable y de una devota metodista, David Hockney nació en Bradford, al norte de Inglaterra, en 1937. Se formó en la escuela de arte de su ciudad natal antes de ingresar en el Royal College of Art, donde permaneció entre 1959 y 1962. Compañero de Peter Blake y R. B. Kitaj, ganó celebridad ya como estudiante, cuando su obra se incluyó en la exposición ‘Young Contemporaries’, que marcaría el surgimiento del arte pop británico.
En 1959 se trasladó a Londres para continuar sus estudios y se codeó con estrellas de los locos 60 como Mick Jagger y Rudolf Nureyev. El éxito temprano y la buena venta de sus primeras obras le permitiría visitar Nueva York en 1961. Entabló amistad con Andy Warhol, pero se mudaría a California tres años después en busca del calor y el color. «Pasé los primeros veinte años de mi vida en la sombría atmósfera gótica del norte. Allí me sentí libre», escribiría.
Instalado en los Los Ángeles del ‘power flower’, su etapa californiana sería su gran catapulta internacional gracias a su celebérrima serie de piscinas, estilizadas palmeras y azulísimos cielos. Unas obras que junto a los retratos de estrellas de Hollywood y del Cañón del Colorado le otorgaron un cetro del pop del que acabaría renegando.
Uno de sus cuadros más famosos, ‘Retrato de un artista (Piscina con dos figuras)’, con un nadador bajo el agua y un hombre contemplando la escena, se vendió por 90,3 millones de dólares en 2018, convirtiéndose en la obra de un artista vivo más cara subasta hasta entonces. Un honor que le arrebataría en 2023 un conejo de Jeff Koons subastado por un millón más.
Miembro de la Royal Academy desde 1991, el motor de su carrera estuvo en los cambios y desafíos que le llevaron a probar todas las posibilidades de la representación del paisaje y del retrato sirviéndose de
todas las técnicas. Su virtuosismo y energía, junto al profundo conocimiento de los maestros del pasado y su enfoque siempre innovador le convirtieron en uno de los pintores más apreciados de su tiempo.
La paleta en el iPad
Nunca dejó de evolucionar. El mismo genio capaz de recrear los paisajes californianos con polaroids y fotocopias hace más de medio siglo sería a principios del siglo XX un pionero capaz de pintar con un iPad, apostar por la impresión digital con láser sobre aluminio y reivindicar el retrato puro, intimista y de patrón único. herramientas digitales con la misma maestría que el óleo, el lienzo y el lápiz.
Cuando creyó que no volvería a pintar, resucitó la pintura en su versión más pura. La fiebre por el retrato le atrapó en su madurez con la misma furia que al inicio de su carrera. Invitó a posar en su estudio a familiares, ex novios, amigos y conocidos. Gentes de su entorno, otros artistas, conservadores y galeristas, como John Baldessari, Larry Gagosian o Edith Devaney, como se vería en la portentosa muestra ’82 retratos y 1 bodegón’ que acogió el Guggenheim de Bilbao en 2017.
Lejos de conformarse o repetirse, el octogenario Hockney demostró un juvenil vigor pictórico al explotar el patrón clásico en unos retratos que evocan a Van Gogh o Velázquez. Dedicó cuatro años a un género eterno con la serie que comenzó retratando al apenado jefe de su estudio, Jean-Pierre Gonçalves de Lima, tras el suicidio de Dominic Elliot, asistente de Hockney que ingirió un cóctel de drogas, lejía y ácido sulfúrico.
«La fascinación de Hockney por el retrato está indisolublemente unida a su profunda simpatía por el ser humano y por todas las fragilidades que encarnamos, ‘la comedia humana’, como él mismo la describe», explicó Edith Devaney, la comisaria y amiga que seleccionado con Hockney los retratos.
Antes, en 2012, ofreció en el mismo museo bilbaíno un paseo por los monumentales y húmedos paisajes de su Yorkshire natal en unas impresiones digitales de gran formato.
Quería Hockney que el espectador extrajera de su obra «un poco de alegría», y que disfrutara del mundo «como yo disfruto mirándolo». Aseguraba que pintando se sentía «como Picasso con 30 años,». Cuando no pintaba se sentía «un anciano».
En 2020, durante la pandemia pintó con su iPad en su casa de Normandía su monumental visión de la primavera plasmada en 116 obras que traspasó al lienzo. Las expuso en 2021 en la Royal Academy de Londres y las recogió en un libro.
En marzo de este año se inauguró su última muestra en la Serpentine Gallery de Londres, con una de las obras más ambiciosas de su carrera, ‘A Year in Normandie’ (‘Un año en Normandía’) una única pieza 70 metros inspirado en el tapiz de Bayeux. «Siempre creí que el arte ha de ser un placer profundo. Siempre hay, en cualquier lugar, enorme cantidad de sufrimiento, pero mi deber como artista consiste en superar y aliviar la esterilidad de la desesperación», dijo en la inauguración.