Un recorrido por el siglo XX y parte del XIX a través de 238 cámaras de fotos, flashes y cajas oscuras de distintos momentos de la historia y de diferentes partes del mundo.

En eso consiste la exposición de cámaras fotográficas antiguas que acoge hasta finales de este mes la sede del Ateneo. Su propietario, Rafael Cítores, descendiente de Cobos de Cerrato, lleva cuatro años coleccionándolas y asegura que su verdadera motivación es «explicar las cosas a través de las cosas», es decir, entender los cambios sociales y demográficos con la ayuda de los objetos pertenecientes a una u otra época o clase social.

«A través de estas cámaras podemos ver cómo cambia la sociedad, el poder adquisitivo de la gente o los gustos de un momento concreto», explica Citores.
Uno de los ejemplos que cita es el paso de los retratos, hechos con prolongados tiempos de exposición, o las fotografías de la conquista americana, que muestran los paisajes del Oeste; a la fotografía más costumbrista y cotidiana que empieza a verse cuando las cámaras llegan a la población general.

La exposición muestra también las distintas características técnicas de cada generación de cámaras, que van desde el fuelle plegable hasta el objetivo que se regula, pasando por el flash, la zapata o, incluso, el material del que está hecho el aparato. Al respecto, destacan las cámaras de baquelita, que empezó a utilizarse para la fotografía submarina, o las cámaras de reducidas dimensiones, muy utilizadas por los militares y los espías.

modelos especiales. Entre las cámaras más especiales de la exposición se encuentra la Coronet Rapid, la cámara con la que «se capturó buena parte de la Segunda Guerra Mundial», según explica Citores. Era la utilizada, de hecho, por Robert Capa, por ser portátil, resistente y con tiempos de exposición muy breves. En España apenas había una veintena de ejemplares, y uno de ellos se puede ver en esta exposición. En palabras de Citores, este modelo «representa el paso de la fotografía de estudio a la fotografía de reporteros».

Además, dos cámaras de la exposición pasaron por manos de sendos maestros de la imagen. La primera de ellas es una Argus Match-Matic C3 (conocida como the brick por su similitud con un ladrillo) que perteneció a Tony Vaccaro, fotógrafo de Vogue. La segunda, una Revere Eight que perteneció a Walt Disney y con la que grabó la película The Duck.

La última incorporación a la colección, que sigue en constante crecimiento, es un modelo de Polaroid con fuelle que fue muy popular en Estados Unidos, pero que apenas se comercializó en Europa.