Hay momentos en la historia financiera en los que la euforia y la prudencia comparten mesa sin hablarse. Este es uno de ellos. Los grandes índices bursátiles encadenan máximos históricos impulsados por la revolución de la inteligencia artificial (IA) con una intensidad no vista desde la burbuja tecnológica de finales de los noventa. Al mismo tiempo, los Estados que deberían actuar de ancla en caso de tormenta navegan con niveles de deuda soberana sin precedentes en tiempos de paz. La combinación de ambos fenómenos configura un cóctel cuya potencia conviene examinar sin alarmismos, pero también sin complacencia.
El punto de partida es la valoración. El ratio de Shiller del índice bursátil S&P 500 supera las 40 veces beneficios, una cota que en toda la historia moderna solo se ha registrado en dos ocasiones: en la antesala de la Gran Depresión y en el pico de la burbuja puntocom. El mercado cotiza como si el futuro estuviese garantizado.
El motor tiene fundamento real. A diferencia del episodio puntocom, los gigantes tecnológicos son hoy máquinas de generación de caja con márgenes operativos que superan el 30%. Esa es la diferencia estructural que distingue este ciclo del anterior. Pero la euforia tiene su propia lógica, independiente de los fundamentos: el 44% de la capitalización del S&P 500 está concentrada en apenas 30 valores vinculados a la IA.
El segundo ingrediente es el gasto en infraestructura de IA. Las cuatro grandes hiperescaladoras —Amazon, Google, Microsoft y Meta— invertirán cerca de 700.000 millones de dólares solo en 2026, casi el doble que en 2025, camino del billón en 2027. Una inversión de esa envergadura no puede financiarse solo con flujo de caja operativo: la emisión de deuda corporativa tecnológica se acerca ya a los 900.000 millones anuales. Ninguna de ellas ha demostrado todavía retorno positivo sobre esas inversiones a escala. Menos aún los nuevos emergentes que como SpaceX ya han salido al mercado o están a punto de hacerlo en los próximos meses —OpenAI y Anthropic—. Y a pesar de ello, con valoraciones inimaginables hace nada.
El tercer elemento, e igual de inquietante, no está en Silicon Valley sino en Washington. El déficit federal ronda el 7% del PIB, el Fondo Monetario Internacional proyecta una deuda soberana estadounidense del 143% en 2030 —por encima de Grecia o Italia— y los tipos de interés muestran tensión. El margen de maniobra para responder a una perturbación severa se ha estrechado notablemente.
El problema no es si la IA transformará la economía. Lo hará, y profundamente. El problema es el ritmo al que los mercados están capitalizando esa transformación futura en precios del presente, y la estructura de endeudamiento que la sostiene. La gravedad no desaparece. Solo se aplaza. Si no acaban encajando todas las piezas, los mercados tienen larga experiencia en demostrarlo.
Daniel Manzano y Javier Pino son profesores de Afi Global Education.