Si algo echará especialmente de menos Luis Magdaleno cuando se jubile es «ver esos amaneceres, las luces tan preciosas que se forman, cómo se va … filtrando el sol por los árboles cuando todo aún está en silencio», asegura el capataz del Campo Grande. Lleva 25 años ligado a lo que él define como su «oasis de paz» y afronta ahora su última temporada antes de la jubilación. «Son 45 años trabajando en jardines y ya va pesando», asegura. Y, a la vez que dice esta frase, los ojos se le empañan porque empieza a recordar a ese Luis joven de 18 años que entró «cuando se dio la oportunidad» en el servicio municipal de parques y jardines de la ciudad.
Estuve primero en Parquesol, luego diez años en el parque de las Moreras y el 15 de marzo de 2001 ya vine aquí», cuenta mirando con admiración a su alrededor. Desde ese momento se enamoró del lugar y, desde ese momento, ha cuidado con mimo y pasión las cerca de once hectáreas de jardines, arbolado y fauna, pues conoce al dedillo las necesidades de cada uno de los animales que habitan en este verde espacio que abrió sus puertas en 1879. «Si pones atención, escuchas a todas las aves que hay aquí», cuenta.
Dice el histórico cuidador que las cosas han cambiado mucho en todo este tiempo. «Se nota muchísimo que cada vez hay más turismo, que tenemos gente de todas partes que pasa a todas horas por aquí», comenta. Como buen conocedor de cada uno de los rincones y secretos de este espacio verde, Magdaleno asegura que «siempre hay algo que se puede mejorar o más dinero y maquinaria que se puede emplear. El Campo Grande está precioso y todo el mundo lo ve maravilloso; lo tenemos muy verde, muy limpio, pero eso no es suficiente, y todo lo que hay aquí es patrimonio natural que hay que cuidar para que viva lo máximo posible».
Aquí ha pasado inviernos de mucho frío y veranos de un calor sofocante, pero lo que más valora es ser testigo de la evolución de la vegetación. «Es una satisfacción enorme ver cómo ese arbolito que plantaste hace 25 años ahora es un ejemplar precioso», asegura. Siente especial curiosidad por las aves silvestres que habitan en este pulmón verde, y eso lo llevó a publicar un libro sobre la vida de estos animales en el Campo Grande cuando apenas llevaba seis años trabajando en el parque. «Había muchísimas aves que no se veían en otros lados y empecé a anotar su comportamiento, cuándo venían, cuándo se marchaban, datos curiosos de cada uno… Y eso fue lo que se publicó», recuerda.
Pero no es lo único, porque, durante los últimos diez años, cuando Magdaleno se quitaba el uniforme de trabajo, no dejaba a un lado este espacio verde. Empezó a recoger la historia del Campo Grande, la evolución botánica y las peculiaridades de todos sus elementos. Así, durante una década ha plasmado el por qué de las fuentes y de las estatuas y la historia misma de la ciudad, por citar un pequeño ejemplo. Todo ello con una nota de color, porque a cada píldora de información le acompaña una vistosa acuarela que cuenta cómo fue y cómo es el jardín por excelencia de Valladolid.
«Mucha gente lo desconoce, pero aquí ha habido ruinas que posteriormente desaparecieron: la arquería de una iglesia, estalactitas de las cuevas de Atapuerca, había ciervos… Y todo eso lo voy documentando y lo relaciono con la historia de la jardinería, de la ciudad, con la mitología, con la literatura y personajes ilustres; o cuento de dónde procede el uso del agua en los jardines, qué significa y de dónde venían las grutas, dónde habitaban las ninfas… Todo lo que se me va ocurriendo», añade el capataz.
Buscando cómo mejorar
A los 17 años Luis dejó los estudios. No le gustaban los libros ni le interesaba lo que leía en la pizarra; pero su trabajo como jardinero, el contacto con las plantas y la naturaleza cambiaron algo en él. «Al cabo de poco tiempo vi que esto me llamaba, que me empezaba a gustar», confiesa. Y, así, fue como aprovechaba cada vez que aparecía una oportunidad de ascenso. «Me preparaba, estudiaba y así pasé de peón a oficial de segunda, de primera y, luego, a capataz».
Una vez conseguido ese cargo, se planteó «estudiar en serio» con el acceso a la universidad para mayores de 25 años. «Me matriculé en Ingeniería Técnica Forestal, pero lo dejé un año más tarde por el trabajo, la familia y el cuidado de dos niños pequeños. No era el momento. Estuve un año y lo dejé, y pasó lo mismo cuando me matriculé en Ciencias Ambientales», recuerda. Se prometió a sí mismo que encontraría su tiempo para seguir formándose. «Ya con mis hijos más mayores y compaginándolo como podía con el trabajo, volví a retomar los estudios e hice dos grados superiores: Salud Ambiental, primero, y Gestión Forestal y del Medio Natural, después», explica. Y respecto a su futuro, no se cierra las puertas a nada. Si alguien le propone hacer alguna visita para contar los secretos, las curiosidades y la evolución del Campo Grande en estos últimos años, su respuesta es clara: «Si me llaman, aquí estoy», dice sonriendo.
Ahora que ve que el momento de despedirse de su trabajo está más cerca, asegura el guardián que volverá a menudo por este espacio al que se siente tan ligado. Aunque tiempo no le va a sobrar precisamente, pues tiene pensado dedicar sus días a la lectura, los paseos, la naturaleza y a esas acuarelas que son para él «el alma del lugar».