Era —parafraseando a Estopa— una tarde tonta y caliente, de esas en las que el sol quema la frente. El escenario elegido fue el ágora del parque de Cabecera de València. Allí, Mónica Oltra volvía a la arena política acompañada de Gabriel Rufián.
Desde que anunció hace unos meses su regreso a la vida política en el congreso de Iniciativa, sus apariciones públicas habían sido pocas y muy medidas. Apenas una entrevista en Onda Cero, su paso por El Intermedio y algunas presentaciones de libros. Todo muy calculado.
Tras la ratificación de Compromís como candidata a la alcaldía de València —mientras se sigue negociando qué fuerzas se sumarán finalmente al proyecto y bajo qué fórmula electoral—, Oltra protagonizó su primer baño de masas ante más de 2.000 personas. Había expectación por comprobar cómo había evolucionado su discurso después de cuatro años alejada de la primera línea política y si conservaba aquella capacidad para conectar con públicos diferentes, construir un relato propio y marcar los temas de la conversación pública.
Y la conclusión parece evidente: su instinto político sigue intacto.
Porque si leemos el acto en clave valenciana, quien salió con más certezas políticas fue Mónica Oltra. Ratificada ya como candidata, aprovechó el foco mediático para hacer algo más importante que regresar: empezar a construir un relato de victoria.
Y no es casual que ese regreso se produjera junto a Gabriel Rufián. Su presencia aportó dimensión estatal y notoriedad a un acto que trascendía la política valenciana. Mónica Oltra volvía oficialmente a la primera línea política.
El dirigente republicano acompañó ese momento y reforzó la imagen de una dirigente que vuelve a ocupar espacio político y que afronta con un rumbo definido la carrera hacia la alcaldía de València.
El regreso de Oltra, además, no fue únicamente una cuestión de posición política. Fue, sobre todo, una cuestión de relato.
La emoción predominante de su intervención fue el amor. En algunos de los momentos más humanos de su discurso, explicó que no guarda rencor a quienes intentaron acabar con su carrera política y convirtió sus propias debilidades y su sensibilidad en una fortaleza. Visiblemente emocionada, reconoció que ella misma había atravesado momentos en los que tampoco encontraba esperanza. Pero precisamente por eso defendió la necesidad de recuperarla y buscarla donde hiciera falta.
Por momentos, su discurso recordaba a la tradición humanista latinoamericana representada por Pepe Mujica y el Movimiento de Participación Popular. Un mensaje menos centrado en la confrontación y más en los vínculos, los afectos y la capacidad colectiva de transformar la realidad.
El contraste con Rufián fue evidente. Mientras él apeló a la indignación ante la fragmentación de la izquierda y el avance de la extrema derecha, Oltra eligió otro camino. Frente a la indignación, esperanza. Frente a la denuncia, horizonte.
Pero sería un error interpretar su regreso solo desde la emoción. Oltra recuperó también uno de los ejes centrales de su trayectoria: la defensa de una mayor redistribución de la riqueza. Citó a Elon Musk para denunciar la concentración de recursos en manos de grandes fortunas y puso como referencia a Zohran Mamdani como ejemplo de una nueva izquierda capaz de plantear transformaciones desde la política municipal.
Y desde ahí aterrizó su discurso en València: una ciudad más humana, de barrios, de comunidad y de espacios compartidos. Una ciudad donde la gente no tenga que huir cada fin de semana para encontrar calidad de vida. Una ciudad pensada para vivir y no únicamente para consumir.
Un discurso que recordaba al espíritu de aquellas alcaldías del cambio de 2015.
Con un PSPV con dificultades para canalizar el descontento existente en la sociedad valenciana —tras la gestión de la DANA y la huelga educativa—, Compromís tiene una oportunidad histórica. La pregunta ahora es si será capaz de aprender de los errores del pasado para transformar esta nueva esperanza en una mayoría política.