Es evidente la metáfora política que Michel Franco quiere contar con la relación de dos amantes secretos en Dreams. Ella, una rica heredera y filántropa (Jessica Chastain) y él, un bailarín mexicano que persigue sus sueños en San Francisco (Isaac Hernández). Tan evidente es que el espectador apenas se implica en la impersonal, fría, seria y distante relación de ambos. El director de Sundown o Memory realiza otro film tremendamente minimalista sobre una pasión que, perdón por el chiste, desborda fronteras, pero nada de lo que ocurre, hacen o dicen resulta especialmente significativo.

Hay, por supuesto, momentos de buen cine en Dreams. En ese comienzo, donde vemos el trago de cruzar la frontera de manera ilegal, la puesta en escena de Michel Franco resulta significativamente eficaz. Y, desde luego, el desenlace no carece de aristas. Quien se tira a la piscina es, de nuevo, una Jessica Chastain realmente implicada en el proyecto, capaz de expresar dentro del minimalismo todos los matices de un personaje enamorado.

Pero, al margen de la ya nada peculiar inversión de roles de género, no hay nada en Dreams y la relación secreta que perturbe en exceso, si acaso un par de escenas sexuales realmente crudas. Está claro que sus personajes apenas expresan sus sentimientos porque todo el esfuerzo del film es reflejar las desigualdades y tensiones de clase entre dos países vecinos. Michel Franco evita en todo momento el melodrama romántico, o incluso el thriller erótico, mediante planos largos y sostenidos en el tiempo para recordar al espectador el verdadero tema del film, y el resultado ahoga sin transmitir.

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Dreams es un film tan opaco como, en realidad, transparente. Impersonal, frío y distante, duro y serio como Haneke, pierde la oportunidad de narrar la soledad y humanidad desnortada de sus protagonistas en favor de un antipático retrato de las relaciones internacionales entre México y EEUU, pero sin invertir previamente en humanidad o matices.