“¿Hay alguien que sufra de vértigo?”, pregunta con semblante serio la guía antes de iniciar el ascenso por las entrañas del Burgtheater de Viena, el Teatro Nacional de Austria, uno de los más importantes del mundo.
En otoño de 2024 un temporal dañó gravemente el material aislante del techo, que databa de la época de su construcción, y obligó a remozar la estructura. La gran escalinata lateral del lado Landtmann permanece en obras, saturada de andamios. El cielo raso de esas escaleras tiene unas pinturas monumentales de finales del XIX que Gustav Klimt pintó por encargo con 24 años, cuando aún no se había emancipado de la pintura académica, y que le consagraron como artista. No son muy conocidas porque no son muy accesibles, y porque hay que ir al teatro. Pero ahora, aprovechando la restauración, se pueden contemplar de cerca subiendo por el andamiaje en un recorrido guiado.
El decorado celeste fue un encargo imperial por valor de 10.000 florines (139.705 euros actuales, según la Klimt Foundation) al estudio que Klimt compartía con su hermano Ernst y el pintor Franz Matsch, bajo la condición contractual de que fuera ejecutado personalmente por los artistas, sin delegar en colaboradores. Entre 1886 y 1888 trabajaron en un total de 10 pinturas al óleo —“¡no son frescos!”, insiste la guía, “es pintura al óleo sobre revoco seco”—, cuatro de ellas firmadas por Gustav Klimt.
En el camino que conduce a las obras se atraviesa el Angelika Prokopp Foyer, que exhibe los bocetos originales a carboncillo, frágiles láminas de papel de gran formato que estuvieron olvidadas durante más de un siglo en los sótanos del teatro. El estudio preliminar del Shakespeare’s Globetheater muestra el único autorretrato conocido de Klimt. Uno puede acercarse y apreciar la inquietud en sus ojos. El artista se dibujó bello, altivo y con gorguera, y se permitió una licencia cómica con su hermano pequeño: le dibujó fumando a sus espaldas. Junto a ellos, Franz Matsch luce un exótico sombrero sin ala. Los tres aparecen como espectadores del teatro isabelino de Londres presenciando la escena en la cripta de los Capuleto en la que Romeo se desmorona junto a Julieta, a quien cree muerta, y se suicida.
La moqueta y las maderas nobles del Burgtheater dan paso a la chapa metálica. Se sube por una escalera que zigzaguea y cruje en el interior de un esqueleto de acero entre montantes, largueros y diagonales hasta alcanzar el cielo raso, donde dos potentes focos realzan la tensión entre la brutalidad industrial del andamio y la delicadeza de las pinturas. A 15 metros sobre el nivel del Danubio se pueden leer las firmas de los artistas.
El encargo fijaba que las pinturas debían recrear la historia del teatro desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII, y abarcaba las bóvedas sobre las dos escalinatas de gala. El andamio de la escalinata del lado del Volksgarten ya se ha desmontado. En esta bóveda se encuentra el óleo Shakespeare’s Globetheater, pero hay que arquear la coronilla hasta la nuca para atisbar el rostro de Klimt en el cielo. El pintor desdeñó luego el resultado, lo que no impidió que el emperador Francisco José distinguiera al grupo de artistas con la Cruz de Oro al Mérito.
Las dos escalinatas imperiales sobrevivieron a los bombardeos aliados y a la artillería soviética durante la Segunda Guerra Mundial, y ahora a un aguacero de otoño. Habrá visitas hasta finales de agosto, cuando se desmonten todos los andamios. El Burgtheater, templo del drama, ha convertido su restauración en una muestra artística efímera.