Enrique Portocarrero

22/06/2026

Actualizado a las 16:45h.

Sin duda es una buena idea la de desvelar ahora el nuevo atrio Arriaga como preliminar teatral de lo que en otoño será la culminación … total de la ampliación del Bellas Artes, puesto que, si de un lado ese espacio va a ser central y capital para la distribución y la transición entre áreas, su presentación anticipada también ofrece a cualquier espectador un tentador e imaginativo vistazo a lo que va a ser en pocos meses una realidad más amplia. Ciertamente, el nuevo atrio aporta una claridad espacial, un afortunado enlace entre las dos entradas del edificio -la de la Plaza del Museo y la de la Plaza Chillida, con lo cual se posibilita igualmente una circulación y una relación ordenada entre visitantes eventuales del Guggenheim, el Bellas Artes y de la propia ciudad-, una buena integración entre el neoclasicismo del edificio de 1945, el racionalismo o el estilo moderno internacional y el high tech posterior en el segundo edificio; una espacialidad idónea y libre de obstáculos para facilitar el flujo en la entrada y en la salida; y también una primera experiencia memorable al espectador tanto arquitectónica -fiel reflejo de la historia y la evolución del museo-, como artística.

En este último sentido, el mantenimiento en el atrio de la obra de Durrio, junto con las esculturas monumentales de Chillida y Serra, refleja un desarrollo histórico del arte y una especial vinculación con la modernidad y la contemporaneidad del arte vasco. Un cúmulo de retos y objetivos alcanzados en este atrio, en fin, convertido en el nodo central del museo. Otra cosa es que ese espacio sea un armonioso «punto de encuentro del museo con la ciudad», tal y como manifestó una responsable del equipo arquitectónico. Bueno, lógicamente se entiende que si se optó por un proyecto que planteaba una ampliación en vertical, su escala y su monumentalidad iban a afectar sensiblemente a su entorno. Por ello, y por muy grato que sea el atrio para el espectador, no se puede dejar de sentir que las enormes estructuras de los pilares en V son muy intrusivas en sus laterales y también muy disruptivas en relación con el eclecticismo y con las aportaciones regionalistas y modernistas del Ensanche.