Llegó a Vitoria avanzado el verano de 2024 con una especie de pañuelo anudado a la cabeza como si fuera un sombrero. Su única otra … excentricidad, si es que pueden denominarse así los gustos de cada persona, era que manejara una cuenta en redes sociales de su perro, Chief. A la larga, sería clave en su adaptación. Es el proceso de como un base sumido en un mar de dudas en sus primeros meses en el Baskonia logró convertirse en el referente del equipo que volviera a colocar un título en las vitrinas del Buesa Arena.
Alfredo Salazar calificó su contratación tras cuatro temporadas en la NBA como «una oportunidad» que había surgido. Y el timonel de Alabama dijo en su presentación una afirmación que chirrió durante varias semanas. «No tendré problemas para adaptarme», aseguró con seguridad, como cuando arranca hacia la canasta. Quizás demasiado atrevido, en esa ocasión, ante los micrófonos.
«Nos costó un poco acostumbrarnos», reconoce dos años después en un sentido y detallado vídeo de despedida. Aparece Forrest paseando a su mascota en Salburua, disfrutando en la bolera, andando por la calle Dato y, sobre todo, disfrutando sobre la pista. «Me llevo muchos muchos recuerdos inolvidables. Vitoria tiene mucha gente buena que he podido conocer», agradece.
También de sus duros inicios. Titubeantes. Desubicado en la cancha. No veía el pase claro. Botaba y botaba. Ralentizaba el juego y a Pablo Laso, según sus propias palabras, prefería jugar más rápido. Forrest se defendía. En la NBA actuaba junto a otro base en numerosas ocasiones. Tenía menos responsabilidades. Le era más fácil ofrecer su mejor juego. Pero la crítica le tachó de un base «lento», con problemas en el tiro. Como en otros casos como el de Nocioni, no encandiló desde el primer momento.
Pero lo hizo. «Perseveré en el trabajo», explica en su despedida, en la que muestra el sentido del humor que sus compañeros siempre han sostenido que demostraba en el vestuario. «El jugador más lento en la historia del Baskonia», escribe en la firma. Su rúbrica final. Sorteó la crítica, pese a no estar de acuerdo con ella, y realizó un final de curso esperanzador. Con unos grandes números estadísticos. También en el tiro.
«Creo que no juego lento, pero Galbiati quiere más rapidez», defendía en una entrevista en este periódico antes de arrancar la temporada ya sin ataduras. Hizo suyo el equipo y solo una lesión muscular le frenó. Con el técnico italiano alcanzó el nivel máximo de confianza, hasta el punto de atreverse a intentar a hacer un mate por encima de Tavares, el gigante de Maio (2,21 metros de altura). Y vaya si lo hizo. La acción le propulsó a ser distinguido como mejor jugador del torneo y a entrar en los corazones de toda la ciudad.

En la competición celebrada en Valencia no anotó ningún triple. Lo dejó para la parte final de esta temporada, en la que empezó a lanzar después de dar un paso atrás, a ampliar los recursos de su juego. Llegó con un contrato modesto de dos temporadas que se acaba el 30 de junio. Por ello, dice «hasta la próxima» a «la organización, fisios, entrenadores». «Todos han sido parte del equipo donde sea que estuviera, lo que necesitase, para tratarme. Gracias a todos porque todos han sido tan importantes como los jugadores».
Muchas su aprecio a sus compañeros. «Siempre los recordaré». Y da gracias a la afición. «Por su apoyo, en cada partido, bien ganáramos o perdiéramos, no importaba». Ya no hay dudas. Su fichaje fue otro acierto de Alfredo Salazar y de Félix Fernández, que confiaba que una vez sabía cuál era la calle Dato, su rendimiento iba a mejorar. Y así fue. Se va el MVP de la Copa, al que el paso del tiempo colocará en su debido lugar entre los muchos y muy buenos mejores bases de la historia del club. El ya se ha clasificado. «El más lento» pone rumbo al Fenerbahce.
