Recorrer Rever, de Lucía Gorostegui (Santander, 1986), es aprender a desconfiar de lo que se ve. No resulta difícil en Almacén Abierto, la nave alberga una selección de las obras de la colección de la galerista Oliva Arauna en el madrileño barrio de Tetuán. Aquí, las intervenciones de la artista se insertan entre las piezas existentes generando una incertidumbre sobre qué pertenece a la exposición y qué formaba ya parte del lugar. La pregunta no es menor: la muestra gira en torno a la distancia que separa la realidad de su representación y al papel que desempeñan las imágenes en nuestra percepción del mundo.

“Trabajo a partir de la apropiación tanto del lugar como de las obras que lo albergan”, explica Gorostegui. “Registro fotográficamente esos elementos, los imprimo —muchas veces a escala real— y los reincorporo al espacio de donde proceden”. No se trata de sustituir lo que ya está, sino de introducir una segunda lectura que convive con la primera, generando alteraciones y desplazamientos entre la realidad y su representación, una constante en la obra de la artista.

Así, sobre una obra de Rosa Brun, Sin título (1988), compuesta originalmente por dos tableros, Gorostegui introduce un tercer elemento: una superficie fotográfica añadida que se superpone a la pieza. La imagen funciona como una capa intermedia, o como dispositivo que oculta o distorsiona la realidad y obliga al espectador a mirar dos veces, en un intento de reconocimiento, de comparar lo que se ve y se supone que está ahí. “Funciona como una metáfora de las capas socioculturales y personales que median nuestra mirada sobre la realidad”, apunta la fotógrafa, “y cuestiona el medio fotográfico. La fotografía no se presenta como ventana transparente hacia lo real, sino como superficie que la recubre, una capa que aparenta mostrar lo mismo, pero que en realidad desplaza y transforma aquello que entendemos como “lo mismo”.

Ese mecanismo se vuelve más evidente en Suelo de trabajo I a IV (cuadríptico) cuando la artista trabaja con el propio suelo del espacio: las imágenes no representan algo distante, sino el lugar exacto que pisa el visitante. El suelo fotografiado y reinsertado genera un pequeño desfase perceptivo, donde lo que debería ser continuidad abre la pregunta sobre cómo se relee la realidad después de ver la obra y viceversa. En la planta superior de la nave se encuentra otro desplazamiento del suelo, donde el efecto de la luz se vuelve más evidente y condiciona de manera más directa la percepción de la imagen, acentuando sus variaciones visuales a lo largo del día.

‘Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo (a partir de obra de Leonel Moura)’.Lucia Gorostegui

Pero quizá el punto más determinante de esta intervención site specific, que ha contado con la colaboración de la Galería Juan Silió, dentro de la programación del Festival Off de PHotoESPAÑA, aparece cuando entra en juego el reflejo. La fotógrafa interviene Dibujo textual (2022) de la argentina Ana Gallardo. La obra original se compone de una base pintada en carboncillo, totalmente negra y sin fijar, en la que se integra una frase: “A los catorce años Susana es sicario”. Cosida con hilo de plata, alude a nuestra incapacidad de fijar la memoria. Originalmente se encuentra protegida por un metacrilato cuya superficie introduce reflejos. En Difracción Sicaría/Almacén Abierto esa condición se intensifica y el espectador se enfrenta a una imagen deformada que integra todo el espacio de la instalación.

“El reflejo ha sido un hilo conductor en el proyecto”, explica la fotógrafa. “Es un elemento que se interpone en nuestra visión de la realidad y que, sin embargo, muchas veces decidimos ignorar para preservar una imagen más estable y cómoda de lo que vemos. Me resulta interesante observar cómo algunas personas lo pasan por alto, mientras que otras quedan atrapadas en él. Esa decisión —atenderlo o ignorarlo— acaba formando parte de la propia experiencia de la exposición”.

La cuestión del reflejo reaparece en la intervención realizada a partir de Dentro de Mi (2000), de Helena Almeida. Si en otras piezas la fotografía funciona como una capa que se interpone entre la mirada y lo representado, aquí la atención se desplaza hacia su propia materialidad. Gorostegui amplía la imagen hasta hacer visibles las fibras del papel, las huellas del tiempo y los rastros físicos del proceso fotográfico. “Hay algo muy pictórico en todo ello”, advierte la fotógrafa. “Me interesa mucho que se mire la fotografía como se mira la pintura, aproximándose a ella como obra de creación más que de reproducción”. Esta ampliación desdibuja la separación entre fondo y figura, en sintonía con las cuestiones de identidad y representación presentes en la obra de Almeida.

Vista de la exposición ‘Rever’, reflejo de la obra ‘De mi (a partir de obra de Helena Almeida) sobre obra original de Helena Almeida’, de Lucia Gorostegui.Lucia Gorostegui

La reflexión sobre los límites de la representación se hace explicita en el díptico realizado a partir de la obra que Leonel Moura dedica a Ludwig Wittgenstein, CADMIUM YELLOW LIGHT (WITTG.) (1990). Es la única pieza que enmarca la fotógrafa, una decisión que responde a una cuestión conceptual: el marco como frontera entre un sistema de pensamiento y aquello que queda fuera de él. Gorostegui trabaja aquí con una imagen extremadamente subexpuesta y otra sobreexpuesta, llevando la fotografía a los límites de su propio lenguaje. La referencia a Wittgenstein no es casual. “Su frase más conocida, ‘los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo’, resume muy bien muchas de las cosas que me interesan”, señala la artista.

La apropiación introduce una paradoja: en la imagen subexpuesta la información visual adquiere mayor densidad, mientras que en la sobreexpuesta la representación se vuelve prácticamente ilegible. En ambos extremos, la fotografía pierde claridad. Esta tensión muestra cómo los sistemas de pensamiento influyen en nuestra relación con la realidad: cuando se perciben como cerrados o estables, resulta más difícil ver más allá de ellos. “¿Qué viene antes, la representación o la realidad?”, se pregunta la fotógrafa. “¿Cómo de indisolubles son?”. Ambas dimensiones son difíciles de separar: cuanto más se intenta desenredar esa relación, más se percibe su carácter circular.

En Rever, nada queda completamente oculto ni completamente accesible. Entre capas, reflejos y desplazamientos, la imagen deja de ser un punto de llegada para convertirse en una superficie en la que todo vuelve a ponerse en juego: lo que se ve, lo que se recuerda y lo que se cree saber.

Rever. Lucia Gorostegui. Almacén Abierto. Madrid. Hasta el 17 de julio de 2026.