Hay en toda la vida y obra de César Manrique (1919-1992) algo bíblico y algo de génesis. Y mucho, o todo, de paraíso terrenal, de tentación y fruta prohibida. Desde muy temprano observó la creación, la naturaleza indómita de la playa de Famara de su infancia, la bendijo y vio que era buena. Como le pareció un edén, hecho de roca volcánica, decidió guardarlo y cultivarlo. Solo hay que ver los Jameos del Agua para comprenderlo. Incluso el restaurante El Diablo, al que se accede visitando las Montañas de Fuego como dispuso el artista-demiurgo, en una guagua acondicionada para hacer la Ruta de los Volcanes y quedar herido para siempre por la belleza insólita, conmovedora y lunar del Parque Nacional de Timanfaya.
La visión de Manrique fue profética. A veces, un Tiresias pero con los ojos muy abiertos, previendo el valor incalculable de las islas para el turismo. A veces, una Casandra deslenguada a la que nadie creía ni quería creer, llamando a las cosas por su nombre ya en los años sesenta, cuando no se hablaba en ninguna parte de ecología ni del cuidado del medio ambiente y mucho menos de la casa común. Su entusiasmo, desde luego, no tenía límites. En el sentido etimológico de la palabra; esto es, poseído por los dioses.

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Las fotografías de la época en blanco y negro, ante, bajo, desde y sobre esos paisajes que él llamaba cósmicos, resultan adánicas. Siempre nativo, nunca explorador. Esta inmensidad que tenía mucho de oceánica se la llevó a Madrid en los años cincuenta, a su piso de la calle Covarrubias, y consiguió que entrara en su casa conejera del Taro de Tahíche, la Casa del Volcán, hoy su Fundación, donde cultivó una vida social que resultaba orgiástica y báquica para los extraños, como un nuevo jardín de Epicuro. Aunque en el fondo, más allá de veleidades íntimas, lo que se tramaba en sus entrañas era una nueva agitación cultural.
Así era César Manrique
En 1970, César Manrique proclamó: «Yo soy un contemporáneo del futuro». Y lo fue. En 1974, junto a Pepe Dámaso, abría El Almacén, donde había estado la Escuela de Artes y Oficios de Arrecife desde 1933, con el objetivo de convertirlo en sede de los movimientos artísticos y culturales de vanguardia. Por allí pasaron Rafael Alberti, Nuria Espert, Francisco Nieva, Óscar Domínguez, Manolo Millares o Antonio López. En la actualidad, sigue abierto con idéntico espíritu: su bar -también conocido como bar Picasso-, la Sala de Cine Buñuel, su taller y las distintas salas de exposiciones.
Cuando se trata de buscar los orígenes del ecologismo, se puede leer la Primavera silenciosa (1962) de Rachel Carson, dejándose mojar por una lluvia incesante sin salir corriendo. O se puede seguir la trayectoria planetaria de César Manrique, que siendo un isleño de pro, canario hasta el tuétano, viajó por el mundo entero con la idea prometeica de robar el fuego a los dioses. Se lo confesaba a Gonzalo Alonso en una entrevista de 1989 para el programa Melómanos de TVE, cuando solo había dos cadenas que eran una y estaba dirigida por Pilar Miró: «La naturaleza es algo tan maravilloso y tan milagroso que el hombre tiene que estar en un auténtica investigación para ir descubriendo todos sus secretos».

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Esos días, Manrique estaba preparando la escenografía para la ópera Carmen de Bizet, por encargo de Luis García Navarro, director de orquesta en Stuttgart, y andaba alucinado con la holografía. Más porque un grupo de científicos alemanes le habían invitado a estudiarla y hacer pruebas: «Me quedé realmente fascinado ante lo que puede descubrir el hombre en la propia naturaleza». Finalmente, no lo llevó a escena porque «era tan extraordinariamente plástico y de una belleza tan grande que, si lo aplicaba, eclipsaría la ópera entera. Pero yo quiero hacer una cosa bastante nueva con un concepto muy contemporáneo».
Un conejero en Nueva York
Así era César Manrique, el artista, el pintor, el escultor, el paisajista, el arquitecto (gracias a Fernando Higueras), el creador único. Nació el 24 de abril de 1919 donde tenía que nacer, en Arrecife (Lanzarote). Un hombre marcado por una isla y viceversa. Un niño de El Charco de San Ginés y de La Caleta de Famara que descubrió pronto que el arte imita a la naturaleza y viceversa, según se le pregunte a Oscar Wilde o a Aristóteles.
No tardó mucho en ponerse a dibujar en la onda de Picasso, de Braque y de Matisse, seducido por el color y las formas. Esta atracción fatal le llevó a estudiar Arquitectura Técnica en la Universidad de La Laguna, carrera que abandonó para trasladarse a Madrid, donde gracias a una beca ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que salió graduado como profesor de Arte y Pintura en 1945. Para él, «el arte es una continua búsqueda, una revolución constante».
A Manrique le tocó vivir cuando todos los caminos del arte no llevaban a París, sino a Nueva York. Y allí que se plantó el canario. Se empapó de expresionismo abstracto americano, de arte pop, de nueva escultura y arte cinético. Pero empezó a ver la ciudad de los rascacielos con ojos lorquianos, con aquellos «ojos de mil novecientos diez», y tal vez «criaturas vestidas ¡sin desnudo!», y se volvió al calor de la exultante naturaleza volcánica de su Lanzarote.
Arte-naturaleza, su ideario estético
El regreso a su Ítaca coincidió con el boom turístico de los sesenta, cuando las Canarias empezaban a despertar de su largo letargo edénico. Y Manrique, visionario, se dio pronto cuenta de los cíclopes y lestrigones que acechaban. Así que en colaboración con el cabildo lanzaroteño impulsó una serie de proyectos artísticos destinados a proclamar a los cuatro vientos las bondades de su isla, pero a su imagen y semejanza. Y nació el ideario estético que llamó Arte-naturaleza: intervenir en el entorno natural sin modificarlo. Más bien preservándolo y embelleciéndolo.

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Ensalzó la arquitectura típicamente isleña, promulgó un diálogo con el medio ambiente que era fe y llegó a ser religión, y se fundió con ella. Como resultado de esta operación de regreso al paraíso original nacieron los Centros de Arte, Cultura y Turismo (CACT), que es donde se puede ir a buscar a César Manrique porque siempre se le encuentra. Ya sea en la Casa-Museo del Campesino, el Castillo de San José, el Jardín de Cactus, el Mirador del Río, etcétera.
Así hablaba de este idilio a finales de los ochenta: «Estoy descubriendo una nueva faceta que me parece muy importante. Es lo que he hecho en los Jameos del Agua. Meto arquitectura, escultura, pintura, música y poesía para que el hombre se encuentre sumergido en ese medio y rodeado de esas capas de todas las artes». Estaba convencido de que cuanto hacía era importante «para que el hombre se encuentre en un medio de armonía porque estamos cayendo en el caos, inclusive el arte. Estamos tratando de huir de la espiritualidad y es un error. El hombre siempre ha tenido una manera de caminar basándose en sus propios sentimientos y su propia sensibilidad».
Su relación con Antonio López
Puede que el artista olvidara de Nueva York la letra, pero se quedó con la música: «Yo escucho a Bach y también a Aretha Franklin, que me encanta. Bueno, a muchísimos músicos. Cuando vivía en Nueva York, me marchaba siempre a Harlem a oír a los músicos negros, que me parecían una maravilla y son los que han creado el jazz. El jazz me da una gran vitalidad, me hace revivir. La música clásica, en cambio, me deja en un relax espiritual especial». Un estado propicio para «pintar y meditar sobre lo que estoy haciendo».

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César Manrique hacía memoria entonces: «El recuerdo más profundo que tengo de Bach es de cuando empecé a pintar en Madrid, en mi casa de Rufino Blanco. Me acuerdo que iba Antoñito López, que es un gran pintor, lo mismo que Lucio Muñoz, otro grande, y nos poníamos a Bach y también a Stravinski y a Béla Bartók. Cuando nos vemos, comentamos mucho aquellos tiempos, cuando comenzamos a pintar y a luchar por el arte».
La música, en opinión de Manrique, «forma parte de la gran armonía del viento, del zumbido de las alas de las mariposas, del contemplar las estrellas. La música es un elemento complementario para el confort de la vida». Aunque, a veces, también él prefería el silencio: «Depende del momento y del estado de ánimo. Si estoy nervioso, y estoy en mi casa de Haría (actual Casa-Museo), prefiero la música de los pájaros y el zumbido de las hojas de las palmeras. Pero, otra veces, me gusta la música clásica o el jazz».
La Mareta y La Vaguada
Al inolvidable artista se le debe también la casa-palacio La Mareta, en Teguise, diseñada junto al arquitecto Fernando Higueras por encargo del rey Hussein I de Jordania a finales de los setenta. El monarca alauí se la regaló a Juan Carlos I, que la cedió a Patrimonio Nacional, y ha sido utilizada como retiro vacacional por los presidentes del Gobierno de España. Y se le debe el centro comercial La Vaguada, inaugurado en 1983 en el barrio madrileño del Pilar. Lucía su inconfundible firma: cascadas, fuentes y mucha luz natural.
César Manrique falleció el 25 de septiembre de 1992, víctima de un accidente de coche cuando salía de la fundación que lleva su nombre. La casa de 3.000 metros cuadrados levantada sobre un mar de lava, con piscina y pista de baile, en medio de una finca de tres hectáreas, en la que vivió durante dos décadas. La Casa del Volcán. Tenía 73 años. Un temblor (emocional) recorrió la isla como si fuera un terremoto. O mejor dicho: una erupción.