No buscan récords ni medallas. Tampoco persiguen una clasificación ni un podio. Lo suyo es otra carrera. Una en la que el cronómetro importa poco y donde el verdadero desafío consiste en seguir pedaleando cada mañana con la casa a cuestas, atravesando fronteras, idiomas y paisajes hasta alcanzar Atenas.

Los protagonistas son Gonzalo Conde Castellanos (22 años), formado en enseñanzas deportivas y guía de montaña, trabajador en Fly Toledo, y Javier Limón García (23), estudiante de Ingeniería de Telecomunicaciones y freelance especializado en soluciones digitales. Dos amigos de Toledo que decidieron convertir una conversación al terminar el Camino de Santiago en bicicleta en una realidad.

«Cuando acabamos ya teníamos claro que lo siguiente sería Grecia», recuerdan. «Estaba lejos, implicaba cruzar muchos países y nos permitía vivir muchas más experiencias. Al final, el destino nunca fue lo más importante; lo importante siempre fue el camino».

Gonzalo Conde y Javier Limón, dos jóvenes toledanos, recorren en bicicleta la distancia que separan Toledo de Atenas en una ruta que les ha llevado a cruzar media Europa y que entra ya en su recta finalUna aventura de 3.900 kilómetros sobre pedales – Foto: LT

Cuando responden a esta entrevista se encuentran en Bosnia, después de haber superado España, Francia, Italia o Eslovenia, entre otros países. La meta está cada vez más cerca. De los casi 3.900 kilómetros que separan Toledo de Atenas, ya han dejado atrás la mayor parte del recorrido.

Cada etapa queda registrada en vídeo y compartida en redes sociales. Allí muestran tanto los paisajes como los momentos menos glamurosos: cocinar arroz con atún y queso al final del día, montar la tienda de campaña, reparar averías o buscar un lugar donde dormir. «Lo hacemos de una forma transparente, enseñando el viaje tal y como es», explican. Esa naturalidad ha hecho crecer una comunidad que sigue prácticamente a diario sus avances.

El viaje, sin embargo, estuvo cerca de torcerse desde el primer día. Limón apenas había salido de Toledo cuando comenzaron los problemas mecánicos. Primero el cambio trasero, después un pedal roto a la altura de Azucaica y, días más tarde, el fallo definitivo del cuadro en Teruel. Allí la bicicleta dijo basta.

Gonzalo Conde y Javier Limón, dos jóvenes toledanos, recorren en bicicleta la distancia que separan Toledo de Atenas en una ruta que les ha llevado a cruzar media Europa y que entra ya en su recta finalUna aventura de 3.900 kilómetros sobre pedales – Foto: LT

«La llevé a un técnico y solo pudo sentenciar su muerte», recuerda entre risas. La solución fue tan improvisada como efectiva: localizar una bicicleta de segunda mano por Wallapop, comprarla por 50 euros y reconstruir una nueva mezclando piezas de ambas. «Hicimos un transformer de dos bicicletas y luego hasta un entierro gitano del cuadro antiguo. Al final terminó siendo una experiencia increíble».

Inspiración de la aventura.

Si algo define esta aventura no son únicamente los kilómetros, sino todo lo que ocurre entre ellos. Gonzalo reconoce que emprendió el viaje inspirado por la novela ‘El Alquimista’. «El principal objetivo era alcanzar una versión de mí mismo única, conocerme más y conocer el mundo a nuestra manera: low cost y con esa vibra que alcanzamos encima de una bicicleta llena de alforjas».

Limón comparte una idea parecida, aunque desde otra perspectiva. «Necesitaba hacer un reset, dejar cosas atrás y convertirme en la persona que realmente quiero ser. Volver a sentir lo que de verdad me gusta».

Ambos coinciden en que el cuerpo termina adaptándose al esfuerzo. El verdadero reto aparece en la cabeza. «Si te lo crees de verdad y lo quieres de verdad, no se necesita mucho más», resume Gonzalo. «Llevaba un año y siete meses soñando con esto cada día».

Sus bicicletas, cargadas hasta el límite, parecen pequeñas caravanas. Ropa, herramientas, hornillo, botiquín, esterillas, sacos de dormir, cámaras, baterías, ordenador portátil e incluso una hamaca viajan distribuidos por las alforjas.

Entre todo ese equipaje, Limón guarda un objeto especial: una bandera de España que les regalaron en Albarracín. «La usamos para echarnos la siesta, para sentarnos cuando comemos y para llevarla con orgullo cada vez que cruzamos una frontera».

El viaje también les ha dejado momentos difíciles. Gonzalo recuerda especialmente la lesión de rodilla sufrida antes de afrontar los Dolomitas, uno de los lugares que más ilusión le hacía recorrer. «Pensé que ese sueño podía fastidiarse». Finalmente pudo continuar.

Para Limón, el instante más duro no tuvo relación con la bicicleta. Una llamada de su padre mientras se encontraba en Turín le obligó a regresar temporalmente a España debido al delicado estado de salud de su abuela. «Había momentos en los que sabía dónde tenía que estar», explica. Después regresó para continuar una aventura que había quedado en pausa.

Pero el balance sigue inclinándose claramente hacia los buenos recuerdos. Las conversaciones improvisadas con desconocidos, las ayudas inesperadas o la hospitalidad recibida en numerosos pueblos han terminado marcando el viaje. «Viajar así te enseña a no prejuzgar. Al final todos somos bastante parecidos. Todos venimos aquí a vivir», reflexiona Gonzalo.

También hay espacio para disfrutar de la música durante las largas jornadas de pedaleo. En sus auriculares conviven el techno y la electrónica con Extremoduro, Joaquín Sabina, Los Delinqüentes o incluso El Fary. «Nos gusta prácticamente todo… menos el reguetón», bromean.

Cuando hablan de los lugares que más les han impresionado, Gonzalo no duda. «Dolomitas es un auténtico paraíso». Aunque también guarda un recuerdo especial de ciudades como Niza, Verona, Trento o incluso Cuenca, que descubrió por primera vez antes de abandonar España.

Mientras tanto, Toledo sigue muy presente.

«Echamos muchísimo de menos a la familia, los amigos y la sensación de estar en casa», reconocen. Gonzalo incluso asegura que añora «hasta las broncas» de sus padres y confiesa que tiene ganas de volver a escalar.

Todavía quedan kilómetros antes de alcanzar Atenas, pero ambos tienen claro qué desean que permanezca cuando todo termine. «Me gustaría que la gente recordara que existen muchas maneras de vivir la vida y que merece la pena perseguir aquello que te hace sentir vivo», afirma Gonzalo.

Limón lanza un mensaje igual de sencillo: «Nunca hay que tener miedo de hacer lo que a uno le llena el alma y le hace feliz».

Quizá la mejor definición de esta aventura llegue en una de las frases con las que Gonzalo resume estos días de carretera, campamentos improvisados y fronteras cruzadas sobre dos ruedas: «Al final de todo, el tesoro nunca fue el oro, sino en quién nos convertimos mientras perseguíamos aquello con lo que soñábamos».