El euroentusiasmo español tiene mucho de complejo freudiano. Desde que ingresamos en el club europeo, España se ha comportado como ese pariente pobre que, tras verse admitido en la mesa de los adinerados, desarrolla un pánico cerval a que se descubra que no sabe usar el cubierto de pescado. De ahí que el brexit se vive aquí con la misma intensidad dramática que un cisma teológico. Nos horroriza hasta el tuétano que alguien decida, encima voluntariamente, bajarse del tren donde nosotros tanto mendigamos asiento.

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Los medios de comunicación, en comandita con los intelectuales orgánicos de la pomada, llevan diez años redactando el mismo obituario para el Reino Unido. Les reconforta imaginar a los británicos sumidos en el arrepentimiento, vagando por supermercados desabastecidos y suspirando por el regreso a la Arcadia bruselense. Es el consuelo del siervo: autoconvencerse de que fuera de las murallas de la UE solo hay frío y crujir de dientes. Nadie en nuestras élites parece preguntarse si a Francia, hundida en una parálisis atroz, o a Grecia, hoy destruida por los rescates, les ha ido tan extraordinariamente bien estos últimos diez años por pertenecer al club. Tampoco verán a nadie mentar que el éxito de Polonia, país que sí va económicamente de maravilla, acaso guarde estrecha relación causal con su terca reticencia a adoptar el euro.

Menos aún se escuchará un dato que la propaganda comunitaria siempre esconde: que las empresas inglesas pagan, ahora mismo, cero chelines en aranceles por vender sus mercancías dentro de la Unión Europea. Cero patatero, sí. Mientras el europapanatismo neolandista profetiza el castigo divino, las encuestas en el Reino Unido anuncian que los promotores del brexit ganarán las elecciones por goleada. El votante británico prefiere su vieja soberanía y, sobre todo, no tiene la menor intención de pagar a escote la factura milmillonaria de la reconstrucción de una Ucrania que ellos mismos, con su beligerancia entusiasta, siguen ayudando a destruir todos los días. Prefieren que esa carga financiera astronómica la asuman los verdaderos europeos de toda la vida, como los españolitos sin ir más lejos.

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