Luis de Haro. Director general de iSanidad
Cuando evaluamos un tratamiento solemos preguntarnos si funciona, si es seguro y cuánto cuesta. Sin embargo, pocas veces nos detenemos en una cuestión igual de importante: ¿cómo cambia la vida de quien lo recibe? Los medicamentos son también tecnología sanitaria y su valor no puede reducirse exclusivamente a la eficacia clínica.
Esta idea no es nueva, evaluadores, economistas de la salud, profesionales sanitarios y asociaciones de pacientes llevan años trabajando sobre ella. Aspectos como la calidad de vida, la autonomía, la experiencia del paciente, la carga de los cuidados o el impacto social forman parte desde hace tiempo del debate sobre cómo valorar las innovaciones sanitarias. La novedad está en el intento de incorporar estas dimensiones de forma más estructurada a los procesos de evaluación y financiación.
Hay que ver cómo integrar en los procesos de evaluación y financiación de los medicamentos la visión del paciente
Durante años, la evaluación de los medicamentos ha estado centrada principalmente en la eficacia clínica, la seguridad y el coste. Son elementos imprescindibles y deben seguir siéndolo. Pero una vez demostrado que una tecnología funciona, surge una pregunta igualmente relevante: ¿qué aporta realmente a la vida de las personas?
La existencia de evidencia clínica no convierte automáticamente a una tecnología en la mejor opción para cualquier situación. La cirugía robótica es un buen ejemplo. Existe evidencia que avala su utilidad en determinados procedimientos y pacientes, pero no todas las intervenciones requieren cirugía robótica ni todos los resultados justifican el mismo nivel de inversión. La decisión no depende únicamente de la evidencia científica. También hay que valorar el beneficio añadido que aporta, su impacto para los pacientes y la utilización eficiente de los recursos disponibles.
Con los medicamentos ocurre algo parecido. No basta con que demuestren su eficacia clínica; también hay que entender cómo mejoran la autonomía, la independencia, la capacidad para trabajar, estudiar, cuidar de la familia o participar plenamente en la sociedad. Quizá el principal cambio de enfoque sea precisamente este: pasar de una evaluación centrada exclusivamente en la enfermedad a una evaluación más centrada en la persona.
No basta con que los medicamentos demuestren su eficacia clínica; hay que entender cómo mejoran la autonomía, la independencia y la capacidad para desarrollar un proyecto de vida
No se trata de sustituir el valor clínico por el valor social. Se trata de reconocer que ambos forman parte del impacto total de una tecnología sanitaria. En ocasiones, el beneficio más relevante para el paciente puede encontrarse fuera de las variables clínicas tradicionales. Limitar la conversación a la eficacia clínica de los medicamentos puede hacer que pasen desapercibidos aspectos que realmente transforman la vida cotidiana de las personas.
Sin embargo, el verdadero reto comienza ahora. Reconocer la importancia del valor social es relativamente sencillo. Lo difícil es incorporarlo a la toma de decisiones y a la asignación de recursos. Si aceptamos que la autonomía, la reducción de la dependencia o la mejora de la participación social son beneficios relevantes, debemos encontrar la forma de que cuenten también cuando se deciden las prioridades de financiación. En otras palabras, la dimensión social debe llegar a los presupuestos.
La sociedad espera que las decisiones sanitarias sean tan rigurosas desde el punto de vista científico como relevantes para la calidad de vida de los pacientes
El debate ya no consiste en elegir entre valor social o eficacia clínica de los medicamentos, sino en integrar ambas dimensiones. La sociedad espera que las decisiones sanitarias sigan siendo rigurosas desde el punto de vista científico, pero también que tengan en cuenta aquello que realmente importa a quienes conviven con una enfermedad.
Porque la eficacia clínica seguirá siendo indispensable. Pero el éxito del nuevo modelo dependerá de si somos capaces de responder a una pregunta más ambiciosa: no solo cuánto mejoran los medicamentos una enfermedad, sino cuánto mejoran la vida de las personas.