Si hay una finca en España que haya sido objeto de miles de citas en la prensa esa es Cantora, notoriedad debida a que la adquirió el torero Paquirri, allí vivió su romance con Isabel Pantoja y se convirtió en hogar de la pareja al casarse. Y después de la trágica muerte de Francisco Rivera, fue el lugar donde la cantante residió entre conflictos y deudas, desembocando recientemente en su venta, cuando en la actualidad está, de momento, abandonada, a la espera de que su nuevo dueño la transforme y, entre otros cambios, dedique una parte del campo para sembrar pistachos.
Este miércoles, 8 de julio, Telecinco tiene previsto emitir un documental en la programación de noche con intervenciones de José Antonio Canales Rivera, sobrino de Paquirri, quien desde 1984 no había vuelto por la finca, Laura Cuevas, hija del mayoral que trabajó en el cortijo, y Dulce Delapiedra, niñera de Isa Pantoja.
Isabel Pantoja, dueña de Cantora, heredada a la muerte de su marido y copartícipe de la propiedad con su hijo Kiko Rivera, acabó deshaciéndose de ella acuciada por las deudas que tiene con Hacienda. El cortijo lo vendieron madre e hijo a un empresario por un millón doscientos mil euros, una vez liberada de cargas pendientes. Los datos actuales de la finca son estos: trescientas setenta hectáreas que aprovechará su reciente dueño para diversas plantaciones, con la idea de borrar cualquier recuerdo de la tonadillera.
La finca atraviesa una época de abandono total. Un hermano de Paquirri, Antonio Rivera, ha manifestado al respecto: «¡Qué pena, cuando Paco lo tenía todo que parecía oro!». Isa Pantoja, que no vivía allí desde hace siete años, también comenta: «Cantora está más triste que nunca, como si hubieran tirado al suelo todo su interior». Tampoco ha desaprovechado la ocasión el antes mentado José Antonio Canales: «Allí entrenábamos él, mis primos Fran y Cayetano y yo mismo para nuestras carreras taurinas y ahora, viendo el deterioro, da la impresión de ser un corral lleno de porquería».
Francisco Rivera fue un torero de raza que, desde la dureza de sus primeros años de novillero, cuando ya siendo matador de toros amasó una cuantiosa fortuna, invirtió buena parte de sus ahorros en la adquisición de la finca, en las cercanías de Medina Sidonia, en plena serranía gaditana, donde pastaban los bravos toros que le compró a Marcos Núñez ese mismo año, 1979.
Además del ganado, Paquirri se ocupó de una buena cuadra de caballos. Y no olvidó la agricultura, pues la propiedad permitía sembrar allí cuanto quisiera en sus cifradas setecientas fanegas de extensión.
Desembolsó el año citado treinta millones de pesetas a sus vendedores, una familia apellidada Macías. Pero es que se gastó asimismo otros treinta millones en la construcción de un tentadero, la casa y otras mejoras. Era también dueño de dos fincas más: El Robledo y El Garlochí —que así se titulaba, por cierto, una copla que estrenó Isabel Pantoja escrita por Rafael de León y Juan Solano—.
Pero el estreno de la finca no lo vivió la cantaora por la sencilla razón de que aún no conocía al diestro. La azuzaba su madre para que encontrara a un buen novio que le gustara y, sobre todo, «que tuviera posibles», jayeres, que dicen los de la raza calé, a la que Isabel Pantoja pertenece por parte paterna. Y el torero era un buen partido. Había que arriesgarse, ver la forma de darle la mano y mirarlo fijamente a sus ojos verdes. Le facilitó el encuentro un antiguo colega nuestro, colaborador de la revista ¡Hola!, Manuel Gallardo. Isabel le pidió que se lo presentara y así ocurrió en el hotel Jerez de la ciudad de los caballos en fiestas.
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Paquirri me confesó el día que lo entrevisté (una exclusiva para Semana, pues ningún periodista había pisado todavía la finca) que de Isabel sabía poco: «Sólo de verla algunas veces por televisión. A partir de aquella tarde en la que nos conocimos en Jerez hice lo posible por verla más veces. Intenté que coincidiéramos en ciudades donde yo toreaba y ella cantara, y así sucedió en ocasiones. Pero me costó mucho conquistarla. Y luego, una larga espera para casarnos, hasta obtener la nulidad de mi anterior matrimonio con Carmina».
Isabel no era muy aficionada a los toros. Sólo vio torear a su marido una vez: en Talavera de la Reina. Y fue porque se empeñó él. Aguantó el primer toro y, tras el arrastre, se fue de la plaza al hotel a esperarlo al terminar la corrida.
Cuando un día de junio de 1981 me desplacé a la finca sin previa cita, aunque ya conocía a la pareja, me detuve a la entrada de la casa donde, en una pared, Francisco Rivera había ordenado colocar un azulejo con esta sentencia: «Aprende a ser yunque para ser algún día martillo». No era complicado entenderla: aguantar los golpes de la vida hasta que un día seas tú mismo quien los evite y marque las diferencias con quien antes te dañaba.
Allí me enteré de que Isabel Pantoja ya convivía con él, pero también con la presencia de su futura suegra. Y como querían casarse por la Iglesia, hubieron de esperar hasta que el 30 de abril de 1983 se dieron el «sí, quiero» en el templo madrileño de San Francisco el Grande. Publiqué el reportaje de la ceremonia y el posterior lunch nupcial en una sala de fiestas del Retiro. El diestro se hubiera retirado dos años después. Isabel le prometió dejar también los escenarios. Querían dedicarse por entero a la familia, Paco al campo y a los cultivos, y al hijo que esperaban ilusionados.
Un toro, Avispado, de la ganadería de Sayalero y Bandrés, pastaba en su dehesa hasta que el 26 de septiembre de 1984 acabó con la vida del torero en el coso de Pozoblanco. Isabel quedó bautizada como «la viuda de España». Hacía un tiempo que se rumoreaba crisis en la pareja. El torero había confiado en su entorno que estaba dándole vueltas a la separación.
Isabel no se retiró. A partir de entonces aumentó su popularidad y, tras un año de silencio, abundaron los contratos y ganó mucho dinero. Tenía un piso en Sevilla que había comprado su marido, pero prefería seguir en el cortijo rodeada de su clan y de su hijo, que no conoció a su padre. La finca ya no fue la misma que antes. Así durante cuarenta años. Hasta hoy. Lejos del campo, Isabel va dando tumbos, pretende continuar cantando y tiene problemas con el Fisco y con su familia.
Y aquel cortijo ya será para ella testigo de un breve tiempo feliz y una pesadilla después.