Durante más de dos milenios, la medicina occidental creyó que el útero era un órgano errante. Lo anotaron desde los antiguos egipcios hasta el mismísimo Hipócrates. El útero, reseco y ávido de humedad, ascendía por el cuerpo, oprimía el corazón o los pulmones y desataba ahogos, temblores y convulsiones. Un “animal dentro de otro animal”, si no engendraba. Del griego hystéra (útero) a la palabra histeria. Y de la histeria ¿a un sobrediagnóstico de ansiedad en el presente?

Escucha el capítulo T3×28: ‘El órgano errante’

La salud femenina ha sido tan infrainvestigada, que aún persisten mitos y desconocimiento sobre las dolencias cotidianas de la mitad de la población, recuerda María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universitat d’Alacant. Ella es una de las expertas que celebra la iniciativa del Ministerio de Ciencia Somos. Contamos, que busca triplicar en hasta 18 millones de euros anuales la inversión en investigación específica sobre salud femenina. Se suma una nueva línea de financiación en el Instituto de Salud Carlos III, para fomentar que los centros de investigación colaboren en dolor crónico, enfermedades autoinmunes y tiroideas, cardiovascular, salud mental y salud hormonal, entre otros.

La enfermera y divulgadora Esther Gómez (@mienfermerafavorita) recalca por su parte que, desde que gozamos de medicina moderna, han persistido varios agujeros negros en el conocimiento en salud femenina: además de los males de ese útero (que se creyó errante hasta el siglo XIX), las dolencias relacionadas con el dolor crónico han sido históricamente ventiladas con analgesia, sin investigar demasiado el origen, muchas veces, de carácter autoinmune u hormonal. “¿Qué pensaríamos si uno de cada siete hombres tuviera una patología muy dolorosa, muy incapacitante? Lógicamente, se habría estudiado ya”.

La propia ministra de Ciencia, Diana Morant, reconoció en la presentación del plan que ella misma tiene endometriosis, una dolencia muy dolorosa “cuyo diagnóstico puede tardar todavía entre siete y diez años”, recuerda Gómez.

  • La endometriosis implica una proliferación de tejido similar al del útero que crece fuera de él y provoca dolor intenso y a veces infertilidad; afecta a cerca del 10% de las mujeres en edad reproductiva, unos 190 millones en el mundo, según la OMS. Sigue sin tratamiento curativo y sin una prueba diagnóstica sencilla.

Esto “no suele ocurrir con la salud masculina”, señala. Sencillamente es consecuencia de una inercia. “Con el minoxidil se dieron cuenta de que a los hombres que lo tomaban no se les caía tanto el pelo. Cosas que, incluso sin buscarlas, como interesan a los hombres, se han empezado a estudiar. No es una lucha contra los hombres ni mucho menos, pero sí que es un punto de atención”.

Cuando todo ”es ansiedad”

La profesora Ruiz Cantero señala que conserva unas láminas que le cedió la historiadora Rosa Ballester. “En algunas, del siglo XVII, los anatomistas trazaban un ligamento inventado que unía el útero con el cerebro. El útero influía en el cerebro de las mujeres”; esto resume la idea que durante siglos sirvió para extirparlo ante casi cualquier dolencia. El concepto histérica todavía se asoma en los diagnósticos, aunque de forma menos explícita: “Se percibe a las mujeres más sensibles, más nerviosas, más emocionales”.

Ahora, “en el 70% de las historias clínicas de atención primaria de mujeres, consta ansiedad”. Atajos mentales que describió Daniel Kahneman. “Él descubrió hasta 100 sesgos en una consulta”. En un encuentro estándar con el doctor, de apenas cuatro minutos, el diagnóstico rápido va a tender a decantarse por lo que siempre se ha estudiado o leído en medicina. Un trabajo publicado en el Journal of the American Heart Association constató que, aplicando criterios específicos por sexo, los síntomas típicos de infarto tienen incluso mayor valor predictivo en mujeres que en hombres (¿se explican mejor, quizás?). Sin embargo, cuando se equivoca el juicio, ellas se llevan demasiadas veces la palabra ansiedad en el informe de alta.

No, los infartos no pasan desapercibidos en ellas aunque los signos sean diferentes

El infarto sigue siendo el ejemplo más citado, puesto que durante décadas el modelo de estudio de esta afección ha sido masculino. En ellas afecta con “más frecuencia a vasos sanguíneos pequeños, sobre todo si son jóvenes”, apunta Ruiz Cantero. De modo que el electrocardiograma a menudo no eleva el segmento ST, una señal que se reconoce al instante como marca de un infarto. Aparecen náuseas, fatiga, dolor de mandíbula o de espalda, cuando en la cultura popular, asociamos al infartado (varón) como alguien con un dolor agudo en el pecho que irradia al brazo izquierdo.

El infarto es ya la primera causa de muerte entre las mujeres en España. Un trabajo del Journal of the American Heart Association matizó el tópico de que en ellas el infarto puede pasar desapercibido o que es indoloro. “Incluso es más fácil predecir el infarto cuando se acumulan todos los síntomas y signos manifestado por las mujeres”. Newtral.es ya documentó ese patrón con la propia investigadora.

Con la enfermedad inflamatoria intestinal ha ocurrido durante mucho tiempo algo parecido. Pacientes etiquetadas de colon irritable ”llegaban realmente con úlceras sangrantes”. De forma similar, la espondiloartritis (una inflamación articular) se ha considerado una enfermedad masculina, sobre todo. Pero ellas la sufren igual, sólo que se manifiesta más en manos y tobillos que en la espalda.

Los bulos en salud se enfocan más en ellas

Esos vacíos de conocimiento se llenan de negocio. “Tenemos un ciclo hormonal que a mí me gusta decir que molesta”, ironiza Gómez sobre por qué las mujeres quedaron fuera de tantos ensayos clínicos. Los fármacos que sí interesaron a los hombres se estudiaron incluso sin buscarlo: el citado minoxidil o los antiandrógenos para la próstata acabaron comercializándose para la calvicie. Mientras, en las redes proliferan bulos que apuntan sobre todo a ellas, desde la supuesta alergia al 5G con la menstruación hasta suplementos y remedios sin aval. “No puedes investigar algo cargándote a la mitad de la población”, zanja.

«Tenemos un ciclo hormonal que ‘molesta’ a la hora de hacer ensayos clínicos

El mercado de las inseguridades lleva mucho tiempo apuntando primero a ellas. “Lo hemos visto más con la presión estética”, dice, aunque advierte de que hoy “ya el capitalismo no tiene barreras” y la masculinidad frágil también ha encontrado su territorio explotable, por ejemplo, con los suplementos de testosterona.

Una revisión publicada en 2026 en Frontiers in Public Health describe cómo los mensajes de salud “depredadores” en redes se concentran de forma desproporcionada en los grupos más expuestos a la ansiedad y a la vulnerabilidad informativa, y menciona a las mujeres entre quienes cargan con un peso emocional y cognitivo mayor.

En los ensayos sí que hay mujeres (y ratonas), pero la brecha se ha recortado hace poco

La inclusión de mujeres en los ensayos clínicos no se exigió en Estados Unidos hasta 1993, con la NIH Revitalization Act, y en la investigación previa, la de laboratorio, el desequilibrio era aún mayor. Una revisión de Annaliese Beery e Irving Zucker documentó que se usaban modelos animales machos en ocho de cada diez disciplinas. Las consecuencias pasan por que las mujeres han sufrido reacciones adversas a los medicamentos casi el doble de veces que los hombres, en parte porque a igual dosis alcanzan concentraciones más altas en sangre y tardan más en eliminar el fármaco.

Ese patrón se está corrigiendo. En 2014, los NIH anunciaron que exigirían equilibrar células y animales de ambos sexos en la investigación preclínica que financian, una política que entró en vigor en 2016. El ejemplo más citado de ese cambio son las vacunas contra la COVID-19, que sí se ensayaron en mujeres, con una eficacia analizada por sexos. Como matiza Esther Gómez, “donde no se probó al principio fue en mujeres embarazadas, por una cuestión ética”. Su seguridad se documentó poco después, en registros y estudios específicos. Sólo entonces se empezó a prescribir a gestantes.

El combustible de esos mensajes es el miedo. “Con la salud, es muy fácil vender algo a través del miedo”, resume la divulgadora. Ese temor tiene además un patrón antiguo y con sesgo de género. Un artículo de 2026 en el New Zealand Medical Journal rescata la “cara de bicicleta”, la falsa dolencia con la que en el siglo XIX se advertía a las mujeres del peligro de pedalear (cuando la bici moderna permitía a las mujeres desplazarse lejos de forma autónoma), y traza una línea directa hasta las alarmas actuales por la “sensibilidad al wifi” o al 5G, bulos que Newtral.es ya desmintió en su día.

Gómez insiste en que las destinatarias de esos bulos son, ante todo, víctimas. “Es dificilísimo encontrar información de valor hoy en día” en medio de tantísimo ruido, lamenta. Muchas mujeres, al sentirse mal informadas por los profesionales sanitarios sobre su propia salud, acuden a Instagram o TikTok y multiplican así su exposición a contenidos sin rigor, según se analizó en 2025. El vacío que deja la ciencia lo llena, demasiadas veces, el algoritmo. Y este también vive y bebe de sesgos machistas.