Joaquín Sabina cumplió 77 años el pasado febrero, apenas tres meses después de despedirse de los grandes escenarios con una multitudinaria gira en América y Europa que culminó el 30 de noviembre en el Movistar Arena de Madrid. Un concierto que ha inmortalizado en el doble disco ‘Hola y adiós’, de reciente publicación.
El cantautor de Úbeda ha dejado atrás los tours intermibales, los hoteles y una agenda repleta de compromisos. Un buen momento para bajar la pelota al piso y reflexionar sobre aspectos que le han acompañado en su exitosa carrera musical.
Una de las consecuencias más directas de sus discos de oro y de sus canciones convertidas en himnos es la fama con su doble filo. En una entrevista con Carlos del Amor (RTVE), el artista ofrece su particular punto de vista sobre esta temática.
«Eso que se llama fama tiene muchos inconvenientes. Yo amaba los bares y la noche. El sitio perfecto para escribir era en un bar a las 3 de la mañana. Y eso que hace mucho tiempo que me echaron de los bares. Y ahora, después del último concierto, había 30 personas esperándome a la puerta de casa. Eso no es agradable para alguien que soñó más con ser el hombre invisible que un cantante de éxito», relata.
Y prosigue con su argumentación: «Con la fama se convive muy mal. Me encantaría que me dejaran ser un ciudadano normal y volver a entrar a un bar a tomarme una cerveza. Lo de la fama es un absoluto coñazo».
Lo cierto, es que en muchas ocasiones Sabina ha encontrado en los bares la inspiración para componer las letras de sus canciones. «Yo me he inspirado en la vida diaria. No creo en esas señoritas ariscas llamadas las musas. Suelo escribir de lo que me pasa o de lo que les pasa a los demás. No existen canciones de amor felices. Yo llevaba una vida doméstica con mi mujer y moderadamente feliz. Y pensaba, así no hay quien escriba una canción. Así que llamé a Benjamín Prado, a quien acababa de dejarle una novia, y nos fuimos a Praga para que me contara. La felicidad doméstica no produce arte», concluye.