No pudo ser: Almodóvar habría sido el único director en ganar en Cannes, Venecia y en el Dolby Theatre. Sin embargo, Amarga Navidad no consiguió ningún premio en el último festival de Cannes, y menos aún la Palma de Oro. Lo que no significa que Amarga Navidad, que llega al streaming de España de la mano de Movistar Plus+ este 10 de julio, no sea loable.

Justo al contrario, Amarga Navidad tiende un puente con Dolor y Gloria, paralelismo evidente desde la presentación de un director que escribe el guion de su próxima película. La diferencia es que tal revelación, en Dolor y Gloria, se producía al final del largometraje, y aquí ese cineasta, en quien tan fácil es reconocer al propio Almodóvar, está presente durante gran parte del metraje.

Amarga Navidad es una anomalía, no en el cine de Almodóvar, sino en el cine en general: si gran parte de ella, como película, fuese mejor, la película en sí no sería buena. La matrioska que construye el almodovariano cineasta interpretado por Leonardo Sbaraglia está salpicada de roces, de desperfectos, de errores de su tallador. Es decir: Amarga Navidad es una gran película gracias, entre otras cosas, a que más de un 50% de ella es, a lo sumo, mediocre.

¿De qué trata ‘Amarga Navidad’?

El director encarnado por Leonardo Sbaraglia escribe el guion de su próxima película, titulada Amarga Navidad, en la que una directora devenida a publicista se marcha a Lanzarote con una amiga en horas bajas. Ambos planos se alternan: la vida del director, que ha prescindido de su agente de confianza, y la de la protagonista de su película, que se entrelazan. Y no de una forma en la que Almodóvar, o al menos su sosias, quede bien parado.

Como ejercicio de autoficción, Amarga Navidad recuerda especialmente a Los Fabelman más que a otros largometrajes autocelebratorios. En Los Fabelman, Spielberg recreaba su adolescencia y, quizá el momento más traumático de la misma, asistía desconsolado a su propia visión en el espejo, sosteniendo una cámara e imaginando cómo transformaría todo aquello en celuloide. Se sabe, entonces, condenado a experimentar su existencia a través del velo del arte.

En Amarga Navidad, Almodóvar va un paso más allá al orientar esta sentencia artística hacia la nada: sus mejores tiempos como director, parece decirnos, han pasado, y él es dolorosamente consciente de ello. Por eso, parasita biografías ajenas y se introduce en asuntos delicados sin que la película resultante pueda redimirlo. Al contrario, su vampirismo solo causa dolor a gente próxima y, a lo sumo, un par de estrellas en Letterboxd por parte de un desconocido.