Es duro elegir. Una vida entera captando la esencia de los mejores escritores del planeta no puede resumirse en cuatro disparos. Pero el gran Daniel Mordzinski … lo hace para EL COMERCIO en vísperas de su charla en la Semana Negra en el marco del Aula de Cultura ( hoy viernes, Carpa de la Palabra, 18 horas). «Toda selección es parcial, arbitraria e incompleta. Escoger cuatro fotografías en el mar de letras de mis archivos me resulta una tarea, a priori, muy difícil. ¿Cómo reducir cuarenta y nueve años de retratos literarios en cuatro imágenes? ¿Debería centrarme en el aspecto visual, formal y estético del retrato o en su valor afectivo? Se me ocurre escoger las fotografías de los escritores cuyos libros me han entusiasmado o en aquellas hechas a lo largo de mis casi cuatro décadas de mi historia de amor con Gijón? Finalmente, a golpe de impulso, termino por escoger fotografías que marcaron mi vida, cuatro imágenes de cinco escritores que admiro y leo. Cada una de estas fotografías forma parte de un viaje que derriba el tiempo y el espacio», cuenta Mordzinski sobre sus porqués en este reto. Él, que piensa que las fotos no necesitan ser explicadas, que muestran incluso la invisibilidad del antes y el después del click, elige estas.
Jorge Luis Borges
«Borges, sí, porque fue mi primer retrato literario y porque fue Borges. ¿Cómo fue mi encuentro con Borges?, ¿de qué hablamos? Me acerqué al poeta ciego, me presenté y le pedí permiso para fotografiarlo. ‘¿Por qué quiere fotografiarme?’, preguntó el poeta. ‘Me gusta lo que escribe’, respondí. ‘¿Qué le gusta de mis cuentitos?’ La voz me temblaba. Borges celebraba mis respuestas, seguramente para hacerme sentir cómodo. En ese momento aprendí que más allá del talento de un artista, la humildad es un rasgo importante de los creadores. Esa tarde porteña de 1978 hice el primer retrato de escritores de mi vida. La letra Aleph de mi mapamundi literario. Fue en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Yo tenía 18 años».

Gabriel García Márquez.
Gabriel García Márquez
«El 29 de enero de 2010, yo participaba en el Hay Festival de Cartagena de Indias. Bajé a desayunar muy temprano. Mario Vargas Llosa estaba allí, en el comedor del hotel Santa Clara. Me invitó a compartir su mesa. A pesar de la hora temprana, Mario ya había estado trabajando en un nuevo libro. »¿Nunca te hice una Fotinski, Mario?«. »¿Qué es eso, preguntó?« »Son esas fotos juguetonas y rápidas, siempre respetuosas, agregué para no preocuparlo«. »Ven por mí a las 13:00, al final de mi charla del Teatro Heredia y hacemos tu foto rara«, dijo Mario. Terminé de desayunar y subí a buscar mis cámaras. Desde la puerta escuché sonar el teléfono de mi habitación, me apresuré en abrir. Era Mercedes Barcha, la esposa de Gabriel García Márquez: ‘Gabo lo espera a las 13 horas’, dijo, y yo pensé que en Colombia el milagro era posible. Respondí a Mercedes en forma de boutade que no se olvide que yo era argentinito y que antes de hacer una foto importante necesitaba hablar con mi psicoanalista. ‘¿Prefieres venir mañana?’, ‘Nooooo, Mercedes, disculpa. Era una broma mala, comenté. Sólo te pido que en lugar de las 13:00 nos veamos a las 14:00’. Qué casualidad y que maravilla que, en un mismo día, en la misma ciudad, haya retratado a dos titanes de la literatura universal».

Isabel Allende.
Isabel Allende
«A Isabel Allende la retraté (era la primera vez y la única hasta hoy) en 2019, en un hotel de Barcelona. Me presenté y le pregunté si no le incomodaba que le pidiera posar. Su respuesta fue clara: me dijo que hacía años que esperaba que la retratara. ¡Y que ‘a todo, sí’. Sabiendo su trayectoria tan íntimamente ligada a la tragedia chilena del golpe y la dictadura, la quise ver así, relajada y con una leve sonrisa en la tibieza de un baño, como suprema victoria de la felicidad frente al horror».

Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda en Villa Grimaldi.
Carmen Yáñez y Luis Sepúlveda
«En noviembre del 2015, junto a Luis Sepúlveda, acompañamos a la poeta Carmen Yáñez, el gran amor de Lucho, a visitar el Campo de torturas y detención de Villa Grimaldi, en Santiago de Chile, donde Carmen había estado internada durante la dictadura militar de Pinochet. Recorrimos el Campo, convertido hoy en museo de la memoria, entre silencios y comentarios de Pelusa, que, a manera de latigazos, nos contaba: ‘aquí se levantaban los barrancones’ ‘este es el terreno de rosas cuyas espinas sentía cuando me llevaban encapuchada a torturar’. Frente al cartel que recuerda los nombres de las detenidas y los detenidos del campo, un grupo de estudiantes se puso a conversar con nosotros. Esta semana regreso a Gijón, ese imán que siempre me llama, el talismán al que vuelvo una y otra vez. La ciudad de los abrazos y de un litoral donde la espuma parece nacer al calor de los libros, de las conversaciones interminables y de aquellas fotografías que, hace tantos años, me trajeron hasta aquí. Escribo estas palabras pensando en Lucho Sepúlveda, como quien deja flores sobre la memoria viva de una amistad. Porque el lazo que nos unió –y nos une– resume el amor, la complicidad y la gratitud con que he ido entretejiendo mi vida con la literatura y con quienes la hacen posible».