El sol se escondió en la primera jornada del Bilbao BBK Live… pero llegó la luz con los conciertos ofrecidos por el veterano David Byrne y la artista emergente FKA twigs. El listón se elevó tan alto que resultará difícil olvidar ambas propuestas, la del veterano pero lúcido, humanista, comprometido y bailón exlíder de Talking Heads, que centró su magnífico recital en el repertorio de su antigua banda, y el de la joven estrella, que se valió de la electrónica y el r&b para ofrecer un espectáculo artístico total, con la danza equiparable en importancia a la propia música.
Si había un hombre que susurraba a los caballos, Byrne provoca tormentas. Ya en su primer paso por el festival, hace 9 años, su visita nos caló hasta los huesos, en el sentido literal. Esta pasada noche, su salida al escenario también se vio acompañada por la lluvia, que acabó cediendo ante la propuesta de uno de los máximos renovadores de la música pop –en el sentido de popular– del último medio siglo.
Como el gran Obelix, Byrne parece haberse caído en una marmita y a sus 74 años goza de una salud artística y física deslumbrante que le permite no parar –bien andando o bailando, a su modo arrítmico– durante todo el tiempo que duran sus conciertos. El de esta madrugada no sorprendió tanto como el anterior, pero volvió a resultar inolvidable por su ritmo, el fuerte componente teatral de cada canción, que funcionó al modo de una escena de una función arty, y, a la vez, íntimamente ligada al pop, y el repertorio elegido, en este caso volcado mayoritariamente en las canciones de Talking Heads.
Byrne apareció rodeado de una docena de músicos, bailarines y coristas –quien no se maneje bien en cada una de esas disciplinas no puede formar parte de su banda– uniformados de color naranja y con micrófonos inalámbricos y libres de rémoras. El multitudinario grupo, con los instrumentos de percusión y teclados colgados de los hombros con arneses, se convirtió en el reflejo del líder, en otro magnífico instrumento más para comunicar, hacer reflexionar e invitar al baile.
La música, la danza y el teatro colisionaron desde el arranque con el ritmo festivo de Everybody Laughs, canción de su último disco que nos puso una sonrisa en la boca y concluyó con el lema “Felicidades humanidad, lo hemos logrado” proyectado en la enorme pantalla trasera del escenario. Derrochando vitalidad y optimismo, el estadounidense inició la resurrección de Talking Heads con And She Was, entre relámpagos, frases en spanglish y la imagen del Puente Bizkaia.
Y a partir de entonces, fiesta y celebración. En Strange Overtones, que compartió en su día con Brian Eno, cantó “estos ritmos no tienen pasión”, pero mentía. ¿La prueba? Todos nos movimos con el ritmo funky de Houses in Motion –“me mantengo en el camino”, cantó en ella– y la percusión y el latido africano de (Nothing But) Flowers, en la que ironizó sobre el deterioro de la naturaleza en la edad moderna con versos como “las autopistas y los coches fueron sacrificados por la agricultura”.
Entre sonidos deudores de la charanga, la batucada, las marchin´ band y el ritmo funk y africano, se fueron sucediendo clásicos de Talking Heads como This Must Be the Place o Slippery People antes de que el veterano músico aprovechara What´s Is The Reason for It? para reivindicar la vigencia “del amor y la bondad” en estos tiempos. Y es que la fiesta fue una celebración del compromiso con la ecología, la Tierra maltratada y el propio ser humano, incluido el que sufre en su país la represión del ICE, representada en un video mientras interpretaba Life During Wartime.
Los irónicos versos “esto no es una fiesta, no es una discoteca, no es ninguna broma; no hay tiempo para bailar ni para tonterías” quedaron flotando en el aire después de que sonara el himno Psycho Killer y antes de los botes que provocaron Once in a Lifetime y Burning Down the House. Entre ambas intercaló Everybody´s Coming to My House, en la que reivindicó la democracia y la importancia de la gente en una velada que tuvo baile, fiesta y risas, pero también reflexión y un fuerte sentimiento de comunidad y compromiso para tratar de cambiar el mundo.
FKA twigs
Antes, el Body High Tour de la músico y productora Tahliah Barnett, conocida artísticamente como FKA twigs, deslumbró con un espectáculo tan ambicioso como versátil en su imaginería visual y repertorio. Dotada de una voz maleable y personal, y toda una atleta en lo físico, protagonizó un espectáculo difícilmente olvidable en el que se entrecruzaron las enseñanzas –bien reconducidas hacia lo personal– de la Madonna producida por William Orbit, la Björk más comercial y hasta Kate Bush y Rosalía si me apuras.
Su espectáculo fue un reflejo diáfano del pop contemporáneo, donde lo musical, siendo en teoría su columna vertebral, deja un amplio espacio a otras artes, estímulos y sensaciones. El suyo es un pop que no puedes disfrutar con los ojos cerrados. Dueña de una estética arriesgada en peinados, tocados punkies, piercings y ropa escasa, apareció en una cama cantando Meta Angel. Y ahí se abrió la puerta, con un sonido apabullante, con pegada y prístino, a una mezcla de electrónica gruesa, baladas herederas del r&b, show teatral, sugerencias y puñetazos sonoros y visuales, coreografías imposibles a cargo de bailarines de cuerpos musculados…
Sonaron Honda, Eusexua, Sushi, Stereo Boy, Tears in The Club… Y ella, entre una borrachera luminotécnica solo a la altura de las grandes estrellas, condujo una rave marcada por el baile hedonista y el techno más frenético. Citando en ocasiones al deseo, al sexo sin barreras de género y a la euforia; y a la resaca de esta, como en Cellophone, quizás su mejor canción, una balada que narra una relación fracasada. Y en el camino, juegos con espadas y látigos, números de danza clásica y contemporánea, ejercicios de suelo con cuerdas, bailes acrobáticos en el aire a lo Circo del Sol, pole dance… Otro concierto para el recuerdo.