Julia Luzán era amiga de todo el mundo. En el periódico, donde estuviera; se sentaba delante de ti, en la redacción, y su mirada ya te resolvía el día. Sabía qué estaba pasando, cualquier día, en el mundo de la cultura, de la literatura, de las artes, y estaba siempre disponible. Para hacer de la amistad un servicio. Julia Luzán. Nació en Madrid, donde murió ayer. Tenía 78 años.
Durante tiempo fue la compañera que iba a la casa o a los restaurantes en los que ella y Javier Marías, su amigo, dilucidaban las innumerables dudas que le exponía el más minucioso de los colaboradores de EL PAÍS. Quizá tan sólo la paciencia de Julia podía explicar cómo Marías resolvía al fin sus dudas, su modo de contar sus disgustos o sus preguntas. Era el más puntilloso de quienes colaboraron, o colaboran, en este periódico. Como ella, Marías era exigente, y esa igualdad los hizo amigos para siempre.
Entrevisté a Julia Luzán cuando este periódico recordó los tres años de la muerte de Marías. Puntual como era, para la escritura y también para la gestión de lo que debía hacerse en las redacciones, fue ella la que advirtió a este redactor: “Recuerda que hemos quedado mañana”.
Apareció a su hora, con las ideas ya organizadas para que la historia que conservaba del autor de Corazón tan blanco fuera lo más cercana posible a aquellos encuentros que ella tuvo con él. Tenía la memoria de aquellas reuniones como si Marías le fuera a llamar esa mañana.
Trabajó con él en EL PAÍS desde 1994 a 2009. Ella me dijo: “Todos los lunes me llegaba el fax con su columna, nada más sentarme. Era una persona educadísima, hasta cercana… Se le rompió una vez la máquina de escribir. ¡Ni por nada del mundo quería una máquina eléctrica, ni un ordenador! Yo bajaba a talleres para impedir que hubiera intromisiones en la corrección de sus textos. Una vez se peleó con Bonifacio de la Cuadra porque éste veía un lo donde debía haber un le. (…) Era tan detallista… Lo fue cuando murió mi marido, cuando escribía recuerdos de su madre…, y no menospreciaba el trabajo de los demás. Una vez le dije que me habían gustado Los enamoramientos, su novela. ‘¿De verdad? ¿Te gustó de verdad?’ Yo era la única que tenía el teléfono de su casa en Soria, por si pasaba algo. Nunca lo usé“.
Ahora ella ha muerto. Parece la historia de dos que viajan juntos, ambos buscando la certeza, una como periodista y el otro como narrador de ficciones que, en algún momento, como en Los enamoramientos, eran también pura realidad…
Julia escribió para este periódico y para otros medios. Escribió sobre todo de arte y de asuntos que tenían que ver con la historia y con la memoria de un país que entonces aún recibía en los medios las sorpresas del pasado.
Asuntos suyos fueron, por ejemplo, El holocausto gitano, la exposición que, en el Reina Sofía, mostró el viaje al horror a partir de las experiencias de la artista gitana Ceija Stijka, que llevaba en su brazo izquierdo el número de prisionera.
Otros subrayados de sus trabajos de periodista que miraba al fondo de lo que ocurría fue la crónica sobre Musas insumisas, Delphine Seyrig y los colectivos de vídeo feminista en Francia en los años 70 y 80. Ella se ocupó de Severo Sarduy, el escritor cubano exiliado en Francia, que cultivaba la alegría pero que también vivió aquel destierro como si fuera una noche que Julia entendió como parte de su personalidad.
Él le dijo a Julia: “Como las obras resueltas no me interesan, y me pirro por los enigmas, Las Meninas de Velázquez es la obra más grande creada, y mido mis palabras, desde Altamira hasta Picasso, porque plantean al ser humano un enigma indescifrable. Vine a España a vivir con ellas. Son mi familia”.
Le dijo Severo también: “Ante mi debilidad es mi exilio, algo que ha marcado mi vida. He tenido que disfrazarme y simular ser un escritor seguro de mí mismo”. Se ocupó de personajes de todo el espectro de la cultura española, entre ellos Ceesepe, los catalanes Bestué y Vives, “que poseen el don de crear propuestas artísticas provocadoras con una facilidad pasmosa, como un juego en el que el espectador entraba sin darse cuenta”.
Julia estaba siempre atenta a lo que pasaba, y a lo que nos pasaba a quienes trabajábamos cerca. Maruja Torres, compañera suya, amiga siempre, me dijo este viernes: “La quería mucho. No se parecía a nadie”.