La reacción de Evenepoel tras el Tourmalet puede traerle problemas al Red Bull

El ciclismo actual se divide entre los que asumen la tiranía de los intocables y los que se rebelan contra ella con una fe que roza la temeridad.

Cuando Red Bull Bora fichó a Remco Evenepoel, sabía perfectamente que el contrato incluía todo el paquete: el talento descomunal, el motor de época y una mentalidad ganadora absolutamente arrolladora que no entiende de pactos de no agresión.

Remco es un corredor excepcional que sería todavía más dominante si no hubiese coincidido con un animal competitivo como Tadej Pogačar y un segundo espada del calibre de Jonas Vingegaard.

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Pero el belga no ha venido a este Tour a ejercer de comparsa ni a firmar un tercer puesto.

Ayer, camino de Gavarnie, durante el descenso del Tourmalet, el barco de Evenepoel hacía aguas por todas partes.

En un escenario donde otros ciclistas se habrían centrado en calcular los daños y proteger la plaza en el podio, él se vació sin escatimar un solo esfuerzo para intentar reducir o contener la ventaja del esloveno.

Mientras desde fuera veíamos su persecución como algo totalmente inviable, su cabeza funcionaba bajo otra lógica: la de que todavía era posible acercarse al monstruo.

Esa obsesión explica que a menudo se le vea enervado con los rivales, reclamando unos relevos que nunca llegan con la misma agonía que él imprime.

Sin embargo, lo que verdaderamente encendió las alarmas no fue su tremenda cabezonería sobre la bicicleta, sino las críticas que dirigió a su compañero Florian Lipowitz.

Aunque directores como Patxi Vila intenten rebajar la tensión asegurando que a veces se le dan más vueltas de lo que merecen las cosas, lo cierto es que Evenepoel no se cortó un pelo ni anduvo con tonterías.

Dijo lo que pensaba sin miramientos, porque en el fondo su ambición apunta a la segunda plaza de Vingegaard, un objetivo lejano pero al que no piensa renunciar.

Competir con esa bravura es una auténtica bendición para el espectador, pero airear los trapos sucios de esa manera frente a un compañero que comparte galones —no olvidemos que representan los dos últimos terceros puestos del Tour— es jugar con fuego.

Este estallido puede tambalear la confianza del bloque, desconcertar a unos gregarios clave y sembrar los malos rollos entre dos líderes que en la salida de Barcelona se mostraban cómplices, aunque siempre con Remco llevando la voz cantante.