Norman Foster es uno de los rostros más importantes del mundo de la Arquitectura. El artista, que comenzó con su carrera en su Mánchester natal, estableció su base, hace unos años, en Madrid, donde tiene su Fundación. En la capital de España es donde está establecido con Elena Ochoa, su mujer desde hace más de dos décadas. Además de España e Inglaterra, Norman expandió sus negocios hasta las afueras de Burgos, donde diseñó una impresionante bodega que, hoy en día, es una seña de identidad.
Norman Foster se ha mostrado siempre muy orgulloso de las Bodegas Portia —situadas en Gumiel de Izán, Ribera del Duero—, que supusieron el primer proyecto de bodegas de su estudio, Foster + Partners. Así, Portia es «la primera bodega y un proyecto sumamente emocionante para mí, ya que supuso la oportunidad de buscar una tipología completamente nueva para este tipo de edificio». «El diseño conceptual parte del propio proceso de elaboración del vino. El edificio no es solo una declaración estética, sino que su forma de trébol o estrella de tres puntas refleja de manera directa el flujo de trabajo: las tres fases de producción del vino —la fermentación, la crianza en barrica y, finalmente, el envejecimiento en botella—», explican.
Así es la bodega que diseñó Norman Foster
Norman Foster diseñó una de las bodegas más importantes de nuestro país. | Gtres
Las Bodegas Portia, ubicadas en Gumiel de Izán (Burgos), en pleno corazón de la Denominación de Origen Ribera del Duero, son una de las obras arquitectónicas más fascinantes del panorama vitivinícola mundial. Inauguradas en 2010 y pertenecientes al prestigioso Grupo Faustino, son famosas por ser la única bodega del mundo diseñada por el célebre arquitecto británico Norman Foster. Visto desde el aire, el edificio tiene una silueta espectacular en forma de trébol o estrella de tres puntas integrada en una colina. Esta estructura no es un capricho estético, sino que responde de forma milimétrica al proceso de elaboración del vino. Cada una de las tres alas de la estrella alberga una fase diferente de la producción.
El ala 1 es la zona de fermentación en depósitos de acero inoxidable. El ala 2 se trata de la zona de crianza en barricas de roble. Y la tres se utiliza como el área de envejecimiento en botella. Todas ellas confluyen en un núcleo central donde se encuentra la tolva de recepción de la uva y la zona de control. Foster aprovechó la propia pendiente natural del terreno para diseñar una bodega que funciona por gravedad. Los camiones cargados con la cosecha suben por una rampa exterior hasta la cubierta transitable del edificio. Desde el tejado, las uvas se vierten directamente a las tolvas de entrada, cayendo por su propio peso hacia los tanques de fermentación. Al evitar los bombeos mecánicos y las fricciones artificiales, se respeta al máximo la integridad de la fruta, lo que se traduce en vinos de alta calidad.
Un entorno natural en el que el edificio pasa desapercibido
El edificio parece emerger de la propia tierra castellana gracias a una paleta de materiales muy cuidada que evoca los colores del vino y de las barricas. Sus fachadas de tonalidades rojizas y oxidadas imitan el color de las hojas de la vid en otoño y la tonalidad del propio vino. Tanto el hormigón como el vidrio y la madera de roble se combinan para dar un aspecto moderno pero cálido, regulando además de forma natural las condiciones térmicas que el vino necesita bajo el suelo. Más allá de la producción de vinos tintos potentes y modernos —como sus reconocidos Portia Crianza o Portia Prima—, la bodega está diseñada para ser visitada. Cuenta con una espectacular pasarela acristalada en el piso superior que permite a los turistas contemplar todas las fases de producción a vista de pájaro sin interferir en el trabajo diario de los bodegueros, rematando la experiencia en su restaurante gastrobar, el Triennia.
El diseño que Norman Foster proyectó para las Bodegas Portia es una obra maestra de la arquitectura industrial que destaca por ser altamente funcional. Foster no diseñó un edificio bonito para luego adaptar la maquinaria dentro, sino que hizo exactamente lo contrario: analizó minuciosamente cómo se hace el vino paso a paso y envolvió ese flujo de trabajo con una estructura vanguardista. El edificio se organiza en una planta con forma de trébol o estrella de tres puntas de 12.500 metros cuadrados. Cada uno de los brazos o alas de la estrella responde de forma exacta a una de las tres fases lineales de la elaboración del vino.
Si miras la bodega desde el horizonte, el edificio no rompe el paisaje de la estepa castellana, sino que parece una colina más. Foster enterró parcialmente dos de las alas de la estrella dentro de la propia ladera. Esto no solo es una decisión estética para mimetizarse con el entorno, sino una solución bioclimática brillante: el suelo y la roca actúan como un aislante térmico natural, manteniendo de forma constante la temperatura y la humedad perfectas que necesitan las barricas y las botellas para envejecer, reduciendo drásticamente el consumo energético.
Uno de los rasgos más visibles del diseño es la gran rampa transitable que sube suavemente por el exterior hasta el tejado de la bodega. Los camiones con la uva recién vendimiada suben por esta rampa y descargan la fruta directamente en unas tolvas situadas en la cubierta. A partir de ahí, el líquido se mueve hacia abajo por las distintas fases de producción de forma natural mediante la fuerza de la gravedad, sin necesidad de bombas mecánicas que puedan alterar las propiedades de la uva. Foster seleccionó materiales que envejecieran bien con el tiempo y que reflejaran el alma de la Ribera del Duero. El acero Corten es el material principal de la fachada exterior. Tiene un acabado oxidado con tonos rojizos y marrones que cambia de color según la luz del sol, emulando los colores de los viñedos en otoño y el propio color del vino tinto.
Las Bodegas Portia.
Además, ofrecen una estructura limpia, diáfana e industrial en las zonas de trabajo. Además, la madera es la protagonista una estructura limpia, diáfana e industrial en las zonas de trabajo. Norman Foster (Mánchester, 1935) es uno de los arquitectos más influyentes, icónicos y prolíficos de la historia contemporánea. Ganador del premio Pritzker en 1999 —el Nobel de la arquitectura— y del premio Príncipe de Asturias de las Artes en 2009, Foster es el padre indiscutible de la arquitectura High-Tech (Alta Tecnología). De orígenes muy humildes en una zona obrera de Mánchester, Foster tuvo que trabajar en el ayuntamiento y en una panadería para pagarse los estudios de arquitectura en la universidad local. Su talento le llevó a ganar una beca para realizar un máster en la Universidad de Yale (EEUU), donde conoció a Richard Rogers, otro titán de la arquitectura.
Al regresar al Reino Unido en los años 60, fundaron el revolucionario estudio Team 4 junto a sus respectivas esposas —Wendy Cheesman y Su Brumwell—. Fue en esta época donde rompieron con el modernismo tradicional y empezaron a experimentar con el High-Tech: un estilo que dejaba a la vista los elementos estructurales y tecnológicos de los edificios —con tuberías, vigas de acero y conductos— como si fueran obras de arte de ingeniería. En 1967, fundó su propio y definitivo estudio: Foster + Partners. La cartera de Foster abarca desde rascacielos que han redefinido horizontes urbanos hasta aeropuertos monumentales e infraestructuras públicas.
Si algo define la carrera de Norman Foster es que sus edificios funcionan como máquinas perfectas. Para él, la sostenibilidad no es una moda del siglo XXI, sino una obsesión que aplica desde los años 70; maximizar la luz solar, usar materiales reciclables, enterrar estructuras para aislamiento térmico —como hizo en las Bodegas Portia— y aprovechar la gravedad o el viento. Además, su estudio no solo diseña los muros; Foster es famoso por diseñar desde la estructura del edificio hasta el pomo de las puertas, las mesas de las oficinas o las lámparas, logrando una coherencia estética absoluta.