Sergio Rocafort (Valencia, 1995) lleva años empeñado en demostrar que las mejores pinturas no siempre nacen del orden. Formado en Bellas Artes, su obra habita … ese lugar donde la figuración se rompe, la intuición le gana terreno al plan y el error deja de ser un problema para convertirse en parte del proceso. Mientras el mercado del arte insiste en pedir trayectorias rectas y fórmulas reconocibles, él reivindica justo lo contrario: la duda, el ensayo y el derecho a cambiar de rumbo. Esa forma de entender la pintura le ha valido numerosos reconocimientos a lo largo de los últimos años y ahora suma el premio de pintura Fundación Mainel, un galardón de ámbito nacional que perseguía desde 2017.

-Hay artistas que alcanzan el reconocimiento muy pronto y otros que tienen que recorrer un camino mucho más largo. En su caso, el Premio Mainel es, sobre todo, una historia de perseverancia. ¿Qué significa obtenerlo ahora? 

-En esto de los concursos, nunca se sabe cuándo va a darse la oportunidad de ganar. Hay veces que te presentas por primera vez sin ninguna expectativa y resulta que te llevas el premio, y otras, como en mi caso, en las que la fundación ha ido valorando mi trabajo a lo largo de todos estos años. Han sido cuatro accésits y dos menciones de honor. En cuatro ocasiones me he quedado a las puertas de conseguirlo y, esta vez, por fin se ha dado. La verdad es que estoy muy contento.

-‘Deshacer las cinco eses’ es la obra que le ha dado este reconocimiento. ¿Dónde nace realmente este cuadro?

-Intento no trabajar con un boceto previo, aunque en ocasiones sí lo hago. En este caso fue una improvisación absoluta frente al cuadro. Sí que partía de la idea que respalda el título, que al final es una defensa del proceso artístico no lineal. Parece que a los artistas se nos exige ser máquinas, llevar una línea muy clara, marcada y repetida, sin subidas ni bajadas. La gracia está precisamente en lo contrario. Hay que probar, hay que lanzarse a hacer cosas diferentes. Esta obra es una defensa de ese proceso no lineal, de cómo las ideas se construyen, se transforman y cambian. Yo tenía que estar muy atento para aceptar el error y todo lo que iba surgiendo de forma indirecta, porque muchas veces es ahí donde aparece lo más interesante.

-¿Qué significan exactamente esas «cinco eses»? 

-Son una metodología japonesa de organización y estructuración. Son cinco palabras que hablan de ordenar, organizar y estructurar el trabajo para hacerlo de la forma más eficiente y eficaz posible: seiri (clasificar), seiton (ordenar), seiso (limpiar), seiketsu (estandarizar) y shitsuke (disciplina). Y esta obra plantea lo contrario. Cuando un artista empieza un cuadro parece que ya tiene definidos todos los pasos que va a seguir y cuál será el resultado. Quería defender que esa idea preconcebida puede transformarse por completo durante el proceso y que ese cambio no solo es válido, sino que puede enriquecer muchísimo la obra.

-Cada año salen cientos de nuevos artistas de las facultades de Bellas Artes. ¿El mercado puede acogerlos a todos? 

-Yo creo que hay muchas maneras de vivir del arte y que no es imprescindible ser un gran artista o exponer en las galerías más importantes. Existen muchos caminos, aunque todos son arduos y complicados, eso no cabe ninguna duda. También creo que debería haber mucho más apoyo a la cultura y a los autónomos. Pero, aun con todas las dificultades, sí pienso que es posible.

-¿El mercado condiciona demasiado la pintura contemporánea? 

-Al final los artistas tenemos que comer, pagar las pinturas y pagar el autónomo. Es evidente que el aspecto económico condiciona la producción. Pero, por lo menos desde mi punto de vista, una cosa es el mercado y otra muy distinta la calidad de una obra. Son dos planos diferentes. El mercado funciona muchas veces por tendencias y modas, mientras que las obras deberían ir por otro camino. Creo que lo importante es ser sincero con uno mismo y defender el trabajo en el que realmente crees. Cuanto menos consiga el mercado condicionar la obra y, al mismo tiempo, puedas seguir pagando las facturas, mejor.

-Hablando de tendencias, ¿hay alguna corriente artística que esté especialmente sobrevalorada en este momento? 

-(Ríe). Bueno… es una pregunta delicada. La pintura siempre se ha valorado y siempre se va a valorar. Muchas veces se dice que «la pintura ha muerto», pero yo creo que nunca muere. Puede estar en un mejor o peor momento, pero siempre permanece. Lo que sí observo es que se está valorando muchísimo obras que giran alrededor de los materiales, la memoria, los tejidos, el barro… propuestas que, aunque pueden venderse como una pintura, son instalaciones que resultan muy atractivas para las instituciones. Eso hace que muchos críticos y comisarios impulsen ese tipo de trabajos y tengan una presencia cada vez mayor en el mercado. Me da un poco de pudor decirlo porque parece que estoy cargando contra compañeros que trabajan en esa línea, y no es así. Hay obras extraordinarias. Pero algunas piezas me transmiten un cierto aire de manualidad. No todas, por supuesto; hay trabajos excelentes. Lo que ocurre es que, en ocasiones, otras propuestas menos sólidas acaban entrando en ese mismo discurso simplemente por compartir unos materiales o una estética determinada.

-Da la sensación de que en su pintura conviven constantemente la intuición y la reflexión. ¿Desde dónde trabaja más: desde el impulso o desde la decisión? 

-Ambas están muy ligadas. Antes hacía mucho hincapié en que el azar y el propio proceso artístico fueran los que construyeran la obra, pero creo que me equivocaba. Ahora lo que valoro es dejar que ese azar aparezca y, después, saber guiarlo a través de decisiones. Es decir, permitir que surjan cosas de manera intuitiva, pero ser capaz de seleccionarlas y decidir cuáles merecen quedarse para que resalten todavía más. Al final, la intuición necesita también una mirada crítica.

-¿Hay algún momento durante el proceso en el que piensa que un cuadro no va por el buen camino? 

-Pues sí, dudo varias veces. Suelo trabajar con mucha limpieza y mucha pulcritud. La construcción de los planos y de los volúmenes, aunque cambie mucho de una pintura a otra, siempre está muy presente en mi trabajo. Sin embargo, en este cuadro (‘Deshacer las cinco eses’) el fondo tenía muchos más accidentes, zonas rotas, desdibujadas o con trazos que, en otras ocasiones, probablemente habría tapado para conseguir un degradado completamente limpio. Pero esta vez entendí que jugaban a favor de la obra. Hacían que el cuadro tuviera una mayor profundidad y permitían al espectador entrar en el soporte a través de esos pequeños guiños al propio proceso pictórico. Y eso me interesaba mucho más que dejar una superficie impecable.

-Si el proceso está tan abierto, ¿cómo sabe que una obra ha llegado a su final? 

-En el momento en el que ya no le sé encontrar un pero. Cuando todo aquello que buscaba desde el principio está presente y, además, lo que no buscaba también funciona como a mí me interesa. Una obra, en realidad, nunca termina del todo, pero llega un momento en el que encuentras un equilibrio. Lo que intento es que conserve esa frescura sin caer en la dejadez, y que la estructura esté muy pensada sin caer en la insistencia ni en la repetición. Cuando siento que todos esos contrapuntos: la saturación, el contraste, la composición o la idea inicial; están equilibrados y la balanza ya no se inclina claramente hacia ningún lado, entonces digo: «Yo creo que ya es suficiente» (ríe).

-¿Hacia dónde le gustaría que evolucionara tu trabajo en los próximos años? 

-Creo que todo acaba retroalimentándose. Entre 2019 y 2021 trabajé una serie de pinturas con unos volúmenes que conectan con la obra con la que he ganado el Premio Mainel. Me hace mucha ilusión porque ahora mismo estoy preparando una exposición individual para la Galería Shiras, prevista en principio, para finales de año. De hecho, este cuadro nació pensando un poco en esa exposición. Me gustaría seguir desarrollando esa línea de trabajo, retomando ideas de aquellos años, pero llevándolas hacia un lugar completamente nuevo, con otra manera de entender el color y la materia. Aunque bueno… igual te digo esto y dentro de dos semanas estoy haciendo algo completamente distinto (ríe).

-Si pudiera sentarse cinco minutos con aquel Sergio Rocafort que se presentó por primera vez al Premio Mainel, ¿le hablaría del premio o del camino? 

-Le hablaría del camino. De hecho, en 2017 fue la primera vez que me seleccionaron, pero yo ya me había presentado antes con un cuadro pequeñísimo, de veinte por veinte centímetros, porque desconocía completamente cómo funcionaba el mundo de los concursos. A ese Sergio le diría alguna cosa práctica, como que en los certámenes el formato también influye y que merece la pena apostar por obras con más presencia. Pero, sobre todo, le diría que disfrutara del proceso. Es una enseñanza que me transmitió un profesor de la facultad, José Salavert. Él nunca intentaba decirme cuál era la solución correcta, sino hacerme pensar para que fuera yo quien tomara las decisiones. Este es un camino largo, duro muchas veces, pero también tremendamente enriquecedor.