Carmen Tricio es una abogada, ya jubilada, curtida en divorcios. Nada más aprobarse la ley, comenzó una peregrinación de mujeres a su despacho deseosas de … poner fin a años de matrimonio. Detrás de cada una de ellas había una motivación distinta, pero muchas tenían en común la dependencia económica de sus maridos. Un lazo tóxico con terribles consecuencias para muchas esposas que aguantaron carros y carretas hasta que legalmente se acabó el ‘hasta que la muerte nos separe’. En la novedosa ley vieron su tabla de salvación, su vía de escape de situaciones tremendamente complicadas y en ella depositaron sus sueños, hasta entonces soterrados, de estrenar una nueva vida.

Muchas esposas arrastraban años de episodios continuos de violencia. Tricio recuerda especialmente uno de ellos. Una mujer llevaba años siendo el saco boxeo de su marido, una vida demasiado tormentosa que la colmó de hartazgo. Un día se levantó, cogió una silla y la estampó en la cabeza de su marido mientras él seguía dormido en la cama.

Fue uno de tantos, porque en su despacho se vivió una auténtica avalancha, sobre todo de mujeres que veían en la abogada a una igual que les comprendería mejor. Un día se acercó un hombre a su bufete porque quería divorciarse, pero en el último minuto se echó atrás porque era abogada y no abogado. Cambió de opinión porque «me dijo que si ganábamos no me podía invitar a la bodega, estaba mal visto».

En su larga trayectoria ha visto y vivido un poco de todo, incluso amenazas. En otra ocasión, el marido de una mujer que había acudido a ella para divorciarse se presentó en su casa, llamó al telefonillo, lo cogió su hija y le dijo: «Quiero matar a la bruja de tu madre». Su hijo, que llegaba en ese momento a casa, se lo encontró abajo empuñando un cuchillo.

Otra de las anécdotas grabadas en la memoria familiar la protagonizó un hombre en presencia del magistrado. «’¿Usted tiene algo que declarar?’ Le preguntó el juez. ‘Yo quiero todavía a mi mujer, porque ahora ¿Quién me va a fregar? ¿Quién me va a limpiar? ¿Quién me va a planchar la ropa?’ Le contestó».

A ellos les costaba aceptar que la mujer pudiera pedir el divorcio, sobre todo por las consecuencias. Por entonces lo normal era que, salvo casos excepcionales, las madres asumieran la custodia de los hijos, además, ellos tenían que pasar una pensión alimenticia y, en la mayoría de los casos, una pensión compensatoria. El problema de aquella época es que «había muchas mujeres que no tenían trabajo, que no tenían ingresos y con la separación o el divorcio se creaba una situación muy dura. Entonces había que pedir una pensión compensatoria a su favor».

Todo aquello creó situaciones muy difíciles, al menos en esa época, «luego la cosa se fue normalizando y se vio como más natural». Pero el problema era ese, que la mujer no tenía medios de vida propios, no tenía trabajo fuera de casa, «por tanto estaba más capacitada y tenía más tiempo que el marido para ocuparse de los hijos». A él se le concedía un régimen de visitas y estancias. El sistema no se libró de polémica y fue muy discutido, pero como él era el que trabajaba y estaba todo el día fuera de casa, «el padre tampoco sabía hacerse cargo de los hijos porque no lo había hecho hasta ese momento».

Por fortuna, las mujeres divorciadas no cargaron con el estigma de ‘mujeres fracasadas’ ni, en general, fueron objeto de juicios más severos que los que recibieron los hombres al rehacer sus vidas, para entonces la sociedad había asumido que en muchos casos era mejor estar separados que juntos y mal avenidos. No obstante, sí que hubo ocasiones, reconoce Carmen Tricio, en las que los hijos de divorciados sí que eran señalados en los colegios.