Cuanto rodea el mundo del arte y las subastas no está exento, a veces, de peripecias y tropelías ilegales: casos en los que, estando prohibido, hay quien se arriesga, disponiendo de valiosas pinturas que acaban en manos extranjeras fuera de nuestro país. Uno de los más rocambolescos es el retrato que Francisco de Goya realizó a la entonces veinteañera marquesa de Santa Cruz, obra maestra del neoclasicismo, que cambió varias veces de manos, de propietarios delincuentes saltándose a la torera las disposiciones oficiales. Por fortuna, ese cuadro puede contemplarse en el Museo del Prado, pero tras una larga aventura, de la que no fue ajeno el mismísimo jefe del Estado, Francisco Franco, que quiso regalárselo nada menos que a Adolfo Hitler.

Muchas han sido las obras expoliadas en España. Durante la invasión francesa, Napoleón y sus tropas se hicieron con infinidad de ellas, que nunca devolvieron. Museos galos o particulares que en el país vecino tienen en propiedad, mediante aquel robo, pinturas muy valiosas que nos pertenecen. Nada que hacer para reclamarlas a estas alturas.

Lo del cuadro goyesco al que nos referimos tiene su historia. El artista de Fuendetodos retrató a Joaquina Téllez-Girón, hija de los duques de Osuna, siendo una joven a la que representó como si fuera la musa de la música, Euterpe, reclinada con sensualidad sobre un diván rojo y en actitud de rasgar las notas de una guitarra. Es de suponer que fue un encargo de esa familia y, como tal, se mantuvo mucho tiempo en las paredes palaciegas de ella. Hasta que, con el paso de los años, el cuadro fue a parar a los sucesivos herederos. Unos de ellos, los condes de Pie de Concha quienes, durante la II Guerra Mundial, trataron de venderlo.

Bien a través de dinero o a cambio de algo que nunca se ha sabido públicamente, Franco tuvo ocasión entonces de disponer del famoso retrato, no para solazarse y presumir de ello, sino con la intención de halagar al mismísimo führer. Pero Hitler, que era aficionado a la pintura y llenaba lienzos en sus ratos que no le ocupaba la guerra, no llegó a tener entre sus manos tan valorada mercancía. Sí que supo apoderarse de otras muchísimas obras de arte que robó a los judíos. ¿Por qué Franco no llevó a cabo su pretensión? Parece ser que algún allegado suyo, quizás su cuñado, Ramón Serrano Suñer o alguna autoridad en la materia, pudo disuadir al jefe del Estado para que el retrato de la marquesa de Santa Cruz no saliera de España.

Se ignora quién era entonces el propietario de la obra, no desde luego el dictador. Nos saltamos varias décadas hasta conocer quien en los años 80 del pasado siglo la poseía: una familia acomodada, los Fernández Valdés, que quizás por necesidades pecuniarias se vieron obligados a deshacerse del cuadro. Encontraron a quien podía pagarles una considerable cifra millonaria de pesetas, con una condición: que no saliera de España. Pero el comprador no cumplió su promesa y consiguió sacar su mercancía primero rumbo a Zúrich, luego a Londres, donde la casa de subastas Christie’s se dispuso a sacarlo a la venta.

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La marquesa de la Sta. Cruz de Goya | Archivo

Desde el Ministerio de Cultura estaban al acecho de aquella subasta y su titular, Javier Solana, consiguió tras arduas negociaciones, comerciales y diplomáticas, que el cuadro no se subastara y regresara a España, una vez convenido el precio que salió de las arcas del Estado, naturalmente. Lo que ignoramos es cuánto se pagó. Imaginamos que una cifra muy elevada, de varios ceros.

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Así es que a partir de abril de 1986, hace ahora cuarenta años, aquel retrato viajero de la marquesa de Santa Cruz pudo exhibirse en el Museo del Prado, como era de rigor. Pero además, en el transcurso de las negociaciones, un año antes, el Consejo de Ministros aprobó la Ley de Patrimonio Histórico mediante la cual ya no se contemplaba como antes el impedimento de que el Estado interviniera en las obras exportadas ilegalmente.