La monotonía se ha encargado de guionizar el quinto Tour de Francia de Tadej Pogacar. Transcurridas diez etapas, ha ganado tres, ha regalado otra y … nadie se le acerca para discutirle el triunfo final. Aventaja ya en tres minutos y medio de Jonas Vingegaard, que proclama que no se va a rendir hasta París, pero ofrece un nivel que parece más alejado que nunca en este lustro de intensa rivalidad que el exhibido por el esloveno. Sus rivales están retirados ya. Su lucha es contra la historia.

Dos años atrás, el Macizo Central, tierra de los volcanes, laderas verdes, verticales y peladas y pueblos pequeños con tejados grises de pizarra, presenció la última derrota del caníbal del UAE. Camino de firmar otra exhibición, se vio frenado en las carreteras antiguas y descarnadas como la del Col de Pertus. Le atrapó Vingegaard y le venció al sprint, lo que parecía imposible. Le faltaron fuerzas.

«No quiero venganza», apuntaba antes de llegar a la salida en Aurillac. Y es verdad. La sed no era de revancha contra el danés. Era de campeón. De dejar su sello allí donde una vez se mostraron como lo que no son. Un ganador vencido. En 2025 ya se redimió en col de la Loze. Y ahora tocaba camino de Le Lioran, la estación de esquí construida sobre un horno.



«Posiblemente mañana ganará Pogacar, y la próxima de montaña también, la 15° Pogacar, la crono Pogacar, las dos de Alpe d’Huez Pogacar…», lamentaba José Joaquín Rojas, ahora director del Movistar, en la jornada de descanso. Un vaticinio con mucho significado, reflexión y frustración. La enésima exhibición del campeón del mundo deja fuera de plano la gran etapa de Javi Romo, que laminó a toda una fuga de primer nivel y rodó 50 kilómetros en solitario, aguantando el pulso al UAE. Salvaje y fuerte.

Cazado el manchego, se levanta Carapaz. Sale disparado detrás de la fila del equipo emiratí. Rebelde. Un hachazo sin respuesta. «Creo que hoy es el día de la fiesta de Francia», verbaliza de salida. 14 de julio. Día de la Bastilla. Golpe al Antiguo Régimen. Fin al absolutismo. Puerta abierta a la revolución. «Hoy es el día», insistió el ecuatoriano, que revienta la carrera y el guion en el Puy Mary. Un fogonazo sensacional.

Con su insospechado ataque, Carapaz desarma al escuadrón del UAE. Caen los vasallos. Felix Grossschartner se retuerce y cede. Uno menos. Adam Yates da un paso atrás. Es fiesta nacional en Francia. Pero en Decathlon se trabaja. Nicolas Prodhomme se pone al frente del pelotón y atufa a McNulty. Y a Kuss. Y a Jorgenson. Del Toro y Pogacar se quedan aislados. La carrera es otra.

No queda llano en el paisaje sublime de El Parque de los Volcanes de Auvernia. La carretera se retuerce en todas las direcciones: arriba, abajo, derecha, izquierda. Curvas malditas. Cae Pidcock. De los mejores bajadores. Se levanta y anda. Cae Jorgenson. Se despide. El calor sigue en el aire del Tour. Y el estadounidense no se encuentra. Carapaz vuela cuesta a abajo. Alcanza el minuto de ventaja. El trabajo de Prodhomme y Yates en favor de Seixas y Pogacar no surte efecto.

Sobrevuela entonces la incertidumbre. ¿Se le va a escapar la etapa al UAE? ¿Y Pogacar por qué no hace nada por evitarlo? ¿Irá mal? Visma, por si acaso, colocó a Piganzoli a marcar el paso, con Vingegaard a rueda. Recortaron tiempo. Carapaz ya solo tenía 40 segundos y el kilómetro final del Pertus por delante. Coronar en cabeza era media etapa. Y Pogacar no le dio ese gusto.

El maillot amarillo lanzó un ataque demoledor. Esta vez se puso en pie y no sentado. Vingegaard no hizo ni amago de seguirle. El resto menos. A Pogacar le sobraron 200 metros para atrapar y dejar atrás a Carapaz. El ecuatoriano subía rápido. Al ritmo de los mortales más veloces. Una vez más, el esloveno confirmaba que su nivel es sobrenatural. Antes de la cumbre, se destapaba la debilidad de Isaac del Toro. El mexicano cedía ante el resto de contendientes por el podio. Aquí sí que hay competencia. Y mucha.

Quedaba otra bajada revirada y un falso llano cuesta arriba en formato autovía que Pogacar saboreó mucho más que en 2024. En solitario, amplió la diferencia pese al entendimiento del grupo trasero. Sufría Evenepoel en su terrero y perdía contacto, unos metros, en el séptimo y último puerto de la jornada, el tendido Font de Cère. En cuanto empezó la subida, Del Toro dio el último trago al bidón y pegó un acelerón para tratar de volver a unirse con sus rivales.

Vingegaard marcó el ritmo de toda la ascensión. Pogacar seguía a puro fuego. Encendido. Inalcanzable. El pequeño descenso antes de llegar a la estación de esquí sirvió al resto para cargar pilas. A Evenepoel, pura garra, que arranca en el repecho final y suelta a Vingegaard. Seixas, Ayuso y Lipowitz salvan el día con nota. Todos por detrás de Pogacar, que grita de rabia y se estira el maillot amarillo nada más cruzar la meta. Ha igualado a Indurain.

Miguel Indurain tenía 32 años cuando vistió por última vez el maillot de líder del Tour de Francia. 60 días de amarillo. Dos meses hábiles. Lo mismo que Pogacar, que le iguala en Le Lioran. Todavía 27 años, la edad del navarro en su primer Tour. El esloveno va ya camino de igualar sus cinco. El récord por mucho que lance Armstrong diga que la marca está en siete. Pogacar solo usa la calculadora para ganar. El resto de cuentas, para el resto. Victoria 24ª en el Tour. Merckx era unos días más joven cuando la consiguió. En total logró 34, superado por Mark Cavendish por una. Si se cumple el vaticinio agorero de Rojas, el año que viene estará ya cerca de batirlo. Pogacar es el rey de Francia. E impone el absolutismo.