Suiza, finales de los 70. En un restaurante a orillas del Lemán, un joven actor, recién llegado de Nueva Zelanda, sostiene su primera copa de … Borgoña. Frente a él, James Mason, que ha elegido vivir en Vevey para escapar de la vorágine de Hollywood. «Esto es Borgoña, muchacho, y no lo olvides», le alecciona arrastrando las ‘eses’, con su dicción característica, tan aterciopelada como llena de filo. Sam Neill absorbía entonces cada palabra. Cada gesto del único maestro que tuvo.
Se acababan de conocer. Mason rozaba los setenta y sumaba cuatro décadas de oficio: más de cien películas y tres candidaturas al Oscar. Neill, treintañero, apenas despuntaba en el cine de las antípodas. Lo que les unió fue el interés que tenía la veterana estrella inglesa por la filmografía de Australia y Nueva Zelanda. Estaba casado con una actriz de Sídney y no se perdía los estrenos en Canberra. Quedó prendado al ver a Neill en ‘Mi brillante carrera’ (1979), de Gillian Armstrong, que llegó a ser nominada a la Palma de Oro en Cannes. En esa cinta se encontró con un temperamento gemelo, alguien que huía del histrionismo.
El vínculo con James Mason venía de lejos. Mucho antes de conquistar a los telespectadores con la serie ‘Reilly, as de espías’ (1983), el pequeño Sam ya había imitado muchas veces delante del espejo a la estrella de ‘Rommel, el zorro del desierto’ y ‘El prisionero de Zenda’. Los roles de moralidad ambigua o perversa le fascinaban. Descubrió que no había necesidad de enfatizar las emociones, bastaba con aprenderse el texto y ajustar la entonación. «Todo lo demás ya lo llevamos dentro. Déjalo salir y nada más. Que nadie te sorprenda actuando», le repetiría luego el protagonista de ‘Lolita’, cuando decidió apadrinarlo.
Le costeó un billete a Europa, le buscó agente y lo recomendó para el rol principal de ‘El final de Damien’ (1981), de Graham Baker, que ponía fin a la trilogía de ‘La profecía’. Pese a que el filme no recibió buenas críticas, los críticos salvaron su escalofriante interpretación de Damien. Sin olvidar a su valedor, encarnó el mal con una mirada y pocas palabras. Después llegaron más desafíos, éxitos y altibajos que no le afectaron. Su vida no se reducía a un plató.
La herencia más duradera y vital de James Mason le entró por el paladar. Aquella primera copa de Borgoña de finales de los 70 le reveló un mundo que le dio muchas satisfacciones. No solo plantó viñas en Central Otago, sino que fundó Two Paddocks, actualmente entre los pinot noir más celebrados de Nueva Zelanda. Su mentor falleció en Lausana en 1984, antes de verlo en plenitud.