Friedrich Merz recibió a Emmanuel Macron con honores militares ante el castillo de Augustusburg, en Brühl, cerca de Colonia, un escenario elegido para recordar una época en la que la reconciliación francoalemana todavía parecía capaz de ordenar Europa. Allí, en 1962, Charles de Gaulle ofreció a Konrad Adenauer el tratado de amistad que un año después se convertiría en el Tratado del Elíseo.

Más de seis décadas después, el canciller alemán y el presidente francés volvieron este viernes al mismo decorado con una tarea menos solemne y bastante más urgente: demostrar que Berlín y París aún pueden ponerse de acuerdo cuando la guerra en Ucrania, el regreso de Donald Trump, el avance de la derecha nacionalista y los fracasos industriales europeos empujan en la dirección contraria.

La reunión del Consejo de Ministros francoalemán sirvió para exhibir cercanía, pero también para tapar grietas. Merz habló de una amistad “irrenunciable” y se dirigió a Macron con una promesa directa: “Podéis contar con nosotros, podéis confiar en nosotros”. El francés respondió con la misma idea de confianza y defendió que, si Alemania y Francia no logran entenderse, Europa no avanza. Las palabras no eran nuevas, lo importante era el momento.

Macron encara la recta final de su segundo mandato y no podrá presentarse de nuevo a las presidenciales de 2027, mientras en Francia Marine Le Pen y su Agrupación Nacional llegan a esa cita con una fuerza que inquieta tanto en París como en Berlín. Por eso había prisa. Los dos gobiernos quieren dejar atadas algunas piezas de cooperación antes de que la política francesa pueda cambiar de manos. La más delicada es la defensa.

Tras las tensiones abiertas con Washington, Alemania y Francia han decidido profundizar la colaboración en la disuasión nuclear francesa, una cuestión especialmente sensible para Berlín, que no tiene armas atómicas propias y siempre ha vivido bajo el paraguas estadounidense. Una primera señal se vio ya en Nörvenich, cerca de Colonia, donde cazas franceses Rafale y Eurofighter alemanes participaron en ejercicios vinculados a la capacidad de repostaje en vuelo. Los Rafale están preparados para portar armamento nuclear. Macron insistió, aun así, en que la disuasión francesa seguirá siendo financiada y controlada por Francia.

Esa precisión marca el límite de la nueva ambición europea. Francia ofrece más conversación estratégica, no una europeización completa de su arsenal. Alemania busca mayor protección, pero sin romper con la OTAN ni con Estados Unidos, y los dos intentan salvar lo que queda de los grandes proyectos comunes de defensa después del naufragio del futuro avión de combate FCAS, bloqueado por disputas industriales y nacionales. La llamada “nube de combate”, la red digital que debe conectar los futuros sistemas militares europeos, seguirá adelante pero el golpe al proyecto ha dejado claro que la cooperación francoalemana funciona peor cuando toca repartir tecnología, contratos y poder industrial.

El encuentro incluyó otros asuntos menos simbólicos y quizá más prácticos: inteligencia artificial, baterías de alto rendimiento, competitividad europea, presupuesto plurianual de la Unión Europea y una iniciativa entre las televisiones públicas Deutsche Welle y France Médias Monde para combatir la desinformación. Macron había pedido antes de llegar a Brühl acelerar el “despertar estratégico” de Europa. Merz respondió desde el mismo tono, con Rusia, China y las incertidumbres transatlánticas como telón de fondo. Ambos saben que el eje francoalemán sigue siendo imprescindible, pero ya no basta con invocarlo.

Ahí está la fragilidad del momento. Durante décadas se habló del motor francoalemán como si bastara con arrancarlo para que Europa avanzara. Ahora necesita combustible político, proyectos que sobrevivan a los cambios de gobierno y menos declaraciones solemnes. Merz y Macron quisieron mostrar que aún hay confianza. Lo hicieron entre castillos, bases aéreas y salones cargados de historia. La escena estaba cuidada pero entre la promesa de amistad y la realidad de los intereses nacionales vuelve a aparecer la misma pregunta que persigue a Europa desde hace años: si Berlín y París todavía son capaces de transformar sus grandes palabras en decisiones que lleguen a tiempo.

Macron encara sus últimos meses en el Elíseo sin posibilidad de presentarse a un tercer mandato en 2027. En Berlín preocupa que una eventual victoria de Marine Le Pen enfríe el eje francoalemán y complique proyectos clave en defensa, industria y política europea, precisamente cuando la UE busca más autonomía frente a Estados Unidos.