Tenía 22 años y muchas ganas de conocer Marruecos. Ahora, con 37, Lander Otaola mira atrás y se ríe de un viaje que, admite, hoy llevaría bastante peor. Un autobús, una bolsa a rebosar de vómito y un recepcionista vacilón bastan para contarlo.
“Unos amigos y yo hicimos un viaje por el país y, ya de vuelta, teníamos que regresar a Nador desde Chaouen”, relata el actor. Hoy, una consulta rápida en Google Maps sitúa ese trayecto en unas cinco horas y media. A ellos, sin embargo, les prometieron que serían apenas tres. “Bueno, por algún motivo, terminaron siendo 12. Creo que ese autobús paró en todos los pueblos de Marruecos”, bromea Otaola.
Ya fuese por el calor, por el traqueteo del autobús o por motivos que el intérprete aún hoy desconoce, uno de los pasajeros acabó vomitando en un vehículo abarrotado de viajeros. Al menos, recuerda Otaola, la pota cayó en una bolsa, aunque el olor fétido se propagó por todo el autobús.
“El conductor se bajaba en pueblos extrañísimos y volvía con una botella, con una bolsa… Yo creo que tenía otros negocios aparte de conducir”
El trayecto, según recuerda Otaola, se convirtió en una sucesión de paradas tan inesperadas como interminables. “El conductor se bajaba en pueblos extrañísimos y volvía con una botella, con una bolsa… Yo creo que tenía otros negocios aparte de conducir” ,deduce, convencido de que tanto él como el resto de pasajeros fueron “víctimas colaterales” de aquellas misteriosas gestiones.
Y, al fin, después de una jornada digna de un deshollinador victoriano, sin apenas agua ni comida, Otaola y los suyos llegaron a Nador; concretamente, al Hotel Marbella. Al parecer, su director estaba al tanto de su llegada y los hizo llamar. “Pensábamos que, a modo de disculpa, nos iba a dar algo de comer o de beber”, recuerda el actor. La realidad, sin embargo, fue muy distinta.
Lejos de ofrecerles un refrigerio o un aperitivo, el director los hizo subir a una habitación para compartir con ellos su afición por los juegos de palabras. “Nos decía: ‘El que fue a Sevilla…’, nosotros respondíamos: ‘…perdió su silla’”. Luego: ‘El que fue a León…’, ‘…perdió su sillón’. Y entonces remató: ‘Es que me encantan los juegos de palabras porque he vivido en Marbella. Por eso el hotel se llama Marbella’”, recuerda Otaola. Aquella fue toda la bienvenida. “Y yo pensaba: ‘Llevo doce horas metido en un autobús. No tengo la cabeza para esto’”. Una vez recuperados de una experiencia tan bizarra como atropellada, salieron a comer. Y a beber.
Después de la experiencia, Otaola tiene un consejo para cualquiera que quiera recorrer Marruecos en autobús este verano: comprobar bien la duración del trayecto y no olvidar una botella de agua. “Es un país muy bonito, pero llevad agua”, recomienda entre risas. Porque lo que debía de ser un desplazamiento relativamente cierto, terminó convirtiéndose en un día perdido.
Un rodaje extrañísimo
Otaola lleva desde los 19 años subiéndose a escenarios y poniéndose frente a la cámara. Casi dos décadas de oficio en las que caben anécdotas de todo tipo: algunas se pueden contar; otras no. Entre las primeras, rescata una especialmente surrealista ocurrida durante el rodaje de una TV movie en un convento.
En aquel edificio había incluso una piscina, y lo que comenzó como una grabación aparentemente tranquila acabó derivando en una escena propia de una película de Berlanga. “El cura, que había estado toda la semana súper formal, de repente se vino arriba y terminó bañándose en calzoncillos”, relata. El ambiente, sin embargo, fue escalando. En un momento dado, uno de los eléctricos se cortó con algo que había en el suelo —botellas y restos de una celebración improvisada— y el convento acabó con sangre por el suelo. “Y de repente el cura estaba limpiándola, en calzoncillos”, recuerda. “Y la directora, haciendo topless. Tú dices: ¿en qué momento un rodaje más o menos normal se convierte en esto?”
“Fue como una especie de fiesta en un convento con el cura en calzoncillos tomando un gin-tonic, sangre por el suelo y un equipo intentando seguir trabajando”, resume. “Y eso es de las anécdotas tranquilas. Hay otras que no se pueden contar”.
Su próximo trabajo: ‘Una historia de Bilbao’
La conversación transcurre en un lugar ya familiar para Otaola: el Teatro Arriaga, donde este próximo octubre estrenará su nuevo proyecto como director, Una historia de Bilbao. “Yo soy de Amezola de toda la vida”, cuenta Otaola. “Siempre soñé con actuar en el Arriaga, y si a aquel niño de 13 o 14 años le dicen que acabaría actuando tantas veces en ese escenario… y que, además, acabaría formando parte de su propia historia”.
En escena, dos actores interpretan a distintos miembros de esa saga familiar. “Creo que es una historia muy divertida, pero también muy nostálgica, que habla de una Euskal Herria que ya no volverá: hemos pasado de ser Chernóbil a Eurodisney en apenas 30 años”, adelanta el actor. La obra bebe además de referencias muy reconocibles para el espectador: Hook, de Steven Spielberg; Dentro del laberinto, con David Bowie; o Cuento de Navidad, de Charles Dickens.
Desde el Teatro Arriaga también se proclama el pregón y se lanza el chupinazo que marcan el arranque de la semana más especial de Bilbao: Aste Nagusia. Como buen txirene, Otaola es un auténtico enamorado de las fiestas. Tanto es así que asegura que preferiría ser pregonero antes que ganar un Goya.
“Yo soy de Bilbao, luego de Bizkaia y luego vasco, por ese orden”, afirma. “Pero creo que un artista también tiene que devolver algo a su ciudad y a su barrio”. En ese sentido, confiesa un deseo que arrastra desde la infancia: “Ser pregonero en Aste Nagusia sería un honor, es mi sueño desde pequeño”, concluye.