En 1971, la revista ‘Lancet’ publicó un caso sorprendente. Hablaba de un niño de ocho años de Uganda que sufría una inflamación en la zona … de los ojos. Se trataba de un bulto bastante voluminoso que había ido creciendo y que no le dolía. Pero no tenía nada de benigno. Los médicos diagnosticaron que el pequeño sufría linfoma de Burkitt, un cáncer muy agresivo en los ganglios linfáticos, una parte clave del sistema inmunitario. El tratamiento estándar era la quimioterapia, pero el chaval tenía fiebre y evidencias en la piel de que se había contagiado de sarampión. Nunca le llegaron a dar quimio. «A los pocos días de iniciarse la fiebre, el bulto de la órbita del ojo comenzó a encogerse y la mejoría se mantuvo durante las siguientes dos semanas, durante las cuales superó su sarampión sin complicaciones. Tres meses después el tumor había desaparecido sin ningún tratamiento».

«Se sabe desde hace mucho tiempo que los virus pueden hacer remitir los tumores», explica la doctora Marta Alonso, investigadora principal del Grupo de Terapias Avanzadas para Tumores Sólidos Pediátricos de la Universidad de Navarra, donde trabaja en un prometedor ensayo con niños con graves tumores cerebrales en el que usan virus modificados para atacarlos. Se llaman virus oncolíticos. En 1897, por ejemplo, Estados Unidos registró el caso de una mujer que sufría una leucemia que remitió tras pasar la gripe. Con el covid se registraron varias de estas remisiones. Como cuenta el microbiólogo José Antonio López en el libro ‘Virus. Ni vivos ni muertos’, «los virus están detrás de algunas de las plagas y pestes más mortíferas de la historia de la humanidad». La viruela ha matado a cerca de 500 millones de personas, el sarampión a más de 200 millones y la ‘gripe española’ a 100 millones… El ébola y el hantavirus han desatado de nuevo la alarmas sanitarias mundiales. ¿Cómo es posible que estos ‘asesinos’ puedan ayudarnos contra el cáncer?

El tumor, un «paraíso para los virus»

Los especialistas en Oncología suelen decir que los tumores son un «paraíso para los virus». Esta ‘predilección’ se debe fundamentalmente a dos razones. La primera, explica Alonso, «es la alta capacidad de división y actividad metabólica de las células cancerosas, que facilita que el virus se replique». Frente a una célula normal, que puede dividirse, si lo hace, cada 24 horas, las cancerígenas lo hacen cada tres horas, como si fueran a cámara rápida. Y esto es lo que atrae a estos microbios, que lo que buscan precisamente es multiplicarse.

La segunda clave es que estas células rebeldes que se niegan a morir tienen problemas para defenderse de estos invasores. «Muchas células tumorales tienen alterados o debilitados sus mecanismos de defensa antiviral. Las células sanas suelen detectar rápidamente una infección y activar respuestas inmunes que frenan la replicación viral. En cambio, muchas células cancerosas han perdido parcialmente esas defensas durante su transformación, y eso hace que el virus pueda multiplicarse mejor dentro del tumor que en tejido sano».

Virus manipulados

Nicola de Pace, un médico italiano de principios del siglo XX , inyectó en mujeres con cáncer de cuello uterino la vacuna de la rabia. A mediados del siglo pasado, se recurrió al virus de la hepatitis para tratar la enfermedad de Hodgkin –un cáncer que se origina en el sistema linfático–. También se ha recurrido al virus de la polio, el del sarampión, el de la viruela de la vaca… «Primero se utilizaban los virus como vehículos para llevar genes supresores de tumores como el P53 –conocido como el ‘guardián del genoma’, los seres humanos tenemos dos copias frente a las 20 de los elefantes, lo que explica la mayor resistencia de los paquidermos frente al cáncer– pero vieron que no funcionaban». Fue entre finales de los años 90 del siglo pasado y principios de este cuando empezaron a modificarse los microbios en el laboratorio para quitarles los genes que provocan su virulencia. Suelen emplearse los adenovirus –es el caso de la investigación de Alonso– y el virus del herpes porque son menos dañinos. Los adenovirus, por ejemplo, causan catarros, gastroenteritis y vómitos.

Estrategia en dos frentes

La eliminación de las células cancerosas llega por dos vías. De un lado, los virus infectan a las células, pero solo se activan en las cancerosas. «Su alta velocidad de replicación actúa como una especie de gasolina para activar al virus oncolítico, que se multiplica en su interior y las destruye», detalla la oncóloga. Del otro, «esta destrucción actúa como una señal de alarma para el sistema inmune, que libera antígenos tumorales y genera inflamación local, lo que puede activar linfocitos y otras células inmunes contra el cáncer. En cierto modo, el virus ayuda a ‘despertar’ al sistema inmune para que reconozca mejor el tumor».

Procedimiento

Una vez que los virus han sido modificados en el laboratorio para que no causen la enfermedad original y para dirigirlos mejor contra las células tumorales, se pueden inyectar directamente en el tumor o bien administrarse dentro de ‘vehículos celulares’. En el caso de los adenovirus, la razón de no dejarlos libres en la sangre se debe a que al ser microbios muy habituales, nuestro organismo está entrenado para reconocerlos y eliminarlos en pocos minutos. «La inyección directa nos permite concentrar el efecto allí donde lo necesitamos y controlar mejor la dosis efectiva».

Efectos secundarios

Aunque se trata de tratamientos muy prometedores y, en general, bien tolerados, no están exentos de riesgos. Pueden aparecer efectos secundarios similares a los de un cuadro gripal (fiebre, malestar, dolor de cabeza) y cierta inflamación alrededor del tumor por la activación del sistema inmune, que en algunos casos podría empeorar de forma transitoria los síntomas neurológicos. También hay que tener en cuenta los riesgos propios de cualquier procedimiento neuroquirúrgico.

¿Cuándo se utilizan?

En estos momentos, los virus oncolíticos se están utilizando sobre todo en situaciones de muy mal pronóstico, como terapias experimentales para pacientes con tumores sólidos, especialmente tumores cerebrales que han agotado las opciones estándar. La doctora Alonso trabaja con 33 niños que sufren tres tipos raros de tumores en el cerebro y que no responden al tratamiento. «Tiene mucho potencial. Su eficacia es similar a la del Car-T (uno de los tratamientos más prometedores en la actualidad). Aunque aún estamos lejos de considerarlo un tratamiento estándar para la mayoría de los cánceres cerebrales, estamos muy ilusionados de poder ofrecer algo de esperanza en estos tumores tan agresivos». Estados Unidos aprobó en 2015 el primer virus oncolítico contra el melanoma. En Japón también se ha empleado contra tumores cerebrales desde 2022.