Los juegos, como las personas, envejecen. Sus gráficos parecen pixelarse con los años y sus mecánicas volverse simplonas. Pero las grandes obras maestras resisten el paso del tiempo, porque fueron tan bien diseñadas que solo necesitan una puesta al día técnica para volver a lucir. Assassin’s Creed Black Flag es una de ellas. Ubisoft ha sabido entender qué convirtió a esta entrega en una de las más queridas de toda la saga y, en lugar de reinventarla, ha optado por respetarla. El resultado es, probablemente, el mejor remake que ha realizado la compañía francesa hasta la fecha.
Lanzado originalmente en 2013 y ambientado en el Caribe de 1715, en plena Edad de Oro de la piratería, Black Flag nos pone en la piel de Edward Kenway, un corsario galés convertido en pirata cuya única obsesión inicial es hacerse rico. Lo que comienza como una búsqueda de fortuna acaba convirtiéndose en una aventura inolvidable junto a personajes históricos como Barbanegra, Anne Bonny, Charles Vane o Calicó Jack Rackham.
La historia es, sin duda, uno de los mayores aciertos del juego. Nos encontramos ante una narrativa lineal dentro de un enorme mundo abierto que nos va llevando poco a poco hacia un final glorioso a lomos de uno de esos protagonistas que hacen historia, de los que realmente se quedan en la memoria del jugador para siempre. Edward Kenway tiene carisma, evoluciona, se equivoca, aprende y termina convirtiéndose en uno de los mejores personajes que ha dado la franquicia.
Curiosamente, el componente más puramente Assassin’s Creed queda aquí algo relegado. La eliminación de toda la trama ambientada en el presente hace que el enfrentamiento entre Asesinos y Templarios pierda mucho peso. El universo Assassin’s Creed acaba funcionando más como una excusa para sumergirnos en un mundo de piratas que como el verdadero eje de la historia. Lo importante son Edward, su tripulación, el Jackdaw, su barco, y esa búsqueda de una fortuna que parece no llegar nunca. A cambio, encontramos flashbacks que ayudan a comprender el pasado del protagonista y enriquecen su construcción.
Y es que el Jackdaw merece un capítulo aparte. No es simplemente un barco. Es un personaje más. Desde el momento en que lo conseguimos hasta que vamos reforzando su casco, instalando nuevos cañones o mejorando su armamento, aprendemos a apreciarlo como nuestro hogar, nuestro medio de transporte y nuestra principal arma. Su evolución acompaña a la del propio Edward y acaba convirtiéndose en el verdadero corazón de la aventura.
Black Flag son dos juegos distintos perfectamente integrados. Por un lado está el Assassin’s Creed clásico: ciudades como La Habana, Nassau o Kingston, parkour, infiltración, asesinatos y exploración. Por otro, un magnífico juego de piratas donde navegamos durante horas por el Caribe descubriendo islas desiertas, fortalezas, puertos, pecios hundidos y secretos escondidos.
La sensación de libertad es total. Aunque la historia siempre marca el siguiente destino, continuamente tenemos la impresión de poder echar el ancla donde queramos y perdernos explorando. Podemos desembarcar en pequeñas islas, recorrer ciudades buscando cofres ocultos, lanzarnos al mar para explorar pecios hundidos o completar infinidad de actividades secundarias. No alcanza la densidad de los mundos abiertos actuales, con NPC que mantienen conversaciones complejas o misiones secundarias en cada esquina, pero para un juego concebido hace más de una década sigue resultando sorprendentemente completo. La aventura principal ronda las 30 horas, mientras que completar buena parte de sus contenidos puede llevar fácilmente entre 50 y 60 horas.
Visualmente, el trabajo realizado por Ubisoft es espectacular. Si hay un auténtico protagonista gráfico es el agua. Las playas de arena blanca y aguas cristalinas transmiten una calma absoluta, pero bastan unos minutos para encontrarnos navegando entre olas gigantes, tormentas furiosas, rayos que caen del cielo, torbellinos capaces de poner en serios aprietos al barco y un mar que parece estar permanentemente vivo. El agua no es un escenario: es un personaje más.
La exploración submarina también sigue siendo una delicia. Descendemos entre corales, bancos de peces de todos los colores y pecios hundidos en busca de tesoros mientras descubrimos buena parte de la fauna marina como si fueran pequeños coleccionables. Todo ello ayuda a reforzar esa sensación constante de estar viviendo una auténtica aventura caribeña.
El apartado artístico acompaña en todo momento. La vegetación, las palmeras, las pequeñas islas y las ciudades coloniales forman un escenario precioso. Es cierto que aquí no existe la enorme verticalidad de los Assassin’s Creed más recientes, ya que ciudades como La Habana presentan edificios relativamente bajos, pero el parkour sigue funcionando de maravilla. Podemos movernos con fluidez por tejados, árboles y balcones, escapar de nuestros perseguidores utilizando distintas rutas y aprovechar el entorno para infiltrarnos.
El sigilo también ha recibido pequeños retoques muy acertados. Mantiene la esencia clásica, pero incorpora algunas mejoras inspiradas en entregas posteriores. Las distintas animaciones de asesinato aportan variedad y hacen que las ejecuciones resulten mucho más espectaculares y menos repetitivas.
Los combates terrestres recuperan la sencillez de los clásicos. Con apenas un par de botones resolvemos enfrentamientos muy vistosos, algo que contrasta con la mayor profundidad de títulos recientes. Algunos jugadores echarán de menos esa complejidad, pero esa simplicidad también imprime un ritmo diferente a la acción y devuelve unas sensaciones que casi habíamos olvidado. Ubisoft ha introducido ligeras mejoras para que el paso del tiempo no resulte tan evidente, aunque sin alterar la esencia del sistema original.
Los enfrentamientos navales continúan siendo uno de sus mayores aciertos. Son sencillos, muy espectaculares y tremendamente divertidos. Podemos hundir barcos enemigos a cañonazos, desarbolarlos, abordarlos cuando quedan indefensos, eliminar a toda la tripulación, pasarlos por el cuchillo sin miramientos y hacernos con todos sus recursos para seguir mejorando el Jackdaw.
La progresión también apuesta por la sencillez. No existen árboles de habilidades como en las entregas recientes. En su lugar vamos mejorando nuestro equipo mediante nuevos trajes, espadas y pistolas. Las diferencias entre unas armas y otras no transforman radicalmente el combate, pero ofrecen una evolución constante sin convertir la aventura en un RPG.
Uno de los aspectos más agradables del juego son sus personajes. Los piratas tienen una personalidad arrolladora. Son auténticos «somardas», utilizando esa magnífica expresión aragonesa que define a alguien socarrón, pícaro y siempre dispuesto a gastar una broma. Esa retranca constante convierte muchos diálogos en momentos memorables y hace que terminemos sintiéndonos un miembro más de la tripulación.
La banda sonora acompaña perfectamente toda la aventura y ayuda a reforzar la inmersión, aunque todavía encontramos algunos detalles discutibles desde el punto de vista histórico. Algunos aficionados han señalado anacronismos como la presencia de la bandera rojigualda española décadas antes de su adopción oficial o determinadas licencias en uniformes y otros elementos de ambientación. Son aspectos menores que apenas afectan a la experiencia, pero están ahí.
No todo es perfecto. El punto más débil sigue siendo la inteligencia artificial de los enemigos. Es probablemente el elemento que peor ha envejecido y evidencia el origen de un juego diseñado hace más de una década. Los rivales no reaccionan con la sofisticación que actualmente esperamos de un gran mundo abierto y eso resta algo de credibilidad a determinadas situaciones.
Ubisoft también ha añadido alrededor de seis horas de contenido adicional. Sin embargo, dentro de una aventura que supera ampliamente las cincuenta horas, estas novedades apenas modifican la estructura general. Lo importante sigue siendo aquello que ya nos hizo disfrutar hace años.
Este remake está pensado tanto para quienes desean volver como para los recién llegados. Los primeros encontrarán exactamente el juego que recuerdan, solo que mucho más bonito y refinado. Los segundos descubrirán una aventura que sigue funcionando sorprendentemente bien más de una década después.
Porque Black Flag demuestra algo que pocos juegos consiguen: cuando el diseño es extraordinario, el paso del tiempo apenas importa. Ubisoft ha sabido conservar su espíritu, mejorar únicamente aquello que realmente lo necesitaba y devolvernos una aventura que sigue siendo uno de los mejores Assassin’s Creed jamás creados y, probablemente, uno de los mejores juegos de piratas de todos los tiempos.