Han tenido que transcurrir 16 años para que la selección española de fútbol consiga su segundo título como campeona del mundo. Desde que en 2010 se lograra la primera estrella, el combinado nacional no había hecho otra cosa que acumular decepciones en las tres ediciones disputadas: Brasil, Rusia y Catar. A la de este año llegaba, como en esas otras ocasiones, con la vitola de candidata. ¿Qué ha pasado para que esta vez haya podido culminar su participación con un éxito histórico? De toda experiencia se pueden extraer unas claves que ayudan a entender lo sucedido.
El equipo por encima de las individualidades
Tener jugadores catalogados como estrellas, que sobresalgan por su calidad, es importante en cualquier equipo, pero en este torneo se ha vuelto a demostrar que ese factor por sí mismo no es sinónimo de éxito. Había otros países con tantos o más futbolistas que España de los catalogados como desequilibrantes. Por ejemplo, Portugal y Francia. Y a ambos los superó la selección porque su rendimiento como colectivo fue superior.
Los cracks son la guinda, pero necesitan el compromiso de sus compañeros para que la maquinaria funcione
Cuando esas estrellas no están inspiradas o son frenadas por el buen trabajo del rival, termina imponiéndose el que funciona como un grupo y tiene las ideas claras: buena ocupación de espacios, control del juego, ayudas colectivas, mantener el equilibrio… Los cracks son la guinda, pero necesitan el compromiso de sus compañeros para que la maquinaria funcione. Messi y Argentina fueron ejemplo de ello hasta la final. Una enseñanza aplicable en el ámbito laboral.
La importancia de los secundarios
Si hace unos meses se hubiera hecho una encuesta entre los aficionados españoles sobre los jugadores más importantes de la selección, una gran mayoría habría citado a Lamine, Pedri y Nico Williams. Nadie habría creído en nuestras opciones en el Mundial de saber que los tres iban a estar lejos del 100 % de su rendimiento.
Pues el gran mérito de España ha sido llevarse el título sin que ninguno de los tres haya estado a su máximo nivel. Sin embargo, ha habido otros que, o bien han aparecido en momentos decisivos, o han rendido por encima de lo que se presuponía.
Entre los del primer grupo es obligatorio citar a Ferrán Torres. El héroe de la final, con su gol en la prórroga que dio la segunda estrella a España, ha tenido que superar comentarios adversos de la crítica y los aficionados, pero no se vino abajo y siguió intentándolo hasta que el destino le premió con un tanto para la historia.
Otro que hay que nombrar es Mikel Merino. El jugador del Arsenal llegó al torneo con poco rodaje por la grave lesión que sufrió hace unos meses y no contaba como titular en ningún análisis previo, pero le bastó salir en la recta final de los partidos ante Portugal y Bélgica para meter dos goles decisivos.
Entre los del segundo grupo, sobresale Pedro Porro, al que casi nadie habría colocado de antemano como un jugador tan valioso para el equipo (muchos le ponían de suplente de Llorente), pero ha terminado siendo fundamental por su gran trabajo defensivo y su aportación ofensiva, con los goles ante Austria y Francia. Y junto a él, sería injusto no mencionar a sus compañeros de línea. El triunfo de España no se entiende sin el magnífico papel de Cubarsí, Laporte y Cucurella, que han hecho de la defensa española la mejor del campeonato, con un solo gol recibido. El papel de estos jugadores nos recuerda la importancia de los trabajadores secundarios a la hora de alcanzar cualquier meta.
El éxito grupal es más importante que el individual
El ambiente del grupo fuera de la cancha es tan importante para aspirar al triunfo como el funcionamiento del equipo en un partido. No es fácil la convivencia en un grupo de 26 jugadores en el que todos tienen sus egos y quieren ser protagonistas. Ejemplos hay de sobra en la historia de cómo un proyecto común ha fracasado por anteponer intereses particulares.
No debe ser fácil para jugadores acostumbrados a ser importantes en sus equipos ver que pasan los partidos del Mundial y no participas en ellos
No debe ser fácil para jugadores acostumbrados a ser importantes en sus equipos ver que pasan los partidos del Mundial y no participas en ellos. Y en este campeonato ha habido varios que no han jugado ni un solo minuto, como Grimaldo, Víctor Muñoz y los porteros Raya y Joan García, y otros cuya presencia se reduce a unos pocos minutos, como Eric García, Zubimendi, Pubill, Pino o Borja Iglesias.
Estamos hablando de nueve jugadores de 26, una tercera parte de los seleccionados, cuya aportación en el césped a lo largo del campeonato ha sido intrascendente o nula. ¿Ustedes han tenido noticia de algún problema en la concentración o han visto alguna mala cara? Yo no. Y me parece un elemento reseñable para explicar el éxito. Todos querían participar, aportar, ser protagonistas y salir en las noticias por algo positivo. Pero los que no han tenido oportunidad, han entendido que el éxito grupal es más importante que el individual y que debían aceptar el papel que les correspondía y sumar desde fuera.
El discreto liderazgo de Luis de la Fuente
Tan importante como saber aceptar el papel que le toca a cada trabajador en un momento dado es la forma de liderar un grupo que tiene el jefe, en este caso, Luis de la Fuente. Y desde que se hizo cargo de la selección ha dejado claro que la suya es la de ejercer el mando de manera discreta, sin asumir más protagonismo del que le corresponde. Una manera de ejercer que, de cara al exterior, pretende huir de roces y enfrentamientos con el entorno (especialmente los medios), y, de manera interna, hacer sentir a los jugadores que los protagonistas son ellos.
Un líder, además, no debe ser inflexible en sus ideas cuando ve que el proyecto común sale perjudicado. Y De la Fuente ha sabido corregir sobre la marcha aspectos que no estaban funcionando, aunque eso significara tomar decisiones dolorosas con alguno de los jugadores más importantes, como Pedri.
Para él, conseguir una buena convivencia en el grupo es imprescindible, de ahí que más de una vez haya hecho mención a que antes que buenos jugadores busca buenas personas. Tan importante parece una cosa como la otra a la hora de formar un grupo que aspire a triunfar. Y viendo los resultados, tanto los deportivos como los de la convivencia en el grupo, parece que De la Fuente ha sabido dar con la tecla y ejercer su liderazgo con acierto.
Creer en la idea
Tanto el triunfo de 2010 como el de 2016 comparten una circunstancia: la decepción del primer partido. Si en la edición de Sudáfrica, la selección se cayó de forma sorprendente ante Suiza por 0-1, en esta ocasión, en el debut, España no pasó del empate a cero frente a la sorprendente Cabo Verde. Las críticas después de ese partido se parecieron mucho a las de aquel otro traspié. Parecía que ya no había nada que hacer y que nos íbamos a volver a casa más pronto que tarde.
Sin embargo, se siguió apostando y creyendo en la idea del equipo y, con las correcciones precisas, se enderezó el rumbo hasta llegar a proclamarse campeones. Estas experiencias deben servir de enseñanza en relación a que no se puede prescindir ni dudar de una idea que consideramos buena si a las primeras de cambio no obtenemos el resultado que buscamos.
Posdata
España es la vigente campeona de Europa y del mundo y hace poco ganó también la Liga de Naciones, siendo finalista asimismo de la última edición. Parece que su método marca el camino a seguir al resto de selecciones. Quién nos lo iba a decir antes de 2008. Justo cuando otro Luis encontró una fórmula del éxito que parecía vedada para nosotros.
