La trilogía original de Posesión infernal fue irrepetible. No solo por el ingenio de Sam Raimi para el terror, el gore y la gozosa serie B, sino también por el humor presente a partir de la segunda película. Una doble esencia de la que se alejó Fede Álvarez en la meritoria nueva versión de 2013, que prefirió entregarse únicamente a la violencia salvaje y a la sangre. Posesión infernal. El despertar, la sugerente secuela de Lee Cronin (2023), subrayó el gusto por la contundencia y la expresión del disfrute demoniaco al causar sufrimiento. Siguiendo ese camino de brutalidad y la apuesta por directores con personalidad para la potencia en dichos parámetros, Posesión infernal. En llamas adopta de mano de Sébastien Vanicek (autor de Vermin. La plaga, buen filme con arañas) los rasgos del extremismo francés, aproximación con su sentido dada la evolución de la saga. El parentesco con referentes como Alta tensión y Martyrs implica una reinvención que atrae, como sucede con el tono y el tratamiento. En cambio, la historia seduce menos.