«Los eclipses siempre han estado rodeados de magia». Con esa frase comenzó Luis Alfonso Gámez, periodista especializado en información científica y creador del blog … Magonia, la charla que llevó a quince suscriptores de EL CORREO desde los evangelios hasta la NASA, pasando por cuadros renacentistas, supersticiones medievales, películas de Hollywood y expediciones científicas.

A menos de un mes de que España vuelva a mirar al cielo con motivo del eclipse total de Sol del próximo 12 de agosto, el encuentro no fue una clase de astronomía al uso. Fue un viaje por la historia de la humanidad a través de uno de los fenómenos naturales que más fascinación ha despertado. Porque mucho antes de que la ciencia explicara por qué el Sol desaparece durante unos minutos, el miedo, la religión, el arte y la imaginación ya habían llenado de significado ese instante de oscuridad.

La primera parada de Gámez, quien durante décadas hasta jubilarse fue referente en estas páginas de la más rigurosas información científica, fue el cine. El eclipse solar del próximo agosto durará apenas unos segundos en la mayoría de municipios vizcaínos —e incluso en algunos ni siquiera podrá contemplarse la totalidad—. Por eso, parece difícil creer que una película pudiera rodar un eclipse auténtico sin recurrir a efectos especiales. Pero así ocurrió en Barrabás (1961), dirigida por Richard Fleischer. Durante el rodaje coincidió el eclipse total de Sol del 15 de febrero de 1961, visible desde Italia, y el director decidió aprovechar aquel fenómeno para filmar la escena de la crucifixión. «Es una de las pocas veces que Hollywood no nos miente», bromeó Gámez.

Lejos de Hollywood, los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas describen que durante la crucifixión de Jesús la Tierra permaneció en oscuridad durante tres horas. Sin embargo, «desde el punto de vista astronómico ese eclipse es imposible», aseguró. De hecho, este fenómeno aparece en numerosas ocasiones plasmado en el arte cristiano: Un mosaico de Rávena (siglo V), un códice conservado en la Biblioteca Nacional de Alemania y pinturas de un monasterio de Kosovo. Era una «forma simbólica de expresar que Cristo dominaba todo el universo, tanto el Sol como la Luna». Por tanto, concluye que el llamado «eclipse de la crucifixión» tiene un significado metafórico y no puede corresponder a un eclipse real.

El recorrido avanzó entonces por siglos de historia del arte. Rubens, el taller de Rafael, Philippe de Champaigne, Diego Rivera o el estadounidense Howard Russell Butler fueron algunos de los representantes. Con ellos quedó más que claro cómo la representación de los eclipses ha evolucionado al mismo ritmo que lo ha hecho el conocimiento científico. Y es que, tal y como mostró el periodista, las primeras obras tenían un marcado carácter simbólico, mientras que los artistas posteriores comenzaron a reflejar fenómenos observables como la corona solar o el conocido «efecto anillo de diamante», ese destello que aparece apenas unos segundos antes y después de la totalidad. Gámez recordó también a Taddeo Gaddi, que habría sufrido daños en la vista tras observar un eclipse, y a Pieter Brueghel, quien retrató a un pastor cubriéndose los ojos para evitar quedarse ciego.

Theorica Planetarum

En la Edad Media ya se habían encontrado formas de explicar científicamente estos fenómenos. Las ilustraciones de la Theorica Planetarum, por ejemplo, consideradas una suerte de infografías de la época, así como una obra de Johannes Hevelius, de 1647, en la que ya se proponía observar el eclipse mediante la proyección de la luz, el mismo principio de la cámara oscura que hoy sigue recomendándose para una observación segura.

El viaje terminó con la llegada de la fotografía, que permitió captar por primera vez un eclipse total de Sol en 1851 gracias al daguerrotipo de Johann Julius Friedrich Berkowski. Aun así, tal y como dijo Gámez, la cámara «no sustituyó al arte». Pintores como Howard Russell Butler acompañaron expediciones científicas para plasmar sobre el lienzo, en apenas unos minutos, los colores y matices que entonces la fotografía todavía no era capaz de registrar.

Un recorrido por miles de años de historia que, sin duda, marcarán un antes y un después en la historia. Ahora, solo queda esperar, planificar, comprar unas gafas homologadas y ser partícipes de un fenómeno que, indiscutiblemente, convertirá al cielo en una auténtica obra de arte.