El 28 de mayo del 585 a. C., a las 4.45 el Sol salió entre los valles y cañones del río Halis, en la Anatolia central. El ejército del rey de los medos, Ciáxares, y el del rey de los lidios, Aliates, se prepararon para otro día de batalla. Hacia las 17.30, tras muchas horas de combate, el pánico se apoderó de ambos bandos. No fue por una nueva arma ni por la llegada de un ejército más numeroso, sino por una oscuridad repentina que, a pesar del cielo despejado, dificultó distinguir al enemigo a poca distancia. 

El historiador Heródoto nos cuenta que la batalla se interrumpió y que el hecho de que el Sol se ‘apagara’ en pleno día se interpretó como la furia de los dioses por aquella matanza. El miedo a la ira divina impulsó a los reyes a firmar la paz y el río Halis –hoy conocido como Kızılırmak, en Turquía– se convirtió en la frontera natural entre ambos reinos. 

Ese día, todos se llenaron de asombro y temor ante lo que creían un mal presagio. Todos, menos uno: Tales de Mileto. El filósofo y matemático había estudiado las tablillas babilónicas, es decir, los registros del cielo de los sacerdotes de Mesopotamia, quienes, entre otras cosas, habían descubierto una ciclicidad en los eclipses llamada saros. Basándose en el saros, Tales había predicho que en esos días se produciría un eclipse total de Sol.

Midiendo el cosmos con geometría antigua

A lo largo de la historia humana, los eclipses solares siempre han sido valiosos aliados para los científicos. Hacia el 130 a. C., desde su observatorio en Rodas, el matemático Hiparco de Nicea decidió calcular lo incalculable: la distancia entre la Tierra y la Luna. Para lograrlo, no miró al cielo esa noche, sino que recuperó los datos de un eclipse ocurrido el 14 de marzo del 190 a. C. 

Aquel eclipse se vio como total desde Sifnos, mientras que en Alejandría de Egipto la Luna solo cubrió el 80 % del disco solar. Al conocer la distancia entre ambas ciudades y el radio de la Tierra, y utilizando la trigonometría junto con ese 20 % de diferencia como margen, dedujo que la distancia Tierra-Luna debía de ser unas 60 veces el radio de la Tierra. El error fue inferior al 1 % y, por primera vez, utilizó una técnica fundamental en la astronomía actual: ¡el paralaje!

El mapa de la gravedad de Newton

Siglos después, Edmond Halley, famoso por el cometa que lleva su nombre, predijo en 1715 el eclipse solar del 3 de mayo que cruzaría precisamente Inglaterra. Para ello, utilizó por primera vez las leyes de la gravitación universal, formuladas 28 años antes por su amigo Isaac Newton. Las leyes de Newton le permitieron trazar el recorrido de la sombra de la Luna sobre Inglaterra en un mapa que se hizo célebre, indicando las líneas a partir de las cuales el eclipse ya no se vería como total. El error de sus cálculos en la estimación de la hora del fenómeno en Londres fue de tan solo cuatro minutos. Pero, lo más importante de todo, demostró que la teoría de la gravitación funcionaba de verdad.

Einstein, Eddington y la curvatura del espacio

El que muchos consideran el eclipse más importante para la ciencia ocurrió el 29 de mayo de 1919. La teoría de la relatividad general de Einstein se había publicado cuatro años antes y aún no había recibido una confirmación experimental, en parte debido al aislamiento científico provocado por la Primera Guerra Mundial. Sir Arthur Eddington aprovechó el eclipse de 1919 para demostrar que la posición aparente de una estrella muy cercana al Sol era diferente de la esperada. Al fotografiar las estrellas durante la oscuridad, demostró la deflexión o curvatura de la luz causada por la masa del Sol, exactamente en la cantidad prevista por la teoría de Einstein.

El nacimiento de la astrofísica: fotografía y gases cósmicos

Muchos eclipses han dejado huella en la astronomía y en el desarrollo de la instrumentación. El 18 de julio de 1860, utilizando uno de los últimos inventos, la cámara fotográfica, el padre Angelo Secchi fotografió el eclipse cerca de Valencia, mientras que Warren de la Rue hizo lo mismo desde Rivabellosa (Miranda de Ebro). Al comparar las fotos, dedujeron que las protuberancias debían de ser estructuras presentes en el Sol y no detalles de la Luna o efectos de nuestra atmósfera. 

Durante el eclipse del 18 de agosto de 1868, el astrónomo Jules Janssen acopló un instrumento recién inventado, el espectrómetro, a un telescopio: al observar la corona solar, determinó la presencia de un elemento químico entonces desconocido, el helio.

Los misterios de la corona solar en la astrofísica moderna

Hoy en día, a pesar de que tenemos satélites en el espacio y telescopios potentísimos, los astrónomos siguen ‘cazando’ los eclipses, sobre todo para estudiar la corona solar, es decir, la parte más externa de la atmósfera del Sol. 

Normalmente, la corona es invisible porque queda oculta por la luz cegadora del disco solar. Aunque los científicos actuales utilizan instrumentos llamados coronógrafos para crear eclipses artificiales dentro de los telescopios, la naturaleza sigue haciendo un trabajo mejor: cuando la Luna cubre perfectamente el Sol, revela la corona con una nitidez que ninguna tecnología humana logra replicar.

«Dos mil años después, un eclipse nos hace levantar los ojos al cielo para recordarnos cuánto nos queda todavía por aprender»

Es precisamente durante estos pocos minutos de oscuridad cuando la ciencia moderna intenta resolver una de las mayores paradojas de la astrofísica: mientras que la superficie del Sol quema a unos 5.500 grados, la corona externa supera el millón de grados. Estudiar este misterio es fundamental para comprender el viento solar y las tormentas geomagnéticas, fenómenos capaces de descontrolar nuestros GPS, las redes eléctricas y las comunicaciones por satélite en la Tierra.

A más de dos mil años de aquel día junto al río Halis, el Sol que se apaga ha dejado de darnos miedo, pero sigue haciendo exactamente lo mismo: obligarnos a levantar los ojos al cielo para recordarnos cuánto nos queda todavía por aprender.

Gerardo Capobianco INAF-Observatorio Astrofísico de Turín (Italia)

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