Volvió el cielo de plata, ese color de panza del burro juanramoniano. Nada más finalizar el Himno de España, con la solemnidad de los toreros desmonterados, con todas las miradas apuntando a Morante, los paraguas se abrieron en los apretadísimos tendidos, con un reventón en … el día grande de Santiago, en un cartel de máximo interés: el maestro con dos jóvenes que vienen arreando. Y del cigarrero fue la lección de más torería de la feria en un broche que mereció ser de triple puerta grande, pero que, por culpa de la espada morantista y de un presidente sin criterio ni sensibilidad, dejó en una sola oreja las faenas de Aarón Palacio y Marco Pérez, herido al entrar a matar. Buena en conjunto la corrida de Juan Pedro Domecq, con sus muchos matices, musculados y de aparente presencia, bastante más de lo visto en la feria.

Apretó Cornetero, un jabonero de la familia musical falto de ritmo, desafinada de clase su movilidad andarina, y que hasta se acostaba por momentos. Qué incómodo era para estar delante. Faena con oficio de José Antonio, con aroma y recursos sobre las piernas ante un animal que acabó rajándose. Un pinchazo hondo bastó y saludó una ovación.

A la puerta de chiqueros se marchó Marco Pérez para saludar al segundo, con más porte y seriedad que la mayoría de los vistos. Arreado el salmantino desde primera hora, con determinación total. Medida y perfecta la lidia de Rafael González, sin un capotazo de más. Qué buen torero es. Brindó a Morante y empezó con ayudados de rodillas, toreando con todo. Quizá no le hubiese venido mal un puyazo más fuerte, pues el enrazado tenía chispa y la guasita de meterse por dentro. Listísimo y muy entregado anduvo el torero, con el lunar de cierta celeridad, por esas ansias de triunfo y por la propia velocidad del animal. Se tiró a matar de verdad y Caudillo, que así se llamaba el rival, le propinó una cornada de dos trayectorias en el mulos derecho. Enterrada quedó la estocada mientras el torero se tapaba el boquete y era trasladado a la enfermería. Allí le llevó González una oreja, con fortísima petición de la segunda y bronca a un palco sin sensibilidad.

  • Coso de Cuatro Caminos

    Sábado, 25 de julio de 2026. Última corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Juan Pedro Domecq, bien comidos y musculados, sin exageraciones en las caras pero de aparente presencia en general

    • Morante de la Puebla,
      de negro y oro: pinchazo hondo (saludos); estocada desprendida y dos descabellos (silencio).

    • Marco Pérez,
      de turquesa y oro: estocada (oreja con fortísima petición de otra y bronca al palco). Herido, pasa a la enfermería.

    • Aarón Palacio,
      de blanco y oro: estocada corta trasera, tendida y desprendida, tres pinchazos y estocada (silencio tras aviso); estocada desprendida (oreja con fuerte petición de otra y bronca al palco).

Tras aquella estocada a sangre y fuego, quedó la plaza sumida en ese triste ambiente que generan los percances. Sobre las tablas del hule dejó la montera Palacio, que atrapó en los dos faroles de la bienvenida y pinchó luego su templada y aseada faena, sin apenas eco, ante un tercero con bondades.

Muy desaborío el cuarto, que sufrió un durísimo volatín y con el que Morante no se dio coba. Con habilidad lo pasaportó entre la desilusión y la división del personal. Nada tuvo que ver Nebli con su hermano de Linares. Faltaba el último, el de las maravillas.

Por la cogida, Palacio intervino en quinto lugar. Cuerpo a tierra tuvo que echar en la portagayola antes de su recital capotero, arrebatado a la verónica y levitando en las chicuelinas. Qué cerca se lo pasó luego, con la tela fucsia a la espalda, con Morante pendiente en todo momento, presto al quite. Un sinfín de lances en lo alto llevaba Sofista cuando el aragonés se echó la muleta a la izquierda. Pronto y en la mano arrancó la faena con un toro de noble entrega, que con más poder hubiese sido de nota alta. Muy bueno su fondo y muy buena la labor de Aarón, que conoce el temple y sabe torear. Extraordinario el cierre por bajo. De una estocada, pelín desprendida, mató a Sofista, aplaudido en el arrastre. Otra vez el palco, el mismo que sí se las dio a Roca la tarde anterior, negó la merecida segunda oreja. «¡Fuera, fuera!», gritaban contra el usía.

Por la cornada de Marco, Morante dio cuenta de Dichoso. ¿Dichoso? Dichosos los que vieron aquel recibo colmado de perlas afaroladas, con verónicas sin par a un toro que traía un tranco y una alegría fenomenales. Prometía el juampedro y más prometía aún la obra del genio, que antes cautivó por Chicuelo. Pendiente de la lidia y del ruedo. Descalza su faena, prologada con torerisimos ayudados en el estribo. Aire gallista. Con el sello de la pureza morantista, que palnteó al faena cerca de toriles donde la arena no estaba tan suelta. Qué manera de ofrecer el pecho con esa diestra que escribía el toreo soñado. Y cómo amasó el pitón zurdo en naturales que se fundían con el toro. Pero la profundidad ahondaba al otro lado, con aquilatados derechazos, hundido en la tierra. Gráciles las manoletinas del epílogo. El acero se llevó el triunfo de la pieza de mayor torería, una sinfonía sin espada con un toro que completó una buena corrida de Juan Pedro Domecq, un excelente ganadero.