El cuerpo tiene rutinas, aplicaciones y hasta cierto prestigio social: se entrena, se mide, se fotografía. El cerebro, en cambio, sigue moviéndose en la sombra, como si su buen funcionamiento fuera un asunto secundario o, peor aún, algo que simplemente ocurre por sí solo. Pocas veces se piensa en él como algo que también requiere cuidados, hábitos y atención, a pesar de ser el órgano que sostiene cada decisión, cada recuerdo y cada emoción. Leyre Tirado Sanz, neuropsicóloga con 22 años de trayectoria en Adacen, conoce bien esa asimetría. En esta entrevista repasa cómo las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial están dejando huella en la manera de pensar y de prestar atención, qué hay de cierto en la llamada «deuda cognitiva«, y por qué conviene desmontar algunos de los mitos más extendidos sobre el funcionamiento cerebral. Todo apunta, según explica, a una misma conclusión: entender el cerebro y cuidarlo debería formar parte de esa misma cultura del bienestar que hoy se reserva casi en exclusiva para el cuerpo.
¿Diría que el uso de las nuevas tecnologías están alterando la manera de funcionar del cerebro?
Son herramientas que utilizamos día a día y que resultan muy útiles cuando sabemos utilizarlas, pero también pueden resultar muy perjudiciales. En nuestro trabajo, por ejemplo, resulta útil para realizar tratamientos realistas e inmersivos y adaptarnos a cada uno de nuestros usuarios. Es decir, las formas de atención han cambiado. En otros ámbitos, yo ya no me sé los números de teléfono como antaño y es cada vez más común que las personas vean la televisión mientras están con el móvil. Además, también ha habido una reducción en el tiempo de lectura. De alguna manera, nos están robando la capacidad de análisis mientras tenemos que hacer cinco cosas a la vez. Es decir, tiene muchas ventajas, pero también hay que tener cuidado porque causa otros muchos perjuicios.
¿Usan mucho las pantallas y las aplicaciones en sus sesiones de rehabilitación?
En Adacen, hemos apostado por las nuevas tecnologías en nuestros programas porque creemos que contribuyen porque utilizamos cables o gafas de inmersión que les permiten encontrarse dentro de un juego. Dicho de otra manera, trabajan, pero de una forma mucho más natural, entretenida y práctica. Además, cuando hacemos estimulación, les podemos pasar los ejercicios para que los puedan seguir haciendo desde sus casas. La tecnología aquí nos da mucho alcance, aunque sigamos teniendo que marcar y corregir.
Hay algo más de libertad, ¿no?
Es más natural porque hace 15 años los usuarios miraban la tecnología con miedo porque no sabían utilizar ordenadores o tabletas. Ahora, sin embargo, parece que es menos serio porque los más pequeños pueden utilizar los móviles sin ningún tipo de problema, así que ellos sienten que están haciendo lo mismo, con mucha paz. Y trabajando mucho. Sobre todo, de manera individualizada.
Pero queda una ‘deuda cognitiva’… ¿Hasta qué punto es real o es un término en tendencia?
Tenemos un móvil con el que, a diferencia de lo que se hacía antes, no nos detenemos a leer un periódico y las noticias que hay dentro. Nos vale con los titulares. Se nos bombardea con muchísima información, pero no profundizamos en las ideas o en lo que realmente está pasando. Se parece mucho a la IA, que es una herramienta que hace y hace, pero al final no tiene apenas contenido. Es como si nos estuviéramos quedando vacíos.
¿Podría eso afectar a la hora de adquirir un posible daño cerebral?
No sé hasta qué punto puede derivar esa deuda cognitiva porque haría falta que pasara el tiempo y estudiar el comportamiento cerebral, pero desde luego que se va viendo que hemos perdido concentración y aspectos que antes teníamos, como el tiempo de lectura, el hacer solo una cosa a la vez durante un buen rato… Por suerte, hay algo que se llama reserva cognitiva, que es la capacidad del cerebro para tolerar y compensar los efectos del envejecimiento, lesiones o enfermedades –como el alzheimer–. Es decir, que si te ha gustado leer, hacer crucigramas, has tratado de mantener la mente activa o analítica, tienes una probabilidad mucho menor de padecer demencia o pérdidas de memoria. No sé qué pasará en el futuro, pero creo que tendremos una mayor facilidad de sufrir demencia.
¿Hay algún grupo generacional que preocupe más en este sentido?
Hombre, muchos jóvenes se están acostumbrando desde edades muy tempranas a utilizar la IA para sustituir procesos. Es más, por la calle suelen decir que van a consultar algo a ChatGPT porque es una herramienta que responde y termina acciones de forma muy rápida, pero, en cualquier caso, tienen que seguir haciendo otros procesos. Como cuando llegaron las lavadoras, que tuvimos que continuar haciendo otras cosas –se ríe–.
Con respecto a las recomendaciones, ¿prohibiría el uso de aplicaciones o limitaría el uso de estas herramientas de Inteligencia Artificial?
Prohibir, prohibir, no, porque no soy muy amiga del prohibir –se sonríe–, pero sí creo que habría que fomentar una toma de decisiones cabal por parte de las personas. Porque las redes sociales y las tecnologías nos meten en un bucle del que a veces es bastante difícil poder salir. Por eso, en el momento en el que se prohibiera no sería en absoluto útil. Encontrarían la manera, por lo que no hay que criticarlas y tratar de apartarlas de nuestro día a día, sino hacerlas más amigables y aprender a utilizar las herramientas como corresponde, aunque también entiendo que es difícil, pero no imposible.
¿Qué estigmas y mitos tiene la sociedad acerca del cerebro?
Pues se suele decir que no usamos toda nuestra capacidad cerebral, y ese es uno de los grandes mitos. Ahora está muy de moda el culto al cuerpo: cada vez le damos más importancia al organismo, cuidamos qué le perjudica y qué le beneficia. Pero deberíamos darle al cerebro esa misma importancia, porque al final somos, en gran medida, nuestro cerebro. Funcionamos de una manera determinada por él, y si se altera su funcionamiento, nosotros también nos vemos modificados. No hace falta saber cómo funcionan las neuronas a nivel técnico, pero sí deberíamos conocer, por ejemplo, que conviene apagar las luces treinta minutos antes de dormir para que el descanso sea más propicio, el sueño sea posible y se evite el insomnio. En definitiva, igual que cuidamos el cuerpo, se trata de entender cómo funciona nuestro cerebro y hacer todo lo posible por favorecer aquello que le beneficia.