Antes de acariciar la gloria y poner el nombre de Álava en el segundo escalón de un Mundial de baloncesto femenino sub-17 el pasado 19 de julio, antes de recorrer medio mundo con el baloncesto como compañero de viaje, la entrenadora gasteiztarra Isabel Fernández fue una niña que corría por las canchas de Vitoria con unas gafas que llamaban la atención de todos.
Aquello ocurrió en el club de baloncesto La Blanca, donde nació un apodo que todavía hoy la acompaña: “Moses”. La referencia al legendario Moses Malone se quedó para siempre ligada a una jugadora que ya entonces empezaba a construir una personalidad que años después trasladaría a los banquillos.
“Cuando me preguntan un lugar en el mundo para hacer baloncesto, siempre digo Landazuri”
La historia de Isabel Fernández con el baloncesto empezó en Corazonistas, continuó en La Blanca y después en el Gasteiz, antes de dar el salto a una carrera como jugadora que la llevó por Oviedo, Burgos, Salamanca y León. Sin embargo, pronto descubrió que su lugar estaba en otra parte. “Ya me sentía más entrenadora que jugadora”, reconoce. El balón seguía siendo el mismo, pero su mirada había cambiado: ya no quería solo competir, quería ayudar a competir.
Si existe un lugar que resume su relación con este deporte. Un pabellón que para ella representa mucho más que una cancha. “Cuando me preguntan un lugar en el mundo para hacer baloncesto, siempre digo Landazuri”, asegura. Aunque la vida la haya llevado a Alemania, México, Paraguay o Madrid, esa raíz vitoriana sigue intacta. “Voy por el mundo haciendo mi camino, pero siempre como una alavesa orgullosa”, explica.
“Voy por el mundo haciendo mi camino, pero siempre como una alavesa orgullosa”
Una vida de retos
El camino desde aquellas pistas hasta los grandes escenarios internacionales no fue sencillo. Tras 22 años construyendo su propio proyecto en León, Fernández decidió abandonar su zona de confort y probar suerte fuera de España. Vivió seis temporadas en Alemania y compaginó esa experiencia con etapas en México y Paraguay. Una trayectoria que refleja una constante: nunca dejó de buscar nuevos desafíos.
Su vínculo con la Federación Española de Baloncesto arrancó en 2004, aunque durante años fue una relación intermitente. Regresó en 2011 con el proyecto de El Collell para trabajar con la academia de iniciación y, más adelante, fue entrenadora ayudante de la Selección sub-18 en 2016.
Su regreso definitivo a los banquillos de la Selección llegó de la mano del director deportivo de la FEB, José Ignacio Hernández. Con la sub-16 logró proclamarse campeonas del Eurobasket el año pasado, mientras que con la sub-17 firmó este meritorio segundo puesto en el Mundial.
Su manera de entender el baloncesto también nació de experiencias alejadas de una pista convencional. Durante una etapa entrenó en la prisión de Mansilla de las Mulas, una vivencia que, según explica, modificó su forma de mirar a las personas.

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Esa idea es la base de su trabajo diario. Fernández insiste en que un entrenador no puede limitarse a gestionar jugadoras. “Siempre trabajo con personas antes que jugadoras”, sostiene. Su método mezcla exigencia y cercanía, dos conceptos que para ella van unidos.
Su carácter también le ha provocado dificultades en una profesión donde durante años una mujer entrenadora con personalidad fuerte tuvo que abrirse camino entre muchos prejuicios. Fernández comenzó a entrenar a finales de los noventa y recuerda que ser una mujer con ideas claras no siempre fue sencillo: “Se me ha penalizado mucho por ser una mujer con carácter en un mundo de hombres”.
Actualmente reside en Madrid, ciudad a la que se mudó por su mujer. En la capital compagina su labor en las categorías inferiores de la Selección Española con la gestión de club: cuando no está con el equipo nacional, Isabel ejerce como directora general del Club Baloncesto Alcobendas.
El Mundial de la resiliencia
Toda esa trayectoria desembocó en el Mundial sub-17 de baloncesto, el escenario donde la selección española puso a prueba todos los valores que Fernández lleva años defendiendo. El equipo terminó conquistando la medalla de plata tras competir hasta el límite contra Estados Unidos, aunque el camino estuvo marcado por las dificultades.

La Euroliga agita sus banquillos
La selección perdió antes del torneo a Claudia Lozano, capitana y una de sus grandes referencias. Durante la competición también cayó Ona Ballesté, segunda capitana y una de las tiradoras más importantes de la generación, y en la final Isabel Hernández tuvo que abandonar momentáneamente la pista tras sufrir una brecha en la barbilla. “Nos pasó de todo”, resume la entrenadora vitoriana.
Pese a todo, España nunca dejó de competir. Fernández define a sus jugadoras como “guerreras” y “gladiadoras”. A su juicio, la gran victoria del equipo fue mantener la identidad hasta el final: “La gente cree que el baloncesto es meter canastas, pero el baloncesto son muchas más cosas: rebotear, defender, ayudar, correr”.
Fuerza del equipo
“Cambiaría el reconocimiento a mejor entrenadora directamente por la medalla de oro”
La final dejó una mezcla de orgullo y frustración. Fernández considera que España presentó una propuesta diferente a la estadounidense, basada en el colectivo frente al talento individual. Aunque fue elegida mejor entrenadora del Mundial sub-17, resta importancia a ese reconocimiento: “Lo habría cambiado directamente por la medalla de oro”.
Después de una vida dedicada al baloncesto, Isabel Fernández sigue teniendo claro qué la mueve. No habla de premios ni de reconocimientos, sino de una palabra que repite como una filosofía vital: excelencia.
Si pudiera sentarse hoy con aquella niña de 12 años que jugaba en Vitoria con unas gafas que terminaron dándole un apodo, no le hablaría de Mundiales ni de medallas. Le hablaría del camino.
Porque después de recorrer medio mundo, Isabel Fernández sigue teniendo muy claro de dónde viene. La entrenadora de la selección española que dirigió a España en una final mundialista sigue siendo aquella niña del club La Blanca, aquella jugadora de Landazuri y aquella alavesa que, pese a todo lo vivido, mantiene la misma sensación: “Voy al chupinazo y me siento muy alavesa. La vida me va a llevar a Vitoria, eso seguro”.