Las quemaduras graves no solo dejan marcas visibles en la piel. Sus consecuencias pueden prolongarse durante años y afectar a aspectos tan básicos como caminar, vestirse, trabajar o relacionarse con otras personas. La pérdida de fuerza muscular, la rigidez, el dolor o el impacto psicológico reducen la autonomía de quienes han sufrido este tipo de lesiones. Ahora, una investigación de la Universidad de Granada concluye que el ejercicio terapéutico puede convertirse en una herramienta clave para recuperar la calidad de vida de estos pacientes.
El estudio, desarrollado por investigadores del grupo CTS-009 ‘Innovación, monitorización y seguimiento en fisioterapia, terapia ocupacional y biomedicina’, demuestra que los programas de ejercicio bien diseñados mejoran tanto las capacidades físicas como el bienestar emocional de las personas que han sufrido quemaduras de consideración.
Más allá de la piel: las secuelas invisibles de las quemaduras
La recuperación tras una quemadura grave es mucho más compleja de lo que suele percibirse. Además del daño cutáneo, el organismo experimenta una intensa respuesta inflamatoria que puede prolongarse durante meses e incluso años.
«Tras una quemadura grave, el cuerpo entra en una situación compleja: inflamación elevada, pérdida de masa muscular, fatiga y rigidez. Esto hace que el reposo prolongado, aunque a veces necesario al inicio, tenga efectos negativos si se mantiene en el tiempo», explica Javier Martín Núñez, fisioterapeuta e investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud de Melilla de la Universidad de Granada.
Durante años, gran parte de la investigación sobre rehabilitación mediante ejercicio se centró en población infantil. Sin embargo, los adultos presentan características fisiológicas diferentes y una percepción distinta de su calidad de vida, por lo que era necesario conocer con mayor precisión cómo responde este grupo de pacientes.
El ejercicio terapéutico actúa como una medicina
Los investigadores destacan que el movimiento controlado y adaptado puede desempeñar un papel similar al de un tratamiento médico complementario. El ejercicio favorece la circulación sanguínea, ayuda a recuperar masa muscular, mejora la movilidad articular y contribuye a la regeneración de tejidos.
Además, sus efectos van mucho más allá de la recuperación física. «Debido a la situación proinflamatoria en la que se encuentran los más mayores, es difícil estudiar cómo el movimiento y el ejercicio repercuten sobre la sintomatología, ya que podrían amplificar la respuesta inflamatoria si no son correctamente programados y adaptados; por ello, no cualquier actividad sirve», recuerda Javier Martín.
Los beneficios también alcanzan a la salud mental. La práctica de ejercicio adaptado contribuye a reducir la ansiedad y los síntomas depresivos, mejora la autoestima y facilita la adaptación psicológica tras una lesión que, en muchos casos, cambia profundamente la imagen corporal y la vida cotidiana de los pacientes.
Qué tipo de ejercicio ofrece mejores resultados
La investigación concluye que los programas más eficaces son aquellos que se diseñan de forma individualizada, teniendo en cuenta factores como la edad, la gravedad y extensión de la quemadura o la presencia de otras patologías.
«Esto es especialmente importante porque hay que diferenciar la edad, extensión de la quemadura o la presencia de otras enfermedades que puedan influir en la recuperación», señala el investigador.
Los programas analizados presentan habitualmente una frecuencia de entre tres y seis sesiones semanales, con una duración de entre 45 y 90 minutos y una intensidad adaptada a las capacidades de cada paciente. La combinación de ejercicio aeróbico y entrenamiento de fuerza es la estrategia que ofrece mejores resultados.
Un metaanálisis con 340 pacientes confirma los beneficios
Para llegar a estas conclusiones, el equipo de la Universidad de Granada realizó un metaanálisis que reunió los resultados de diferentes investigaciones y evaluó a un total de 340 pacientes con quemaduras graves.
Los datos muestran mejoras significativas en aspectos fundamentales para la vida diaria, como la movilidad, la independencia funcional y la capacidad para realizar actividades cotidianas. También se observaron avances relevantes en el bienestar emocional y en la adaptación psicológica de los pacientes.
Los investigadores subrayan que estos resultados refuerzan la necesidad de incorporar el ejercicio terapéutico como parte esencial de los protocolos de rehabilitación en grandes quemados.
La recuperación requiere un enfoque multidisciplinar
Pese a los beneficios observados, los autores insisten en que el ejercicio por sí solo no puede abordar todas las necesidades de estos pacientes.
La recuperación integral requiere la participación coordinada de diferentes profesionales sanitarios, entre ellos médicos, enfermeros, fisioterapeutas, nutricionistas y psicólogos. Solo mediante este enfoque multidisciplinar es posible responder a las complejas secuelas físicas, metabólicas y emocionales que dejan las quemaduras graves.
Los investigadores consideran que los sistemas sanitarios deberían reforzar los programas estructurados de rehabilitación y promover la continuidad del ejercicio a largo plazo para mantener sus efectos positivos.
«Es necesario invertir en programas de rehabilitación estructurados; además, se debe fomentar la continuidad del ejercicio a largo plazo para mantener los beneficios. La recuperación debe entenderse desde un enfoque global, no solo físico», explican los autores del trabajo.
La principal conclusión del estudio es clara: «el ejercicio no es solo una herramienta de rehabilitación, sino una parte esencial del tratamiento para recuperar la calidad de vida de esta población».

