En el Pirineo de Lleida hay ciclistas disfrutando de la belleza en el paisaje y mejores temperaturas

Hay una mística que solo se respira cuando los puertos superan los dos mil metros, esa barrera invisible donde el aire escasea y la historia aprieta.

El verano invita a pedalear lejos del ruido y el Pirineo de Lleida guarda entre sus pliegues un territorio mitológico para quien busca medirse de verdad, revivir batallas leídas en crónicas antiguas y escribir sus propias leyendas sobre dos ruedas.

El viaje arranca inevitablemente en la Bonaigua, el auténtico coloso que vertebra el territorio.

CCMM Valenciana

Da igual por dónde lo ataques.

Subir desde Esterri Aneu implica un pulso constante de casi veinte kilómetros al seis por ciento, rozando el emblemático refugio de la Mare de Déu d’Ares sobre un asfalto perfecto.

Si optas por la vertiente aranesa desde Salardú, la cosa cambia: tras el calentamiento previo desde Vielha, los porcentajes muerden con fuerza hasta alcanzar rampas del once por ciento.

En la cima, el premio es doble, pues la zona invita a enlazar con joyas como el Pla de Beret o la recóndita subida als Banhs de Tredòs.

Pero Lleida es mucho más que un único gigante.

En el solitario Solsonès, la Serra-seca guarda el eco de aquel Tour de 2009, cuando pasó por aquí camino de Andorra con un pelotón lleno de estrellas, Alberto Contador y Lance Armstrong, entre otros.

Sus primeros ocho kilómetros son un suplicio con picos del catorce por ciento hasta el Coll Pregon, antes de adentrarse en ese altiplano donde un monumento ciclista rinde tributo a la gesta.

Cerca de allí, el Port del Comte exige constancia en sus casi treinta kilómetros de esfuerzo encadenando altos desde Solsona.

Si buscas relato Tour, el Portilló te abre las puertas de Francia a través de la Vall d’Aran, serpenteando en un trazado clásico de ocho kilómetros exigentes.

Para quienes disfrutan de las estaciones de esquí, Port Ainé representa la vertiente más salvaje con sus diecinueve kilómetros de asfalto rugoso y dureza continuada.

Boí Taüll ofrece la cara opuesta: una ascensión épica que supera los dos mil metros mientras el románico queda abajo en el valle.

Y si se trata de enlazar comarcas, el Coll del Cantó despliega su carácter irregular desde Adrall, regalando tramos del nueve por ciento que obligan a cambiar de ritmo constantemente.

El Pirineo aguarda; solo falta la bicicleta.