El mar no entrega solo restos. En la playa de Santa Marina, en Ribadesella, deja maderas pulidas por las corrientes, el viento y la arena, con una forma que conserva un viaje incierto. María Babot y Víctor Trabazo llevan unos cinco años recogiéndolas sin prisa y convirtiendo parte de aquellos hallazgos en esculturas. Ese trabajo comparte ahora espacio con las fotografías de faros de Julio Herrera en la exposición “Diálogos”, instalada en la Casa de Cultura de Colunga hasta el 30 de julio.
El hallazgo
La iniciativa nació de Víctor Trabazo, pareja de Babot, que llevaba tiempo fijándose en las maderas de deriva durante sus paseos. No hay una búsqueda compulsiva, sino una educación de la mirada: «Vas viendo maderas y vas aprendiendo, porque con el tiempo también ves cuáles merecen la pena y cuáles no», explica Babot.
El peso es el primer criterio de selección. «Cuanto más pesa una madera, mejor es», señala la creadora. Después cuenta la textura, en especial la de esos fragmentos que el agua ha redondeado una y otra vez. Ahí reside, dice, parte de su atractivo: «Llevan un viaje, a saber de dónde». La incógnita sobre su procedencia y el modo en que alcanzaron la orilla forma parte de la obra antes de que pase por el taller.
No imponerse
Cada pieza sigue una senda distinta. Algunas se limpian, se secan, se pulen y se barnizan, pero se mantienen sin modificar, porque «por sí mismas ya son esculturas». Otras dan pie a una intervención más interpretativa, con pintura al agua y un barniz específico para madera. La premisa es observar qué contiene cada trozo y actuar desde ahí, sin borrar las marcas que le dejó el Cantábrico.
El taller está en el comedor de la vivienda de la pareja y puede llenarse de maderas durante semanas. Babot las mira, las toca y las vuelve a mirar hasta que aparece una asociación: «Un día, de golpe, cobra sentido». En otras ocasiones, añade, «la pieza misma te está diciendo: ‘Conviérteme en este personaje'».

Esculturas con madera de deriva de la exposición / M. T. N.
Tiempo y paciencia
El proceso no obedece a un calendario fijo. Una madera puede esperar dos años antes de encontrar su destino, pasar por varias tentativas o quedar desatendida hasta que una nueva mirada resuelve la pieza. «La coges, la dejas, la vuelves a coger, la modificas, no le haces caso…», relata Babot. El tramo final puede concentrarse en un mes de trabajo seguido; otras veces, la solución surge de una sola vez.
Ese diálogo entre azar y creación articula también la muestra de Colunga. Las fotografías de Julio Herrera, con el mar y los faros como motivo, llegaron al proyecto a través de una persona común que puso en contacto a los autores. El resultado vincula la imagen de la costa con objetos en los que el paso del mar permanece inscrito.
Doble mirada
La exposición propone además una lectura del material recuperado. Babot cree que las piezas no intervenidas pueden «cambiar la mirada sobre la orilla del mar», aunque admite que habrá visitantes que prefieran las maderas en su estado original y otros que conecten con las que están pintadas. «Hay puntos de vista distintos», resume.
Las primeras reacciones han sido, según la artista, de sorpresa agradable ante el montaje y la belleza de las obras. Su aspiración, no obstante, es sencilla: «Con que salgan contentos y su paseo por la exposición haya sido un momento agradable, me siento muy satisfecha». En esa escala íntima, “Diálogos” devuelve a la playa lo que la playa ya había empezado: una historia de tiempo, erosión y formas posibles.
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