El fuego ya no responde a las reglas de antes. Durante décadas, la imagen habitual de una emergencia en el monte se reducía a un mismo patrón: las llamas avanzaban empujadas por el viento y los equipos de extinción intentaban cortarle el avance con mangueras y descargas de agua desde helicópteros o camiones. No tendía a ir a más. Sin embargo, las imágenes de las últimas semanas en los incendios que castigan la península y, muy especialmente, el fuego que arrasa estos días en las Landas francesas al otro lado de la muga o en Madrid, han vuelto a dejar una estampa dolorosa. Tristemente no son episodios desconocidos, sino que se suman a la trágica huella dejada en los últimos tiempos por los grandes siniestros de Tenerife, León o Almería, donde el fuego se ha cobrado vidas humanas. Los llamados incendios de sexta generación han roto por completo el esquema tradicional: son fenómenos tan gigantescos y violentos que los métodos de siempre ya no bastan.

Lo que vuelve realmente temibles a estas nuevas llamas es su comportamiento extremo. Liberan tanta energía que son capaces de alterar la atmósfera que las rodea, alcanzar una velocidad de propagación inédita y generar su propio clima. El desencadenante técnico suele ser la llamada «regla del 30-30-30», un escenario donde se juntan entre sí temperaturas por encima de los 30 °C, humedades inferiores al 30% y vientos que superan los 30 kilómetros por hora. Como explica Fernando Valladares, científico y divulgador medioambiental del CSIC, esta situación «se supera ampliamente durante cada vez más días seguidos y no hay vegetación ni gestión forestal que lo resista».

Bajo esas condiciones extremas, cuando arde tanta masa forestal a la vez, se libera una energía similar a la de una explosión nuclear y se crea una columna gigantesca de humo y cenizas, así como indica Valladares.

Continúa bajando para reproducir el vídeo en scroll.

«Cuando un incendio empieza a coger tamaño, se genera una célula convectiva cada vez mayor que en las partes altas forma nubes de gran tamaño cargadas de ceniza, denominadas pirocúmulos.

Esta gran nube tiene una fuerza para oxigenar enorme en la base de las llamas. Al ascender, genera una succión que atrae aire nuevo enriquecido en oxígeno justo abajo.

Es el llamado ‘efecto fragua’, donde la enorme masa de aire caliente chupa oxígeno sin parar desatando una virulencia ingobernable».

«Los cortafuegos se quedan ridículos. No hay uno capaz de cortar el fuego ante una célula convectiva que tiene 3.000 o 4.000 metros de altura», advierte Valladares. La dimensión del fenómeno se entiende mejor con una sola cifra: «En solo 3.000 hectáreas quemadas se desprende la energía equivalente a la bomba atómica de Hiroshima», remata.

Gran extensión y magnitud, abarcando áreas enormes

Imprevisibilidad y dificultad de control, crean sus propios fenómenos meteorológicos y dificultan cualquier tipo de predicción o control

Múltiples frentes activos, estos fuegos inician nuevos focos a distancia

Alta intensidad y rapidez, se propagan de manera incontrolable

Gran extensión y magnitud, abarcando áreas enormes

Imprevisibilidad y dificultad de control, crean sus propios fenómenos meteorológicos y dificultan cualquier tipo de predicción o control

Múltiples frentes activos, estos fuegos inician nuevos focos a distancia

Alta intensidad y rapidez, se propagan de manera incontrolable

Gran extensión y magnitud, abarcando áreas enormes

Imprevisibilidad y dificultad de control, crean sus propios fenómenos meteorológicos y dificultan cualquier tipo de predicción o control

Múltiples frentes activos, estos fuegos inician nuevos focos a distancia

Alta intensidad y rapidez, se propagan de manera incontrolable

Gran extensión y magnitud, abarcando áreas enormes

Imprevisibilidad y dificultad de control, crean sus propios fenómenos meteorológicos y dificultan cualquier tipo de predicción o control

Múltiples frentes activos, estos fuegos inician nuevos focos a distancia

Alta intensidad y rapidez, se propagan de manera incontrolable

Esta reacción en cadena no surge de la nada, sino que tiene su raíz directa en el impacto del cambio climático y en la acumulación de material seco en los montes. Como apunta el propio Valladares, «estamos viendo globalmente que el número de incendios tiende a disminuir, aunque es algo que varía mucho de año en año. Lo que por el contrario va aumentando es la superficie quemada en cada incendio». El problema principal es que los árboles, arbustos y plantas del bosque llegan al verano completamente deshidratados por culpa de las olas de calor cada vez más tempranas e intensas. Como él mismo indica, «el combustible lo aporta el cambio climático desecando extraordinariamente la vegetación. Con estas olas de calor y sequías muy intensas, hace que lo que pueda ser vegetación se convierta en material seco inflamable». A esto se suma que en los pueblos ya no se recogen las ramas ni hay tanto ganado limpiando el monte de forma natural, por lo que el matorral se acumula año tras año y se convierte en verdadero combustible.

CONSECUENCIAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Olas de calor y sequías muy intensas que provocan la desecación de la vegetación, creando combustible para la propagación de los incendios

Aumento de la ignición: relámpagos, rayos y tormentas secas

CONSECUENCIAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Olas de calor y sequías muy intensas que provocan la desecación de la vegetación, creando combustible para la propagación de los incendios

Aumento de la ignición: relámpagos, rayos y tormentas secas

CONSECUENCIAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Olas de calor y sequías muy intensas que provocan la desecación de la vegetación, creando combustible para la propagación de los incendios

Aumento de la ignición: relámpagos, rayos y tormentas secas

CONSECUENCIAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Olas de calor y sequías muy intensas que provocan la desecación de la vegetación, creando combustible para la propagación de los incendios

Aumento de la ignición: relámpagos, rayos y tormentas secas

Esa acumulación genera una contradicción muy peligrosa para los equipos de emergencia. Hoy en día los bomberos son extremadamente rápidos apagando casi cualquier aviso inicial, pero al no dejar que el monte queme un poco de hierba seca de vez en cuando, el bosque se llena de material inflamable o combustible que lo retroalimenta. Federico Grillo, vocal del Colegio Oficial de Ingenieros Forestales (COIF), lo ilustra con precisión: «Somos increíblemente eficientes apagando fuegos, pero basta con que se nos escape un pequeño porcentaje, apenas un 1% o un 0,1% de los avisos, para que ese único incendio queme el 99,9% del territorio. Todo lo que no se había quemado en intervenciones anteriores se lo traga ese solo fuego». Cuando el calor sofocante seca incluso la parte superior de las copas de los árboles, el peligro es inmediato. En ese sentido, Grillo enfatiza que «lo peligroso de los incendios actuales es que empieza a arder la parte viva del bosque. Las copas de los árboles y la vegetación, que en verano debería estar hidratada y verde, se deshidratan y contribuye a generar más llamas».

Imagen - «El combustible para el incendio lo aporta el cambio climático desecando por completo la vegetación»

«El combustible para el incendio lo aporta el cambio climático desecando por completo la vegetación»

Fernando Valladares

Científico e Investigador del CSIC

Llegados a ese extremo, la estrategia para la operación cambia por completo. Grillo, con 27 años de experiencia en el sector a sus espaldas, compara la dinámica de estos megaincendios con la de un desastre natural: «Hay que entender el fuego como una avalancha. El viento y la pendiente lo empujan en un eje de propagación. Si la cabeza del incendio lleva llamas de 20 o 30 metros de altura, en esa zona no se puede hacer nada; es una zona a evitar a toda costa. Tienes que enviar a tus medios a donde sí se pueda trabajar y apartar a todo el mundo de la línea de peligro». La operación en la zona pasa a consistir en un protocolo. «Si el fuego es pequeño normalmente entras por cualquier lado», explica. Pero cuando evoluciona, el escenario se complica: «Si ya empieza a presentar una zona peligrosa en la cabeza y dos flancos, es complejo. Normalmente, por protocolo, vas desde la cola hacia la cabeza. Si tú eres más rápido que el fuego consigues hacerlo, pero si el incendio corre muy rápido, se te va». En ese punto, los mandos evalúan si el frente avanza hacia zonas habitadas, «donde ya habría casas en el monte que antes no ardían y de esta forma la gestión de seguridad y Protección Civil se complica de forma extrema».

De la avalancha a lo robótico

En fuegos fuera de capacidad de extinción por su gran magnitud, el agua que recoge un helicóptero tradicional o un camión normal y corriente no basta. De hecho, para intentar arañar tiempo en esa carrera, los servicios de emergencia han adaptado sus herramientas en los últimos episodios. No son nuevas, sino que han usado otros medios que también han encajado para combatir contra el fuego.

Continúa bajando para reproducir el vídeo en scroll.

Al otro lado de la muga, en Las Landas, han desplegado el avión militar Airbus A400M, que está equipado con un sistema de extinción de incendios.

El avión es capaz de descargar hasta 20.000 litros de agua o líquido retardante en apenas 10 segundos en más de 400 metros de largo.

El sistema de lanzamiento instalado permite liberar a baja altitud y de una sola pasada el producto. Precisamente en él han descargado su primer lanzamiento del líquido retardante de incendios, también conocido como ‘polvo rosa’.

Continúa bajando para reproducir el vídeo en scroll.

Los retardantes de incendios son compuestos químicos diseñados para reducir la inflamabilidad de la vegetación, modificar la combustión de la celulosa y ralentizar el avance de las llamas.

Ha sido en el incendio de las Landas la primera vez que se ha utilizado un Airbus A400M para transportar este producto.

En España, por ejemplo, siguen apoyándose en los hidroaviones anfibios diseñados específicamente para incendios forestales o de helicópteros bombarderos con una capacidad mínima de 3400 litros.

MEDIOS AÉREOS DE EXTINCIÓN EN INCENDIOS FORESTALES

AVIÓN ANFIBIO TIPO 1 (FOCA)

Su naturaleza anfibia que le permite cargar directamente en ríos, embalses o en el mar, tiene una capacidad entre 5.500 y 6.000 litros para carga de agua

AVIÓN ANFIBIO TIPO 2 (ALFA)

Depósito integrado en el avión diseñado para trabajar en la extinción de incendios forestales, la capacidad mínima del tanque es de 2.000 litros

Necesitan un aeródromo o aeropuerto para cargar agua. Capacidad para utilizar retardante de largo plazo, son rápidos y maniobrables. Capacidad mínima de 2.000 litros

Se utiliza en operaciones de vigilancia, observación de incendios, transmisión de imágenes y labores de coordinación de los medios aéreos que participan en el incendio forestal

Helicópteros biturbina provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 3.400 litros

Encargados de transportar a las BRIF, y provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 1200 litros, que permite apoyar el trabajo de dichas brigadas con descargas de agua

Helicópteros monoturbina de uso general para la extinción, y provistos de un helibalde con una capacidad menor a los 1.000 litros

MEDIOS AÉREOS DE EXTINCIÓN EN INCENDIOS FORESTALES

AVIÓN ANFIBIO TIPO 1 (FOCA)

AVIÓN ANFIBIO TIPO 2 (ALFA)

Su naturaleza anfibia que le permite cargar directamente en ríos, embalses o en el mar, tiene una capacidad entre 5.500 y 6.000 litros para carga de agua

Depósito integrado en el avión diseñado para trabajar en la extinción de incendios forestales, la capacidad mínima del tanque es de 2.000 litros

Necesitan un aeródromo o aeropuerto para cargar agua. Capacidad para utilizar retardante de largo plazo, son rápidos y maniobrables. Capacidad mínima de 2.000 litros

Se utiliza en operaciones de vigilancia, observación de incendios, transmisión de imágenes y labores de coordinación de los medios aéreos que participan en el incendio forestal

Helicópteros biturbina provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 3.400 litros

Encargados de transportar a las BRIF, y provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 1200 litros, que permite apoyar el trabajo de dichas brigadas con descargas de agua

Helicópteros monoturbina de uso general para la extinción, y provistos de un helibalde con una capacidad menor a los 1.000 litros

MEDIOS AÉREOS DE EXTINCIÓN EN INCENDIOS FORESTALES

AVIÓN ANFIBIO TIPO 1 (FOCA)

Su naturaleza anfibia que le permite cargar directamente en ríos, embalses o en el mar, tiene una capacidad entre 5.500 y 6.000 litros para carga de agua

AVIÓN ANFIBIO TIPO 2 (ALFA)

Depósito integrado en el avión diseñado para trabajar en la extinción de incendios forestales, la capacidad mínima del tanque es de 2.000 litros

Necesitan un aeródromo o aeropuerto para cargar agua. Capacidad para utilizar retardante de largo plazo, son rápidos y maniobrables. Capacidad mínima de 2.000 litros

Se utiliza en operaciones de vigilancia, observación de incendios, transmisión de imágenes y labores de coordinación de los medios aéreos que participan en el incendio forestal

Helicópteros biturbina provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 3.400 litros

Encargados de transportar a las BRIF, y provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 1200 litros, que permite apoyar el trabajo de dichas brigadas con descargas de agua

Helicópteros monoturbina de uso general para la extinción, y provistos de un helibalde con una capacidad menor a los 1.000 litros

Medios aéreos de extinción en incendios forestales

AVIÓN ANFIBIO TIPO 1 (FOCA)

Su naturaleza anfibia que le permite cargar directamente en ríos, embalses o en el mar, tiene una capacidad entre 5.500 y 6.000 litros para carga de agua

AVIÓN ANFIBIO TIPO 2 (ALFA)

Depósito integrado en el avión diseñado para trabajar en la extinción de incendios forestales, la capacidad mínima del tanque es de 2.000 litros

Necesitan un aeródromo o aeropuerto para cargar agua. Capacidad para utilizar retardante de largo plazo, son rápidos y maniobrables. Capacidad mínima de 2.000 litros

Se utiliza en operaciones de vigilancia, observación de incendios, transmisión de imágenes y labores de coordinación de los medios aéreos que participan en el incendio forestal

Helicópteros biturbina provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 3.400 litros

Encargados de transportar a las BRIF, y provistos de un helibalde con una capacidad mínima de 1200 litros, que permite apoyar el trabajo de dichas brigadas con descargas de agua

Helicópteros monoturbina de uso general para la extinción, y provistos de un helibalde con una capacidad menor a los 1.000 litros

Más cerca, a escala local, el dispositivo enviado por la Diputación de Bizkaia para apoyar el pasado fin de semana las labores de extinción de incendios en Madrid utilizó unos robots claves para tratar de evitar el avance del fuego. Se trataba de unas desbrozadoras todoterreno a control remoto que permitían retirar la vegetación al triturar los matorrales para así reforzar las líneas de defensa en áreas especialmente complejas y peligrosas.

«A veces, tirar agua no sirve»

Sin embargo, por muy avanzada que sea la tecnología, el fuego de sexta generación impone límites físicos que están fuera del alcance de un humano. En la cabeza del incendio, el problema ya no es la falta de medios, sino la temperatura. «Hemos pasado de los antiguos operarios a un cuerpo súper profesionalizado, pero hay un techo», advierte Grillo de forma tajante. «A veces, ante frentes con llamas de 40 o 50 metros que generan sus propios vientos, tirar más agua a la cabeza no sirve de nada».

En ese punto, los operarios cambian el rol del agua, que pasa a un segundo plano para usarse para refrescar los flancos o proteger viviendas, y recurren a medios convencionales como el «fuego técnico». «La clave es tener el terreno preparado de antemano para que baje la intensidad. Si la cabeza va desatada, calculas dos o tres kilómetros por delante y provocas una quema controlada y planificada. Es decir, creas una franja sin vegetación para que, cuando el incendio principal llegue, se quede sin combustible y se detenga», detalla. Y si tampoco es posible ejecutar esa maniobra con seguridad, la realidad impone la prudencia: «No queda más remedio que esperar y dejarlo arder hasta que cambien las condiciones meteorológicas o alcance un terreno favorable, como zonas agrícolas o viñedos, donde sí podamos atacarlo».

Imagen - «El bosque es un lugar maravilloso, pero en estas condiciones, o tienes el territorio preparado y gestionado en invierno, o prepárate para sufrir un susto enorme»»

«El bosque es un lugar maravilloso, pero en estas condiciones, o tienes el territorio preparado y gestionado en invierno, o prepárate para sufrir un susto enorme»»

Federico Grillo

Vocal del Colegio Oficial de Ingenieros Forestales

Ni la aviación militar de gran tonelaje ni métodos como el fuego técnico pueden sustituir la necesidad de intervenir sobre el paisaje durante todo el año. Valladares advierte de que «es un error contratar a bomberos solo a partir de junio porque si en primavera hay sequía, el territorio ya llega predispuesto». La lección de estos incendios de sexta generación exige poner el foco desde antes. Como concluye Grillo, «el gran reto es entender el bosque con otros ojos: es un lugar maravilloso, pero en estas condiciones, o tienes el territorio preparado y gestionado en invierno, o prepárate para sufrir un susto enorme».