Escuchando recientemente un antiguo podcast de RockZone dedicado a U2 me dio por intentar dar una tentativa a los lanzamientos de este año de los irlandeses, dada sus buenas críticas. Escribo esto después de recibir ayer en triple vinilo un directo de la gira de Achtung Baby, un bootleg con sonido de mesa de mezclas. Son uno de mis diez grupos favoritos y su música tiene tantos significados en mi trayectoria existencial y, quiero creer, en la sociedad, que aún recurro incluso a grabaciones ilegales para seguir acrecentando mi vida, tanto de forma lúdica o más reflexiva, con ellos.

Antes de hablar de los últimos dos singles, debemos retrasarnos unos meses.

Coincidiendo con el miércoles de ceniza y el viernes santo U2 sacaron un par de EP’s: Days Of Ash y Easter Lily. El primero, dedicado al terrible estado del mundo, tratando el asesinato de Renée Good, el genocidio en Gaza y otras muertes innecesarias como la de la adolescente iraní Sarina Esmailzadeh o el activista palestino Awdah Hathaleen. A diferencia de mucha gente, no me tomo frívolamente el trabajo social de Bono, que haya convertido en ocasiones a U2 en su vehículo para conducirse por esas carreteras. Lo espiritual y las injusticias son temas que llevan tratando toda su discografía.

El problema es que desde la banda sonora The Million Dollar Hotel sólo han editado material prescindible, tedioso en la mayoría de los casos. Alguna vez das con alguna canción superlativa, algo que en ellos era habitual y en estos veintisiete años se torna extraordinario por su condición de rareza. Ya lo escribió su compatriota Oscar Wilde, y que quede claro que me refiero con esta cita  al arte, no estamos para caer en ambigüedades éticas, que “las cosas peores se hacen siempre con las mejores intenciones”.

En las seis canciones sólo se salva la intimista ‘The Tears If Things’. Hay ecos de belleza en el poema del poeta israelí Yehuda Amichai recitado por Adeola con música de U2, y algunos buenos arreglos de guitarra y melodías en ‘One Life At The Time’. De la pieza final con Ed Sheeran y un cantante ucraniano prefiero omitir mi opinión. Duele. U2 antes podían remover conciencias y a la vez populares. Ahora no. No es su época y seguro que tampoco la mía.

Retrocediendo con el Delorean de la nostalgia, reitero que U2 fueron y son más que un grupo para mí, que sirvieron de bisagra entre mi etapa de niñez y adolescencia. Cual recuerdo de Roy Batty, en mi memoria está una noche con la casa a oscuras poniendo el vinilo de The Joshua Tree sabiéndome de un ritual sagrado. Todo lo anterior y casi todo lo posterior (hasta Pop incluido)  me hipnotizó de diferentes y fascinantes formas. Quizá por eso este vacuo dolor de escuchar cada entrega esperando algo que vuelva a ser relevante,  que me haga sentir lo que sentía con un querido amigo persiguiendo bootlegs del ‘Pop Mart’. Porque incido, me han marcado y queda cicatriz emocional. Al menos a mí eso me influye. Por eso salí rasgándome las vestiduras del estadio de Anoeta en la gira de ‘Vertigo’, prometiéndome no volver a caer en la tentación de volver a verlos. Qué insulto escuchar algo tan inane como esa canción de inicio y cierre de concierto. Porque U2 es Gonzalo en Londres guareciéndome una vez al año y Berlín con Portu y Dalia, gente por la que darías tu vida. Esas canciones son personas que están y otras que han pasado a ser fantasmas en la memoria, o se encuentran en ese tránsito. Algunos comprenderán vivir así la música, otros no. Bono y cía.,  igual que miles de personas cada día, lo intentan y no lo logran. Parece que nadie escucha este estertor tan largo que nos atraviesa la mente y el corazón. Este 2026 con sabor a pesadilla fascista.

Rebajemos la intensidad. El segundo EP no trata temas tan internacionales y relevantes  en un mundo que se nos está acabando y no provoca esas sensaciones de herida abierta. Easter Lily trata de las relaciones entre las personas, lidiar con los adioses no queridos, eso que llevamos haciendo desde que el ser humano es humano. Con un punto de esperanza (el disco se sustenta en la primavera estado redentor y el disco Easter de Patti Smith),  ‘Songs For Hall’ contraría. Digo contraría porque encontrarte un tema de apertura que llega al aprobado en U2 no es lo que esperas actualmente. No me refiero a un diamante, pero sí de algo que no te importa escuchar dos veces seguidas. Habla de su fallecido amigo y genio Hall Wilner. Los más melómanos lo conoceréis.

‘In A Life’ vuelve a caer en el Leteo donde entregas lo que te resta en la vida. Hablará de amistad y algunos la encontrarán evocadora. No termina de acercarse a la emoción hímnica que pretende abarcar. ‘Scars’ me parece igual de intrascendente y se me pasa por la cabeza que demasiado esfuerzo es dedicarle tanto tiempo a escuchar estos EP’s. ‘Resurrection’ es otra canción que mañana ni me acordaré de que existe. Easter Parade parece un descarte de All That You Can`t  Leave Behind. Todavía no sé si es un elogio o un insulto. En ‘COEXIST’ se nota la mano de Brian Eno, su cadencia ambiental con la voz de un Bono que va bien hasta que lo estropea todo modificando precisamente su instrumento natural con algún tratamiento electrónico. Ni con Eno se salvan. Porque me parece que este Eno se parece más al que da charlas de teoría sónica a esos dictadores de la felicidad que son Coldplay que al que hizo evolucionar a una pandilla que parecía sin salida y creó el milagro de The Unforgettable Fire.

Una buena de once canciones, ese es el saldo final. Me digo a mí mismo que estas dos mediocridades resultan el equivalente contrario a la majestuosidad de unos cuántos discos que, ni aunque ellos intentarán joder, caso de Songs Of Surrender, pueden borrar. En esta época de celeridad estos epés ya son añoranza para algunos fans.

Hace unas semanas recibí un correo electrónico genérico de su discográfica anunciando ese gran single humanitario que es ‘Street Of Dreams’, primer adelanto del que será su próximo álbum de estudio. Con todo tipo de detalles y matices, como si fuera el informe de un asalto militar presumiendo de su estrategia, te explicaban el por qué y toda la retahíla de trofeos y récords que U2 han roto desde su nacimiento en el crepúsculo de los setenta hasta ese último álbum destrozando clásicos y los EP’s. Cuando hablé con Steve Lillywhite, productor y amigo de los protagonistas, me reconoció que desde ‘Vertigo’ ya no han tenido una canción insigne a nivel popular. Preferí evitar alguna disputa dialéctica en cuanto a lo terrible que esa canción es. Lo único real es que, en efecto, el famoso tema que empezaba en español resultó un éxito global y aunque U2 sigan llegando al número uno, es una cuestión más de inercia que de verdadera exposición mediática y relevancia entre los aficionados a la música, sin géneros circunscritos.

Todo ese rollo de que una familia mexicana ante un error de generadores les cedió su balcón para tocar el tema y grabar el vídeo clip frente a fans del país de Café Tacuba me parece publicidad gratuita e innecesaria. ‘Street Of Dreams ‘es el mínimo común denominador. Una canción que hubiera sido preferible borrar en el estudio de grabación.  Entiendo la jugada pero el disparo les ha salido, nuevamente, fallido. Precisamente ahora Bono debería ejercer aún más su posición de activista político frente la amenaza fascista que sobrevuela media Europa, algunos países latinoamericanos y Estados Unidos. Y, claro está, el genocidio palestino perpetrado por el estado de Israel. Honestamente, no me importaría que Bono se tuviera que hacer fotos incómodas para poder alcanzar acuerdos. Ha pasado por eso antes, acordaros de Bush Jr. o Tony Blair.  Veo más necesario a un Bono que deje en barbecho la música y haga de mediador que estas canciones que sólo apreciarán los que no tengan sentido crítico para con la banda.

Hace tres días sacaron otro single, con un tal Martin Garrix que he tenido que buscar en la red de redes quién es. Un DJ holandés. Vale. El tipo no ha sabido insuflar nada positivo a U2. Ese ‘Fireflies’ suena a ellos porque ya sabemos cómo tocan, pero no encuentro nada relevante en la pieza. Si tengo que comentar algo estimulante de U2, es su residencia para varios conciertos en la esfera famosa de Las Vegas. Tocaban grandes temas con solvencia, no hacía falta mirarlos (la vejez no perdona) optando por recrearse en los visuales. Recuerdo que incluso le planteé a un amigo ir y tomarnos algún alucinógeno para potenciar aún más la experiencia y regresar con buen sabor de oídos y ojos.

U2 me obligan aún más a ser un turista de mi juventud. A conectar con la segunda parte de Trainspotting (quizá innecesaria pero notable). Porque yo no puedo empatizar con heroinómanos pero sí con esa crisis de media edad que recorre desde mi entrepierna, pasando por el corazón hasta el cerebro. Me parece que tiene más enjundia el magistral debut de Billie Eilish o el último disco de Olivia Rodrigo que lo que puedan hacer estos tipos. Aparte de que las voces de ambas sí que son escuchadas por las nuevas generaciones y tienen algo que decir, algo importante y urgente que decir.

Bono, ni MacPhisto ni The Fly hubieran llegado a pensar que su impacto iba a ser más atemporal y duradero que lo que puedas cantar hoy en día con The Edge, Larry y Adam. Lo escribo porque viajando en un Blablacar, ante un par de personas de veintipoco años que me defendían los espectáculos gigantescos de estrellas inanes del pop, les mostré en mi móvil lo que hacían ese presunto diablo y la mosca, y a quién llamaban. Se creyeron que era algo actual. Me consuelo pensando que me han dado tanto, algo potente hasta que sea la hora de mi estertor, que ya no necesito más de ellos.

IGNACIO REYO