Lejos de aportar claridad, la última reunión de la Reserva Federal ha sembrado nuevas dudas entre los inversores mientras que los gestores la consideran una de las citas más difíciles de interpretar de los últimos tiempos. El mensaje del presidente de la Fed Kevin Warsh sigue siendo firme en la lucha contra la inflación, pero la decisión de mantener los tipos de interés sin cambios y las escasas pistas sobre su evolución futura se están enfrentando con el escepticismo del mercado. La respuesta ha sido el aumento de la rentabilidad del bono estadounidense a 30 años hasta niveles no vistos desde 2007. En un escenario marcado por el repunte del petróleo y la persistencia de las presiones inflacionistas, los inversores empiezan a preguntarse cuánto tiempo más podrá permitirse la Fed seguir esperando a vislumbrar la evolución de los precios.
El mercado ha redoblado las ventas de deuda a largo plazo. La rentabilidad del bono estadounidense a 30 años se dispara 14 puntos básicos en dos sesiones hasta alcanzar el 5,23%, su nivel más alto desde junio de 2007. La reacción refleja una preocupación creciente por la capacidad de la Reserva Federal para devolver la inflación a su objetivo del 2%. Después de cinco años consecutivos con los precios creciendo por encima de esa meta, cada vez son más los inversores que dudan de que la estabilidad pueda recuperarse sin un endurecimiento adicional de la política monetaria.
Como consecuencia, exigen una mayor rentabilidad para mantener deuda a largo plazo, elevando el coste de financiación en un momento especialmente delicado para unas economías desarrolladas cada vez más condicionadas por el aumento de la deuda y el deterioro de las cuentas públicas. Mientras las rentabilidades de los bonos de largo plazo se disparan, los rendimientos de los vencimientos más cortos apenas se mueven, reflejo de que el mercado no anticipa subidas inmediatas de los tipos. El resultado es, según registros de Bloomberg, uno de los mayores empinamientos de la curva estadounidense desde mediados de los años noventa, una señal de que los inversores exigen una prima cada vez mayor para cubrirse frente a los riesgos de inflación a largo plazo.
Para los analistas de Bloomberg Intelligence, el castigo a la deuda es algo más que una reacción técnica. Refleja la creciente inquietud de unos mercados que empiezan a cuestionar la credibilidad de la Reserva Federal. En un entorno marcado por las tensiones geopolíticas, el deterioro fiscal y unas relaciones de mercado cada vez más difíciles de interpretar, la confianza en el banco central estadounidense se había convertido en uno de los pocos anclajes que permanecían intactos. El repunte de las rentabilidades sugiere que incluso esa certeza empieza a resquebrajarse.
No todos comparten, sin embargo, esa lectura. Xiao Cui, economista para Estados Unidos de Pictet Wealth Management, considera que el mercado se dejó llevar por unas expectativas excesivamente agresivas sobre una posible subida de tipos en julio. “Nuestra previsión sigue siendo que la Fed mantenga los tipos sin cambios este año mientras las presiones inflacionistas se moderan gradualmente. Incluso si se produjera un repunte inesperado de la inflación, creemos que habría margen, como mucho, para un único ajuste adicional”, señala. La divergencia de opiniones ilustra hasta qué punto la última reunión de la Fed ha dejado más preguntas que respuestas para unos inversores que buscan desesperadamente una guía clara sobre el rumbo de la política monetaria.
Movimientos de esta magnitud en la deuda estadounidense a largo plazo no se veían desde 2025, cuando la ofensiva arancelaria de Donald Trump y sus reiterados ataques a la independencia de la Reserva Federal desencadenaron una intensa venta de activos estadounidenses. En las jornadas posteriores al denominado Día de la Liberación, la rentabilidad del bono a 30 años llegó a escalar 20 y 15 puntos básicos en sesiones consecutivas, un movimiento que contribuyó a forzar una marcha atrás de la Casa Blanca y abrió la puerta a una tregua en la escalada comercial. Aunque el repunte actual todavía se sitúa lejos de aquellos extremos, el mensaje que envía el mercado vuelve a ser el mismo: la paciencia de los inversores tiene límites.