Scott O'Neill, CEO de LIV Golf.Scott O’Neill, CEO de LIV Golf.

LIV Golf todavía no está muerto. Al menos, ésa es la información exclusiva que publica este miércoles el New York Post. El diario estadounidense asegura que Scott O’Neil está cerca de encontrar la financiación necesaria para mantener con vida el circuito en 2027 y los años posteriores, una vez que el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí retire su respaldo al término de esta temporada.

Según las fuentes consultadas por el Post, LIV ha recibido «múltiples compromisos por escrito de firmas de inversión de primer nivel» interesadas en actuar como inversores principales. Esas compañías habrían presentado hojas de términos cualificadas con las que se pretende construir un sindicato financiero capaz de capitalizar el proyecto bautizado como LIV 2.0.

O’Neil habría estado buscando entre 250 y 300 millones de dólares y, siempre según la información del periódico neoyorquino, estaría muy cerca de conseguirlos. Existen además otros inversores interesados en incorporarse a la operación junto a esas firmas principales.

La noticia supone indudablemente un balón de oxígeno para LIV, pero conviene no confundir una hoja de términos con un acuerdo definitivamente firmado y ejecutado. Ni O’Neil ni ningún portavoz del circuito quisieron realizar declaraciones al New York Post. Las fuentes sitúan en septiembre el posible cierre de la operación, con varias reuniones importantes previstas la próxima semana durante el torneo de Trump Bedminster, en Nueva Jersey.

Las cuentas siguen sin salir

Incluso dando por buena la información, los números todavía plantean muchas preguntas. Entre 250 y 300 millones de dólares pueden servir para poner en marcha una transición, pero de ninguna manera permitirían conservar el LIV Golf que hemos conocido hasta ahora.

El circuito elevó esta temporada a 30 millones de dólares la bolsa de premios de cada torneo. Mantener un calendario parecido al actual consumiría por sí solo varios cientos de millones anuales, antes de añadir los costes de producción televisiva, desplazamientos, montaje de los campos, personal, promoción, estructura administrativa y organización de pruebas en cinco continentes.

A todo ello hay que sumar la gran cuestión pendiente: los contratos de los jugadores. LIV nació ofreciendo compromisos garantizados de enormes dimensiones para atraer a algunas de las principales estrellas del golf mundial. Aunque las cifras concretas nunca fueron confirmadas oficialmente y no todos esos contratos tienen la misma duración o estructura, las cantidades publicadas alrededor de Jon Rahm, Bryson DeChambeau, Dustin Johnson, Phil Mickelson o Cameron Smith superan ampliamente, en conjunto, el capital que ahora estaría intentando captar O’Neil.

Los 250 o 300 millones anunciados por el Post no resolverían esa factura si el nuevo circuito tuviera que respetar todos los contratos en sus términos actuales y, al mismo tiempo, mantener premios y calendario. Para que el proyecto resulte viable será necesario reducir radicalmente los costes, conseguir bastante más dinero o transformar la relación económica con los golfistas.

De jugadores contratados a propietarios

Ahí aparece el punto más interesante de la exclusiva. Según el New York Post, la estructura incluida en las hojas de términos contempla que los jugadores posean una participación mayoritaria en LIV Golf.

No parece un detalle menor. En realidad, puede ser la piedra angular de todo LIV 2.0.

El nuevo modelo podría intentar sustituir una parte de los contratos garantizados por acciones del circuito. Es decir, reducir los compromisos económicos inmediatos a cambio de convertir a los jugadores en propietarios de la liga. De este modo, asumirían parte del riesgo del negocio, pero también participarían directamente en una posible revalorización futura.

La pregunta es si aceptarán. Esa es la gran duda.

Hasta ahora, el gran atractivo de LIV ha sido precisamente la seguridad económica: contratos garantizados, bolsas de premios extraordinarias y una estructura financiada por un fondo soberano con una capacidad prácticamente ilimitada. Cambiar dinero asegurado por participaciones en una empresa que todavía debe demostrar que puede sostenerse por sí misma representa una propuesta muy diferente.

La respuesta puede depender de la situación contractual de cada jugador, de las posibilidades reales que tenga de regresar al PGA Tour o al DP World Tour y, especialmente, de la valoración que los nuevos inversores otorguen a LIV Golf. Tampoco es lo mismo recibir acciones además de unas cantidades garantizadas reducidas que renunciar a buena parte de un contrato ya firmado.

Bryson DeChambeau ha reconocido públicamente su implicación en la búsqueda de inversores y, según la información estadounidense, varios jugadores han participado en reuniones con posibles socios. Eso demuestra que una parte importante del vestuario está dispuesta a estudiar la continuidad. No confirma, sin embargo, que todos vayan a aceptar las condiciones que necesitaría el nuevo proyecto para cuadrar sus cuentas. Y si los grandes jugadores no participan, estaría por ver si incluso sale adelante esa inversión de 250-300 millones… Es decir, al fin una noticia positiva para LIV, pero veremos si es suficiente…

Una inversión para sobrevivir, no para continuar igual

El PIF ha destinado más de 5.000 millones de dólares a LIV desde su nacimiento en 2022. La comparación ayuda a dimensionar el desafío. El circuito que consumió esa cantidad no puede replicarse con una inversión de 250 o 300 millones, salvo que se trate únicamente de una primera aportación dentro de una financiación mucho mayor.

La exclusiva del New York Post permite afirmar que LIV tiene una vía de supervivencia más concreta de lo que parecía hace apenas unos días. Hay interés, existen documentos y O’Neil parece haber encontrado inversores dispuestos a sentarse en la mesa. No es poco en el momento más delicado de la historia del circuito.

Pero todavía faltan dos pasos gigantescos. El primero es convertir esos compromisos en dinero real. El segundo, probablemente más complejo, consiste en convencer a los jugadores de que LIV 2.0 no puede funcionar con las mismas reglas económicas que LIV Golf.

El salvavidas parece existir. Ahora falta comprobar si tiene tamaño suficiente para mantener a flote el barco y cuántos de sus principales tripulantes están dispuestos a subirse al nuevo proyecto.